El narcisismo triste

Arriba: Museo “Eduardo Sívori”, Bosques de Palermo, Buenos Aires

Entre detalles de alucinaciones y referencias a los desalmados que sin duda procurarán dañarlo, y que habitualmente lo sumen en un abismo de tragedia inmóvil del que solamente el embotamiento artificial lo ha preservado, un individuo joven me entrega uno más de sus frecuentes escritos:
Por largos lapsos me resigno a seguir luchando con todo este descontrol y caos interno que me corre de la realidad, activa o pasivamente. Pero me doy cuenta que si me resigno todo se va a acabar en un corto tiempo, y mi vida con ello.
“Por momentos digo: si no puedo entender ciertos posicionamientos, ese caos y desequilibrio psíquico, ¿para qué seguir día a día y no caer en los extremos del Bien o del Mal – más allá de que eso no exista?
Se preguntaba Sigmund Freud, en los años en que plasmaba la articulación metapsicológica de la disciplina psicoanalítica, por el sitio y origen mítico del despeñadero melancólico y su vuelco al no menos abrupto apogeo maníaco: “La ubicación de la melancolía-manía en el contexto (de las “neurosis narcisistas”, R.N.) tropieza con dificultades, ya que no puede indicarse con seguridad la época normal de la aparición de este padecimiento neurótico. Pero es cierto que antes pertenece a la edad madura que a la infancia. Al escudriñar la alternancia característica de depresión y elación, no es difícil recordar la secuencia similar de triunfo y aflicción que conforma el sustento habitual de las festividades religiosas…” 1
La inserción de mitos originarios, con frecuencia como creación propia aun cuando la referencia a fuentes precisas no dejara de ser señalada por el creador del psicoanálisis, forma parte crucial del método y fundamento de lo indecible, del mismo modo que las analogías propuestas (entre el escrito del paciente con que iniciamos estas líneas y la sucesión que Freud menciona en su “Panorama”) puedan reiterarse en la práctica una y otra vez; al “caos” que menciona, y que suspende su vida habrá de seguir una desaparición del mundo hasta que pueda manifestarse un nuevo resurgimiento. En su historia se destaca la defección paterna – no conoció a su progenitor hasta la adolescencia – de igual modo que el carácter abusivo del mismo y su peligrosidad; la transmutación de dichas huellas históricas pueden reconocerse en el derrumbe inminente que al menos es capaz de tallar en letras escritas.
Y es aquí que las sucesivas conclusiones de Freud en su artículo metapsicológico resultan decisivas. “…las fijaciones que se encuentran en el fundamento de las neurosis narcisistas derivan de la presión paterna…Del mismo modo que la primer batalla llevara a la etapa cultural patriarcal, la segunda conduce a la social…También en este sentido la neurosis es una adquisición de la cultura”. 2

Sin embargo, continuemos con un nuevo personaje de nuestras historias, de presentación contrastante en una primera aproximación.
Profesional de amplia reputación y práctica en años perdidos hace mucho tiempo, llega envuelto en sombras de lamentoso deterioro. “No es el primer cuadro depresivo que tengo; hace catorce años sufrí un ´burn-out´ dado que trabajaba demasiado… fue poco después de mi primer divorcio”. Dos hijas y una ex-esposa enferma terminal fueron el resultado de la unión que finalizara con un fracaso al que se refiere. Entre tanto, una nueva protagonista dominante, una auténtica “Venus de las Pieles”, hubo de aparecer para ponerlo a sus pies, y someterlo a todas sus exigencias. Pese a la abismal diferencia de edad, la ventajosa juventud de su Medusa es aún otra característica de superioridad y fuente de demandas: que entregue la propia vida en matrimonio y le proporcione descendencia natural.
Como podía preverse, el casamiento – desaprobado con rechazo incólume y furibundo por sus hijas – resulta en catástrofe. Pero ésta obtiene un refuerzo desesperante cuando una de éstas se embaraza, lo que determina en su dominadora una crisis de celos incontrolable y destructiva. Entre el deseo de seguir respondiendo ciegamente a las demandas a fin de no perder su ligazón supuestamente amorosa, sin la que no podría subsistir, y el reclamo no menos intenso de sus infantas de finalizarlo de inmediato, opta por la segunda vía. Y sucede una inevitable catarata de lamentaciones y autorreproches, de haber dañado a las tres mujeres a la vez y ser responsable de todas las desgracias que les aquejan antes, ahora y en el futuro. De nada sirve darles a las tres más y más dinero para financiarles su existencia; el supuesto daño no sólo no disminuye un ápice, sino que se acrecienta cada vez más y con cada entrega, atormentándolo día tras día. Las consultas a renombrados psiquiatras que no cesan en proveerle “antidepresivos” y toda suerte de medicamentos que habrían de aliviarlo, fracasan estrepitosamente hasta que su familia decide internarlo.
Como era de esperar, en el confinamiento la dosis de sedativos y calmantes se acrecienta hasta lo inimaginable, a la par de su sufrimiento que no se reduce en un ápice. Su salida se acompaña de un sentimiento de vecindad del fin de toda existencia, la suya y la del mundo entero y el horror insondable ante la posibilidad de una nueva reclusión forzada. Y, desde luego, la convicción de que ninguna consulta podrá otorgarle lo que reclama: el lazo libidinal perdido, en el cual cifra toda esperanza y expectativa, aun cuando envuelva su degradación cierta.
No menos sufriente es su desempeño laboral, que continúa ejerciendo pese a su avanzada edad, ya que no puede vislumbrar una tranquilidad en la cual hubiese algún placer desconocido. Entre sus quejas aparece reiteradamente la incapacidad de trabajar como antes lo hacía, las dudas de poder llevar a cabo su labor de modo correcto y el perjuicio que causaría al no poder hacerlo, tanto a otros como a su supuesta fragilidad de medios vitales (la que, incidentalmente, es absolutamente desmentida cuando sin intención menciona sus recursos y pertenencias, lo que no obsta para considerarse a sí mismo vecino inminente de la más abyecta de las ruinas).
El matrimonio con su “Wanda von Dunajew” 3 había sido público y, como dijésemos, repudiado al unísono por sus dos descendientes. La separación no hizo más que alimentar y acrecentar el desprecio por sí mismo y sus reprendas, poniéndolo en el insoluble dilema de si continuar sin su objeto añorado o desafiar a sus hijas reiterando su unión civil con su victimaria, lo que significaba ceder ante todos sus requerimientos, hasta el consabido pedido de un hijo al que esta vez, porvenir inevitable, no podría negarse. Porque decide casarse en secreto, en busca de que sus dos hijas ignorasen su decisión y su resultado, como si el ocultamiento pudiera mantenerse para siempre evitando las invectivas de las mismas aun cuando no hiciesen más que acompañar y proveer un eco a las propias. Al igual que en la relación de transferencia, de modo permanente solicitaba “algo más”, indicando la imposibilidad de obtener nada por sí mismo y depender siempre de la provisión del otro. De igual modo exigía un “milagro” que pudiera proveer una solución definitiva a todo malestar entregándole como generoso don una felicidad siempre ausente. En todos los casos, parecía desaparecer como sujeto absorbido por la imagen de su objeto, quedando sólo a merced de sus propios dardos de feroz agresividad (aunque la parte de la misma dirigida a los que podían aparecer en su campo no dejara de ser perfectamente evidente en todo momento) 4.
Paul Verhaeghe nos presenta una articulación entre narcisismo , duelo y melancolía en una conferencia brindada en la Casa-Museo de Freud 5, con referencia a los mismos mitos fundamentales y su engarce con los efectos posteriores de las guerras u otras manifestaciones de violencia extrema, a las que por de pronto quedaran expuestos el padre del psicoanálisis y su entorno social tras la primera conflagración mundial, y el pesimismo tan cercano al quebranto acongojado que de ellas resultara.6 Las esperanzas que se hundieran a la vez que las figuras de autoridad que las representaban, no sólo se encuentran presentes en sus escritos contemporáneos y posteriores, sino retroactivamente en su clínica, donde los padres de sus pacientes (y el propio) muestran sus insuficiencias en una segunda lectura. La injuria narcisista que concluye como producto es innegable y no deja de manifestarse en formaciones sintomáticas, tanto en la enunciación de nuestros aquejados como proyectada en la escala social. Los títulos mismos que separan en secciones su exposición – la dimensión letal del narcisismo – indican un derrotero cuya interrogación desemboca en nuestra actualidad: las consecuencias perturbadoras del desfallecimiento paterno no son menos fatales que la entronización desmedida o despótica de su figura. 7
Así, la posición sufriente y la inmovilidad expectante del individuo cuya historia es nuestro segundo ejemplo, refuerza su solidez narcisista tras el mortífero escudo de los dones sacrificiales. Las consiguientes censuras, tanto de los que habrían de proveerle amor a cambio, como las propias, aún más deletéreas en su constancia, se multiplican como las cabezas de una hidra famélica.
Pero podemos reconocer el análogo poético más trágico y desolador del narcisismo que se extenúa en dones en las frases del “Rey Lear”, el terrible y sangriento drama de Shakespeare. Ávido de demostraciones verbales de amor, a las cuales responderá con la provisión de sus bienes, el monarca encerrado en su celda ciega es incapaz de ver la verdad en el vacío sin demanda de dones que personifica su tercer hija, la que lejos de la exuberancia deslumbrante y retórica de sus dos ávidas hermanas es arrojada por su padre a un destino cruel e irremediable, que termina por fulminar al mismo antes de comprender, finalmente, los resortes y efectos de su inmenso error. Un par de instantes que resumen los ejes de la tragedia, las palabras con que ata su funesto hado:

(Lear:) “Hablad, hijas mías: ya que hemos resuelto abdicar en este instante las riendas del gobierno, entregando en vuestras manos los derechos de nuestros dominios y los negocios de estado decidme cuál de vosotras ama más a su padre. Nuestra benevolencia prodigará sus más ricos dones a aquella cuya gratitud y bondadoso natural más los merezcan“.

¡Está bien! Quédate con la verdad por dote; pues, por los sagrados rayos del sol, por los sombríos misterios de Hécate y de la noche, por todas las influencias de esos globos celestes que nos dan vida o nos matan, abjuro desde ahora todos mis
sentimientos naturales, rompo todos los lazos de la naturaleza y de la sangre y te destierro para siempre de mi corazón“.

No, no; no más vida. ¡Cómo! el más vil de los reptiles goza la vida en nuestros hogares ¿y tú no vivirás, no volverás nunca, nunca…? Desatad este
nudo, por favor...” 8

Queda para nosotros, tal vez, crear un recurso nuevo que se acerque y acaso posibilite un acceso al último deseo del monarca encarnado en aquellos que acompañamos en sus lamentos.

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1 Freud, S., Panorama de las neurosis de transferencia (1915), S. Fischer, Frankfurt del Meno, 1985, p. 78 (Se trata del 12º ensayo de la Metapsicología, hallado entre la correspondencia con Sándor Ferenczi; mi traducción, R.N.)

2 Freud., S., ibid., p. 79

3 La heroína de “La Venus de las Pieles”, que domina y esclaviza a su pedido a Severin von Kusiemski en la novela de Leopold Sacher-Masoch (Ediciones Omnium, Munich-Berlin, 2016)

4 Darian Leader ha señalado la insuficiencia simbólica o el fracaso de la separación con respecto al objeto en las reiteraciones que no llegan a detener un duelo al tiempo que fortalecen el resguardo narcisista, tanto en la clínica con sus pacientes como en diferentes experiencias de las artes visuales que enumera; asimismo cómo la adherencia desesperada al objeto actúa como fortificación preventiva del derrumbe depresivo (Leader, D., The New Black, Penguin, Londres, 2008, pp. 112-114, 124-126, 155-160, 180-181)

5 La célebre dirección Berggasse 19 en el distrito de Alsergrund, que fuera la vivienda del fundador del Partido Obrero Socialdemócrata Austríaco, Victor Adler, antes de su demolición a fines del s. XIX

6 Verhaeghe, P., Narciso en duelo; la desaparición del patriarcado. Conferencia en la Casa-Museo Sigmund Freud, Viena, acerca de “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte”, 17 de octubre de 2014, Ediciones Turia + Kant, Viena – Berlin, 2015 (envío del autor). Una revisión del lugar del narcisismo en la obra temprana de Jacques Lacan – que, desde luego, tiene en cuenta Verhaeghe en las articulaciones que propone en su conferencia – puede encontrarse en Delarue, Alice, Du narcissisme chez Lacan, conferencia en la Sección Clínica de Estrasburgo, 22 de noviembre de 2014; a causa de las características del contexto en que fuera expuesta, el peso se encuentra en los primeros seminarios, subrayando la coexistencia de identificación, investidura y agresividad desde la función de “Gestalt” de la propia imagen, hasta el significativo equívoco “mêmer = m´aimer” del Seminario XX (Seuil, Paris, 1975, p. 79). Véase http://www.psychanalyse67.fr/accueil/myFiles/196_52J32405DI.pdf

7 Esta paradoja aparece ya en los recuerdos encubridores del propio Freud: la idealización que, según nos relata, hiciese de la figura legendaria del general cartaginense Aníbal para compensar la vergüenza de la cobardía de su padre oculta habitualmente que el militar, instigado por su progenitor a vengarse de los romanos, llevó a la muerte a sus soldados terminando en su propio suicidio (Verhaeghe, ibid., pp. 50-51).

8 Shakespeare, El Rey Lear, http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/s/Shakespeare%20-%20El%20rey ,pp. 8, 11y 177. Wolfram Ette, en sus notas para el programa de la representación de la tragedia en el Burgtheater de Viena (al que asistiera con frecuencia Sigmund Freud en su época) protagonizada por Klaus Maria Brandauer, en la traducción y puesta en escena de Peter Stein – que pude apreciar el 7-2-2017 – se pregunta “¿qué mueve al monarca a retirarse y entregar su poder fáctico a sus hijas? Ceo que se trata – concluye – de un intento de abdicar de la historia en favor de la naturaleza…” (programa de la representación, Ediciones Burgtheater GmbH, Viena, 2014, p. 11 ). En efecto, la transmutación del recuerdo de la historia en un sufrimiento enigmático, estanco e interminable aqueja a los sujetos cuyos lamentos hemos referido.

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