El desamparo del sujeto… y del profesional en la Institución

Arriba: Teatro Colón, Buenos Aires

La felicidad no es un bien cultural, afirma Freud para señalar que no hay articulación posible entre la civilización y sus residuos sacrificiales. A éstos, la institución por la que uno circula como testigo activo los rodea e intenta cerrar… sólo para que retornen una y otra vez. Fisuras de la maquinaria de curar, por las que asoman heridas de otra índole, con las que no se contaba al diseñar aquélla.

Que el andamiaje destinado a ordenar lo real se quiebre o desvie, que la thémis se desfigure como ya nos lo mostraban las rapsodias de la Iliada 1, o que se degrade en un discurso de dominio que pretende ocultarlo: Freud lo lamenta en su ensayo, y nosotros enfrentamos los efectos.

I.  La desprotección de todos.

Un pedido de Interconsulta señala – en su texto manifiesto – un “caso social”. Un paciente internado, indigente, que a ratos se halla obnubilado o excitado, con automatismos motores de rascado con los que llega a producirse escoriaciones severas, un estado de abandono y decaimiento general que no le impiden – en momentos de mayor lucidez – caminar por los pasillos dela Salao llevar a cabo un diálogo entrecortado con el que lo entrevista. Lo que dice, si no es incoherente, tiene al menos numerosos huecos. No puede mencionar lazos familiares ni lugar de residencia – del que carece – reemplazándolo por retazos de paráfrasis o indicaciones borrosas (nombres de partidos, regiones imprecisas). Habría trabajado – menciona, pese a la escasa verosimilitud de tal afirmación – como agente policial en un sitio de rehabilitación de adictos. La médica residente a cargo asegura que se lo ha visto consumir alcohol puro.

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El Jefe de Sala, de pésimo humor, entre irritadas quejas acerca de que “los psicoanalistas sólo se ocupan de los casos light” y de que “los psiquiatras no dan jamás diagnósticos” enuncia el único objetivo capaz de calmar su enfado: el traslado del individuo a un hospital psiquiátrico.

Una asistente social – de humor similar al Jefe mencionado – que acude a la sala, se niega a intervenir. El caso – aclara – es para un manicomio; es el psiquiatra el que debe encargarse de la mudanza, y el Servicio Social no tiene ingerencia alguna en el asunto.

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El sujeto no tiene lugar en el mundo. ¿Y el interconsultor, sometido al discurso y a la presión institucional?

¿…y – habría que agregar – los mismos médicos, enfrentados con el desorden de dicho mundo, en la forma de los desperdicios que la sociedad “emética” 2 arroja fuera de sí, obligados a repetir mecánicamente el gesto expulsivo?

En este terreno, la espera – cuando es necesaria, como intento de abrir el juego por algún resquicio – puede traer como consecuencia algunos movimientos erráticos de las piezas en el tablero.

Un hombre mayor – internado por una enfermedad pulmonar crónica – con inequívocos signos de deterioro, maltrata verbal y físicamente al personal que lo atiende enla Sala.

La esposa, quien concurre a duras penas al Hospital (a riesgo de poner en peligro su precario trabajo) para encargarse del destino del energúmeno, relata que en la casa – donde él se halla permanentemente, ya que hace mucho que no trabaja – cada vez es más violento. La ha golpeado, y también a la hija de ambos. Solía beber en cantidades crecientes. La convivencia es desesperante.

En Servicio Social encuentro que el caso le corresponde – por la organización del Departamento – a la misma asistente de la historia anterior. Y su posición es idéntica a la de dicho caso: no es de su incumbencia.

Pero mientras busco una solución, el Jefe de Sala se ha adelantado. Ha convocado a un psiquiatra, quien se acerca sumariamente al paciente y diagnostica “ausencia de enfermedad mental en el momento de la entrevista”; en la historia clínica anota “alta psiquiátrica”. El sujeto es entregado a la esposa para que se lo lleve dela Salay se ocupe de él como pueda.

II. Presiones institucionales: “Desconectalo”

Durante un curso, un especialista en las manifestaciones psiquiátricas del HIV, relata que, llegado cierto momento irreversible y terminal de la progresión de la enfermedad oportunista, los infectólogos que atienden a un paciente solicitan que lo “desconecte”.

Poco tiempo después, en la Unidadde Terapia Intensiva, encuentro a los médicos que me han llamado por una paciente que ha salido de un coma, luego de la ingestión de una sobredosis de antidepresivos tricíclicos (que se siguen prescribiendo, pese al auge y promoción de los IRSS, menos tóxicos y de igual “eficacia”, al menos según los textos o prospectos informativos) en lo que ha sido un tercer intento sucesivo de salir de la existencia. Ya que la paciente, según continúan, niega su enfermedad o no tiene conciencia de ella, asegurando hallarse en perfecto estado como para salir del hospital y dirigirse a su casa. A todas luces, la prudencia justificaría su traslado a una internación psiquiátrica, y por consiguiente me exigen que la duerma con psicofármacos para que la compulsiva mudanza se lleve a cabo sin sobresaltos (al menos hasta que despierte en su nuevo encierro).

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Frente a mi negativa, estalla el escándalo: acusaciones de falta de responsabilidad suceden a la sorpresa. No hubieran esperado semejante obstáculo de ningún otro psiquiatra.

III. Observación en un Servicio de Psicopatología:

Una mujer se ha desmayado en la escalera.

Una “Rentada” grita: ¡Hay que llamar por teléfono a la Guardia para que envíen un MÉDICO! (y sale corriendo en dirección desconocida).

Una Enfermera aúlla: ¡Hay que buscar un teléfono para llamar de urgencia a un MÉDICO! (y parte a velocidad con rumbo desconocido).

Un Administrativo, un Visitador, un Voluntario, un Camillero vociferan, cada uno más que el otro: ¡Urgente, hay que buscar un MÉDICO! (y abandonan de inmediato el lugar, cada uno con diferente itinerario desconocido).

La mujer desvanecida queda sola.

IV. La Gran Provisión

El siguiente caso parecería estar en las antípodas del “desamparo”. Hasta podría argüirse, con cierta ciega envidia, que los sujetos gozan (sic) de un amparo de infrecuente abundancia. Tras la plétora, sin embargo, no se deja de advertir algunas (muy particulares) fallas de la comedia humana.

Se demanda una interconsulta por una alcoholista y adicta a la cocaína que habría ingresado por un dudoso síndrome de abstinencia. La mujer, de cuarenta y cinco años, recibe al entrevistador con jubiloso fervor. La práctica del “psi” – es obvio – no le es ajena. Una vez habría intentado una terapia con una  psicóloga. Pero su hermana mayor – con la que vive – le prohibió continuar, ya que consideró que la terapeuta había insultado al padre de ambas, al relatarle la menor el contenido de una sesión.

La menor ha tenido diferentes parejas, y todas le proveían las sustancias que consumía (y que acompañaban con whisky). Había tenido diferentes trabajos. Pero en la actualidad, es su hermana quien la mantiene a ella y a un hermano mayor, asimismo desocupado.

Sin embargo, el “trabajo” de la mayor es peculiar. Hace años un amante, treinta años mayor que ella, le hace el aporte mensual que cubre todas las necesidades. Se ven una o dos veces por semana, y el fin de semana él se la lleva a su country. ¿A cambio de qué? Ella mantiene su departamento limpio y escrupulosamente ordenado, aún más allá de lo que él demanda.

Sin embargo, no lo ama verdaderamente. Sólo siente por él una cierta estima. En realidad, le resulta molesto. Al único ser en el mundo que ha amado verdaderamente es a su perrita, que ha fallecido hace siete meses. Los ritos funerarios que le prodigó no lograron extinguir la huella de tan dolorosa ausencia: la hermana mayor se echa a llorar ruidosamente al recordar al animalillo, al tiempo que protesta por verse obligada a exhibir su pena en una sala colectiva, donde seguramente todos la están oyendo.

Todas las noches ingiere una benzodiacepina para dormir. Jamás la dejaría: de otro modo no le sería posible conciliar el sueño, que le es indispensable; a su vez, ella misma es indispensable para la supervivencia de la familia.

A solas, la hermana menor cuenta que el padre, siempre tan bueno – aunque el intercambio de insultos con su consorte no obviaba ninguno de los epítetos conocidos – tuvo un tercer (y fatal) infarto cuando levantó un cuchillo para apuñalar a su hijo. Acababa de enterarse que éste debía ir a prisión por robo y asociación ilícita. Arma en mano, se desplomó para no levantarse.

Vías peculiares tiene el sexo en esta familia. Los vecinos del hermano amenazan de tanto en tanto con alguna querella que procure limitar las exhibiciones que aquél gusta hacer de su miembro, en el edificio o circulando en bicicleta. Y la hermana mayor gozaba del cuerpo de su canina compañera, ofreciéndole asimismo el propio a los deleites de ésta.

En una sola oportunidad (aunque duró diez años) la madre manifestó total conformidad, sin peros, con las ofrendas de sus hijas. Las hermanas le entregaban parte del producto de su trabajo. Recibían clientes en su domicilio: eran señores muy amables, que jamás tuvieron exigencias desmedidas (con excepción de uno que solicitó a ambas a la vez para formar un trío, y fue complacido al instante). Sin embargo, el intenso desempeño laboral dejó de ser necesario cuando uno de ellos, transmutando su estatuto de parroquiano ocasional en regularidad exclusiva, se convirtió en el proovedor ya mencionado.

¿Qué motivos tenemos para incluir en este contexto a tales personajes?

Por de pronto, la paradoja por la que carencia y exceso pueden testimoniar de similar impotencia. Si se quiere, dos caras del Geworfensein del sujeto que nos habla y del cual relatamos.

El desamparo puede considerarse como un efecto de una red social insuficiente: enfoque “sociológico”, un cuadrillado discursivo posible entre tantos otros. Tampoco escasean los intentos de adscribirlo a un factor biológico, en el que se salvaría un sustancialismo realista.

Pero son las fallas de otra red las que intenta localizar el análisis. Así podemos suponer un “desamparo simbólico” cuyos efectos son los síntomas por los que se nos llama. Y si bien no pretenderemos enmendarlo – tarea tan utópica como intentar hacerlo con el malestar en la cultura – al menos puede tener singular eficacia situar sus huellas en situaciones puntuales como las relatadas. La negatividad, la falta duplicada, sustentan la descripción de la estructura del Insconsciente que guía nuestra práctica; sin embargo, no es cuestión de hacer de ellas una “aplicación” hipostásica o antropológica. Solemos afirmar la restricción metodológica al “uno por uno” al mismo tiempo que no cesamos de apuntar a una universalidad.

No será menester, pues, referirnos a un “diagnóstico de Sindrome de Metáfora Paterna Disfuncional” 3  para permanecer en los límites del espacio narrativo.

Admitida entonces la imposibilidad de reparar, ¿habrá al menos posibilidad de encontrar reparo simbólico? Entre crónicas que reflejan el deshacerse, la disolución de la trama que nos sostenía en un intercambio – más allá del goce individual o de la aniquilación del individuo – ¿contamos con recursos para mantenernos a flote?

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 17

__________

1 Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière (Locura y normatividad social, Conferencias en Praxis Freudiana, Fylladio No. 27-28, Atenas, 1998) llaman la atención sobre el trabajo de Jonathan Shay (Achilles in Vietnam, Touchstone Books, New York, 1994) con veteranos que sufren de “neurosis de guerra o traumática”. Una cuidadosa y pormenorizada comparación entre los relatos de éstos y los versos homéricos le permite a Shay situar las referencias de la estructura (y los efectos de su disgregación) tras los síntomas de la neurosis, a un tiempo con la metodología de conducción de la cura.

2 Claude Lévy-Strauss, TristesTrópicos, Eudeba, Buenos Aires, 1975, p. 390

3 Rod Kleiman, Speaking Metaphorically, Papers of the Freudian School of Melbourne, No. 17, 1996, p. 22

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