La maldad que angustia

Arriba: Tango en Barracas, Buenos Aires

La maldad del otro angustia. Si la angustia tiene matices, diferentes cualidades, cada una de ellas puede ser reconocida en la asignación que el sujeto que la padece refiere al que – según presume – la provoca.

No me gusta que otros, en lugar de trabajar, vayan a no hacer nada, desde que la psicóloga les dijo que pueden mirar la tele o dormir; ella – el lugar al que alude es una fundación a la que concurre para llevar a cabo allí un “simulacro” de trabajo (aparentemente pequeñas artesanías) y mantenerse en actividad, si de tal modo puede llamársela – me dijo que quiere venir acá a hablar con Ud. sobre mi tratamiento. Cuando salgo de donde vivo a tomar el tren para ir, veo gente rara, que está pensando en mí y me quiere hacer algo; no sé qué puede ser. Tengo miedo de que me escuchen… ¿Qué sustancia falta – o sobra – en el cerebro, a nivel neuroquímico, que pueda producir delirio? Al parecer a mí me falla…

La narración es objetiva, hasta entusiasta o eufórica; sin embargo la inquietud y el desasosiego no dejan de tener lugar en sus recuerdos. Abrumado por el consumo de sustancias y la ausencia desesperante de provisión afectiva, entra en contacto con grupos de ilegales que obtienen recursos sustrayendo propiedad ajena. Pero su propósito es otro: lograr que los uniformados lo abatan y terminar así, de modo definitivo, con el sufrimiento, “una muerte natural, o que te den muerte”. Lo único que consigue, empero, es el encierro, lo que no deja de reubicarlo en un medio social, aún precario. Es capaz, asimismo, de añadir someros instantes de su pasado infantil; su madre, sola desde temprano, hubo de mantenerlo a duras penas y de modo escaso junto con sus hermanos. Sin embargo, en su adolescencia (trece años) encuentra y queda a merced de su padre, quien lo somete a trabajo prácticamente esclavo. No es imposible hallar ecos de estas imágenes en las líneas que abren nuestra exposición, ni en las figuras depreciadas que las mismas evocan. Hasta la ambigüedad del agente que habría de poner fin a su pena, en su misión liberadora, puede ubicarse en la misma sucesión. “En la gran nobleza de la paranoia, (…) el estado nativo del sujeto – advierte Christine Alberti – la maldad aparece como una significación fundamental atada a la cadena significante como tal. (…) El sentido necesariamente dado por otro escapa al sujeto; los sobreentendidos aparecen y permiten suponer la intención maligna del Otro. 1

La intuición del artista, en efecto, puede revelar la angustia en tanto fenómeno primario e inapelable. “Me estoy atando los zapatos, contento, silbando, y de pronto la infelicidad. Pero esta vez te pesqué, angustia, te sentí previa a cualquier organización mental, al primer juicio de negación. Como un color gris que fuera un dolor y fuera el estómago“, sitúa Cortázar con la anticipación característica del escritor 2. En efecto, la experiencia clínica freudiana indica – desde la teoría de las neurosis actuales – un vacío somático irrepresentable sobre el que se edificará el andamio de significantes, por siempre insuficientes. Que la intención del otro, en su inicio enigmática, pueda ser procesada en una aglomeración delirante – en la que su hostilidad se vuelve referida al potencial uso del sujeto para su propio goce – no es más que una de las posibilidades 3.

Poco antes de llamar la atención sobre la angustia expectante del espectador de una obra teatral antes de subir el telón, Lacan apunta a su constitución: “No sabríamos demorarnos demasiado con los matices de este encuadramiento de la angustia. ¿Dirán ustedes que la solicito en el sentido de relacionarla con la espera, la preparación, con un estado de alerta, una respuesta que ya es una defensa con respecto a lo que va a suceder? Sí, eso es la Erwartung, la constitución de lo hostil como tal, el primer recurso más allá de la Hilflosigkeit4.

La ópera de Arnold Schoenberg que lleva por título el mismo término que Lacan emplea en la cita precedente fue calificada por su propio autor como “estudio sobre las diferentes modalidades de la angustia   5  :

Diferentes puestas en escena de “Erwartung”, de Arnold Schoenberg:

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Palacio de la Música, Atenas (Megaron), 2007

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Canadian Opera Company, Toronto, 2010

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Teatro Colón, Buenos Aires, 2012

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Canadian Opera Company, Toronto, 2014

Tengo  miedo… Eres  cobarde, ¿no lo quieres buscar? Entonces  muere aquí… ¿Qué? ¡Suéltame! Atascada… Algo reptó. ¿Por qué me tocas? ¿Quién llora ahí? ¿Hay alguien aquí? Nada… Algo golpea de rama en rama, viene hacia mí, ¡no! ¡Dios mío, ayúdame! No era nada, sólo rápido, rápido… Oh, ¿qué es eso? ¡Un cuerpo! No, un tronco… Allí danza algo, ¡cien manos! No seas tonta, es la sombra… Debes irte. ¡Pero la sombra se arrastra! Ojos amarillos, anchos… Tan hinchados hacia fuera, saltones, como un asta… Que no sea un animal, Dios, ¡no un animal! Tengo tal angustia… ¡ayúdame! No está allí… En toda la larga calle nada viviente, ningún sonido… Los campos anchos no tienen aliento, como muertos, nada se mueve… ni el batir de alas de un pájaro nocturno en el cielo, esta palidez de muerte ilimitada… no puedo más, y allí no se me dejará entrar, ¡la extraña mujer me echará! ¡Si estuviese enfermo..! Un banco: debo descansar… No, eso no es la sombra del banco: ¡hay alguien! Brilla, rojo… Mis manos desgarradas, heridas… No puedo; ¡allí está la horrible cabeza, el espectro, que desaparezca por fin! La luna es engañosa: al ser roja, ensangrienta todo, pero pronto se disolverá… ¡No mires! ¡Está vivo, tiene piel, ojos, pelo… sus ojos, su boca! ¿Eres tú? Mírame, ¿me oyes? Dios, ¡auxilio! ¿Nadie me oye? (…) Oh, ¿estás allí? Yo buscaba… 6

En su delirio interpretativo, el personaje protagónico – anónimo, sin nombre, señalado en la partitura apenas como “la mujer” – multiplica su enjambre de imágenes para exorcizar una omnipresencia hostil. Tomar sus palabras como “material clínico” no deja de ser arriesgado, ya que la opacidad – que hasta en el deliberado misterio del personaje se encuentra adecuadamente reflejada – obstaculiza cualquier intento de desciframiento, a menos que el mismo se despeñe hacia el “análisis aplicado”. Sin embargo, la presencia maligna se encarna una y otra vez en las miradas y la voces, significantes que la angustian sin cesar; “io sono sempre vista”, según “el relato que Jean Bobon ha hecho en el Congreso de Anvers sobre el fenómeno de la expresión. He aquí el dibujo de una esquizofrénica. ¿Qué hay en la punta de las ramas? Para el sujeto en cuestión, es lo que llena el papel que los lobos juegan para el hombre de los lobos, son significantes. Más allá de las ramas del árbol, ella ha escrito la fórmula de su secreto, (…) es lo que ella jamás había podido decir hasta entonces7. Pero no sabemos de donde viene (¿su morada?) ni a dónde se dirige (¿al encuentro con su amante, en la espesura, acaso el sitio menos indicado para hallarlo?); ni cuál es el origen de su delirio erotomaníaco (que entre los monstruos amenazadores que su sueño de su razón produce se alternan con la posibilidad de reconocer, como desecho, el cuerpo inerte del objeto de su deseo). Su desaparición, la reanudación de su búsqueda en un más allá que queda por fuera de nuestro alcance, dejan tanto su meta como su huida, la melancolía de su autorreproche como su angustia suspendidas todas en un oscuro vacío, para nosotros un retorno al punto de partida, “”¿qué esperamos siempre cuando se alza el telón? – sino ese breve momento de angustia, rápidamente extinguido, pero que no falta jamás…8

 

____________

 

1 Alberti, Christiane, L´Autre méchant, six cas cliniques commentés, Navarin, Paris, 2010, p. 6. En el mismo volumen J. A. Miller propone que “la hostilidad no es la agresividad. (Ésta) envuelve sin duda la idea que es abierta, mientras que la hostilidad puede ser subterránea y por lo tanto pariente de la noción de amenaza (…) susceptible de ser descifrada entre líneas”. (mi traducción, R. N.). En una entrevista ulterior, el paciente nos entrega su autobiografía, escrita como efecto del remedo de transferencia que su particular relación con el lenguaje permite. Hemos preferido referir con exclusividad, sin embargo, fragmentos de lo escuchado en el encuentro.

 

2 Cortázar, J., Rayuela (1963), LXVII, Aguilar-Alfaguara, Buenos Aires, 2013, P. 397

 

3 Verhaeghe, P., On Being Normal and Other Disorders, Other Press, New York, 2004, pp. 190-191; 432-449

 

4 Lacan, J., (1962-3), Le Séminaire Livre X, L´angoisse, Seuil, Paris, 2004, p. 91 (“La espera, la indefensión”; términos en alemán en el original). Con respecto a los ejemplos que proponemos, es posible recordar que en los primeros tramos del mismo Seminario, ya se había designado a la angustia del psicótico en tanto “experiencia más periférica para nosotros” (p. 27) (mi traducción, R. N.). En relación con nuestra frase inicial, es conocido el detalle de las modalidades que Lacan establece con las coordenadas “dificultad-movimiento” para precisar el sentido clínico del texto fundacional de S. Freud (Inhibición, Síntoma y Angustia, 1926, https://www.youtube.com/watch?v=2HqeHyt_7xI) (Lacan, J., ibid, pp. 18-24, passim)

 

5 Schoenberg, A., Style and Idea, University of California Press, Los Angeles, 1984, p. 105.

 

6 Marie Pappenheim, Erwartung (La espera) (libreto de la ópera de Arnold Schönberg, 1909, op. 17), Universal Edition, Viena, 1923, pp. 1-82. Se ha intuido que la autora hubiese de ser pariente de Berta (“Anna O”), sin que se haya podido establecer nada concluyente (con la excepción del probable lugar común de procedencia de ambas familias) (Mi traducción contiene sólo aquéllos fragmentos que dan cuenta de la angustia de “la mujer” y omiten toda otra referencia, R. N.).

 

7 Lacan, J., ibid, p. 90 (“Yo siempre soy vista”, en italiano en el original) (la ilustración se encuentra junto a p. 200)

 

8 Ibid, p. 90.

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