El hysterodio…

Arriba: Museo de Arte Contemporáneo, Mar del Plata, Argentina (Marta Minujín, “Lobo de Mar”, fragm.)

 

“El médico me diagnosticó “fibromialgia” y me dio estos remedios. Le dije al psiquiatra que no me lo discutiera y, sobre todo, ¡que no me los retirara!” La señora pronuncia esta admonición con intensidad amenazadora, colérica e irritada, hasta intimidante. Sí, había oído tal “diagnóstico” en los últimos tiempos, con frecuencia creciente, pero ¿es posible someter a una indagación extraterritorial, acaso indebida, un respetable “sindrome” médico y – en consecuencia – “científico”? ¿No se tratará de un exceso de arrogancia, un “hybris” psicológico?

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Podríamos extendernos sobre las formas que adopta la compañera y provocadora del psicoanálisis desde sus inicios – la histeria – hasta su misteriosa desaparición en tiempos del post-freudismo (desvanecimiento más acabado aún que en el discurso médico propiamente dicho, en el cual adopta otras formas de supervivencia, como la mencionada).

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Pero asimismo no es de menospreciar la carga emocional – desde la intensidad del enojo hasta la ira manifiesta y encendida – con que se acompaña. Si bien Colette Soler distingue el odio de la “hainamoration” – según el conocido equívoco de Lacan – es preciso indicar que la diferencia puede conducir a un vano intento de separar las cenizas del amor del supuesto “odio verdadero”, lo que equivale a perderse en el laberinto de la “emoción auténtica” de la que sólo un Ideal dará cuenta efectiva 1.

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Pasiones del ser, sí, y más exactamente de la “falta en ser”; ésta no es menor en la histeria que en el resto de los sujetos parlantes. Debe haber, pues, otra forma de proseguir el camino de indagación del odio más allá del “enamoramiento”. Antes bien, acaso sea más conducente indagar qué ha hecho el psicoanálisis – y qué hará el psicoanalista – con el odio que se manifiesta en la transferencia.   La mujer consultaba a varios psiquiatras y psicoterapeutas de manera tanto sucesiva como simultánea. Manifestaba ora la aceptación complaciente, ora el rechazo declarado, lo que no le impedía seguir buscando a su Amo o volverlo a encontrar personificado en el mismo sujeto. Y el psiquiatra que llevó a cabo el “diagnóstico” exitoso – por la identificación con el mismo, sin poner en juego su presunta exactitud – y que nos relatara el episodio, había logrado su propia tranquilidad mientras que la dama continuaba su búsqueda incesante por los mismos y otros caminos. Sin duda es apaciguante, para una y otra parte, hallar la comodidad de la certeza de una nominación; lo que mantiene al agente en su posición de dominio y al otro en interrogante 2. Y sin embargo, tal conveniencia no previene ni suprime el pliegue de disgusto que se transparenta tras la complacencia cotidiana. Por supuesto, este orden de cosas ya había sido examinado por Freud, en tanto sufriera las consecuencias de establecerse como poseedor del saber con Dora, y exponerse, pues, a sus ironías como a su portazo conclusivo. En su ceñido y taquigráfico artículo meta-psicológico póstumo lo atribuye a la regresión, “intensa en la histeria… (donde) sirve a la formación de síntomas y al retorno de lo reprimido; una vuelta a (la) fase sin distinción de Prec. e Inc., es decir sin palabras ni censura. La moción pulsional… recurre a una (regresión) más temprana, para la que encuentra descarga, por supuesto de otra manera…” 3 Tal vez haya que considerar la intuición clínica siguiente, ulterior, del recordado artículo de Elisabeth Zetzel  – pese a que Verhaeghe considera su enfoque como ingenuo – sobre la histérica “buena” y “mala”, en la que los enojos de esta última corresponderían asimismo a textos encriptados de otro carácter (en su vocabulario post-freudiano: desde depresivos hasta “pseudoedípicos y pseudogenitales”, obstáculo terminológico que propone un re-examen) 4.   “Lo que quiero que me dé el psiquiatra es la pastilla de la felicidad – continúa la dama – porque todos los días estoy con esta depresión, y no quiero que mi familia sufra al verme en la cama” (se trata de su hijo adolescente, el único conviviente). “Él entra y dice que me quiere mucho, pero después se encierra en su pieza con la computadora”. En su infancia, según recuerda, su madre acostumbraba a “sentirse mal” y recurrir a similar ceremonia yacente, de modo que nuestra paciente resultaba la elegida para su permanente atención y cuidado (su hermana mayor se rehusaba a compartir la tarea, mientras que el padre salía a atender otros menesteres). En correspondencia, se encuentra separada del padre de sus dos hijos varones – el mayor dejó el hogar para vivir con su compañera – quien no volvió a aparecer, “yo lo mantenía, y él nunca me ayudó en nada, ya que asegura que no le alcanza”. La situación, acaso de cotidiana banalidad, no deja de recordar las estrofas tangueras de José Betinotti, que ya fueran objeto de pormenorizada indagación analítica 5,

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aunque el énfasis en tal oportunidad se depositaba antes en los efectos sobre el párvulo devenido objeto que en el impulso devastador, hasta voraz, del otro maternal. En cuanto a este “afecto”, existe una conocida descripción – en efecto, una enumeración de supuestos motivos – por parte de D. W. Winnicott en su trabajo “El odio en la contratransferencia”. Sin embargo, como comprueba Darian Leader, su argumentación no deja de recubrir la posición que puntualiza, al mismo tiempo, con una imagen de sentimentalidad benevolente, muy a diferencia de la infancia kleiniana, una pesadilla infinita de crueldad ilimitada 6. En todo caso, el problema permanece y subsiste en tanto desafío para la neutralidad analítica: cómo puede ser advertido dicho goce. Un desenlace más – de ficción, como es de esperar – es presentado en el film “Mogliamante” de Marco Vicario (1967), en el que Laura Antonelli se mantiene al inicio inmovilizada en su lecho,

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aunque el inútil mensaje que le envía a su marido (Marcello Mastroianni) sólo le retorna de modo invertido procrastinándola en su sitio. Mientras tanto, el destinatario persiste en ignorarlo; sólo cuando él mismo cae en idéntica situación, prisionero en el edificio vecino y obligado a observarla desde allí, es ella capaz de salir por medio de una identificación con él, hasta que le ofrece a su espectador – ahora paralizado e impotente en su escondrijo – la muestra en acto (sexual) de su deber eludido, en tanto argumento, cruel punición, feroz y desalmada venganza. Y nos remite, por lo tanto y siempre en la literatura cinematográfica, a la rotunda y célebre afirmación de Maria Casares en “Les femmes du bois de Boulogne”, de Bresson (1945): “Ud. no sabe de qué es capaz una mujer que se venga”.

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¿Cómo se recibe en transferencia – nos preguntábamos antes – los indicios, o vapores de tal paroxismo? En épocas pasadas y post-freudianas, prácticamente toda la producción asociativa quedaba calificada de inmediato como “transferencia negativa” de la que se requería la interpretación inmediata y simultánea para exorcizar sus deletéreos alcances. Si el retorno a Freud nos ha distanciado de dicha mecánica, acaso es posible advertir el infierno entre líneas tras las buenas intenciones (en particular, en los breves fragmentos de historias que acabamos de exponer, donde el interlocutor – imaginario por de pronto, pero no sólo en tal registro – no deja de ser aludido una y otra vez), aunque no siempre la inventiva de una interpretación nueva – acaso única solución apaciguadora posible – alcance a resolverlo.

(Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 45)

Notas

1 Soler, C., Les affects lacaniens, Presses Universitaires de France, Paris, 2011, pp. 84-97

2 Verhaeghe, P., From impossibility to inability: Lacan’s theory on the four discourses, http://www.psychoanalysis.ugent.be/pages/nl/artikels/artikels%20Paul%20Verhaeghe/From%20Impossibility%20to%20Inability.pdf

3 Freud, S., Panorama de las neurosis de transferencia, Un manuscrito desconocido hasta ahora, S. Fischer, Frankfurt/M, 1985, pp. 69-70 (mi traducción, R.N.)

4 Zetzel, E.,The so called good hysteric, The International Journal of Psychoanalysis, Vol 49 (2-3), 1968, 256-260.

5 Estacolchic, R., Pobre mi madre querida, en Estacolchic, R. y Rodríguez, S., Pollerudos (destinos de la sexualidad masculina), Ediciones De La Flor, Buenos Aires, 1999, pp. 117-119

6 Winnicott, D. W., Hate in the Countertransference (1947), en Through Paediatrics to Psycho-Analysis, Basic Books, New York, 1975, pp.194-203; Leader, D., The Depressive Position for Klein and Lacan, en: Freud´s Footnotes, Faber and Faber, Londres, 2000, pp. 189. Asimismo, cabe mencionar la perspicacia clínica de Harold Searles, quien concluye su trabajo sobre la vengatividad – en su exposición, contrapunto de la angustia ante una pérdida irreparable – con una magnífica referencia a Lear (Acto II, escena 4): “Cielos, tocadme con noble ira… tendré tal venganza… haré cosas que aún ignoro, pero serán los terrores de la tierra. Pensaréis que lloro; no, no lloraré pese a que tengo entera causa de hacerlo. Antes estallará mi corazón en mil faltas…” (Searles, H., The Psychodynamics of Vengefulness (1956), en: Collected Papers on Schizophrenia and Related Subjects, International Universities Press, New York, 1965, pp. 177-191)

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