El particular lazo social del psicoanálisis en la institución hospitalaria

Arriba: Museo Castagnino, Rosario, Argentina

Me encuentro atendiendo un paciente psicótico, que arrastra con desenvoltura y sin decaimiento extravíos religiosos que no le impiden determinada exactitud en sus investigaciones biográficas e históricas, ni le han obstaculizado – durante un tiempo limitado, es cierto, y ya pasado – un eficaz desempeño como predicador.

santo

Sin embargo, la escena no se desarrolla en los consultorios del Servicio de Psicopatología, confinado dentro de los márgenes de una pequeñez carente de privacidad – en lugar de puertas hay tan sólo cortinas, que no impiden el libre accionar de oídos indiscretos o inquisidores – e insuficiente, en cuanto a espacio, para todos los que allí efectúan sus actividades.

Como extensión estable, se ha procurado el préstamo de los espacios de otros departamentos; en la ocasión, el de (por extraño que parezca) Cirugía Plástica, nominalmente inactivo durante determinadas mañanas en las que los profesionales pertenecientes al mismo se encuentran en las salas de operación desarrollando su práctica quirúrgica.

La sesión no carece del ritmo habitual: el delirio impregnado de culpa – la tentación de insultar al Creador siempre acecha, aún atenuada e infrecuente en el momento actual de la cura – es expuesto sin desborde de angustia y ya como una presencia bienvenida. Asisto al desarrollo de un rutilante y cautivador desfile de inmaculados santos, abnegados mártires e intachables virtuosos a los que dedico – en silencio – una atenta aunque escéptica, inflexible y agnóstica incredulidad. Pero es (de un) otro, bien diferente, el desgarro violento, inoportuno e intruso que ha de sobrevenir como tempestad inesperada.

Los consultorios, provistos de puertas en esta ocasión, dan a un pasillo que conduce hasta la Salade Médicos en su fondo. Por la de entrada, que se abre con arrebato, se escucha al Jefe del Servicio local, vociferando improperios (muy poco aptos para ser reproducidos o puntualizados aquí) en apariencia dirigidos a alguna figura de poder de la que acaso haya recibido alguna decepción inesperada… De todos modos, la cadena de escarnios y denuestos (siempre con un volumen sonoro capaz de perforar y abolir cualquier puerta u obstáculo, como en la ocasión la que cierra el espacio en el que me encuentro con el paciente) continúa por minutos in crescendo, sin que pueda avizorarse su incierta conclusión.

ira

El paciente observa con precisión: “Incurre en el pecado de la ira”.

De pronto se pone de pie, abre la puerta y sale al pasillo. El Jefe, que no interrumpe de modo alguno sus exclamaciones, ha entrado en la sala de médicos al fondo de aquél, desde donde parten ahora las enfurecidas invectivas. El sujeto al que pretendo ayudar se detiene, me mira y propone: “Lo voy a reprender”.

No – lo detengo – es mejor que continuemos en otro sitio”. Y ambos nos trasladamos a otro servicio, del que sé que suele incluir consultorios no ocupados en esos momentos. Aún vapuleada, la sesión prosigue allí hasta que nos despedimos.

Podría insertarse aquí alguna delicada reflexión acerca de la exactitud de la percepción del psicótico (por cierto, poco feliz o escasamente analítica sería cualquier contemplación acerca de cuál de ambos tiene modos más disruptivos en su relación con el Otro), pero en la ocasión hemos elegido este incidente sólo a los efectos de intentar situar el particular lazo social que el psicoanalista aventura en el medio hospitalario: frente al exceso proferido desde la seguridad apabullante de participar de un sitial hegemónico, que nada podría cuestionar o hacer trastabillar, nuestro lugar es, con mucho, más hipotético e impreciso. La situación misma descripta no deja de ser sintomática o ejemplar: extranjero en un territorio ajeno, participante en apariencia no advertido y vulnerable, su lugar es amenazado con la disolución sin rastros, anegado y obliterado por cualquier incidente banal. Pero si la práctica del psicoanálisis determina – como mencionamos – un lazo social que le es inherente 1, ¿cuáles son sus características, y aún más, sus efectos en la institución en la que pretende deslizarse, en estos momentos en que la psiquiatría junto con la psicología oficial o bien lo impugnan, lo desautorizan o lo ignoran? ¿Cómo podría operar una práctica discursiva que no envuelve indicaciones, prescripciones, resoluciones ni órdenes como la de aquéllas (esto es, para volver a utilizar la analogía freudiana, que renuncia o se abstiene de seguir la via di porre, o bien, en términos más próximos, de erigirse en el Saber que descarta, anula y desconoce cualquier otra alocución 2)?

En una sala de Cirugía escucho a una mujer atrozmente delgada (se la ha apostrofado “síndrome de impregnación”, término con el que los médicos designan el agotamiento acaso postrero de los recursos del cuerpo) a la que se le ha indicado, desde su ingreso, una serie cuantiosa de estudios complementarios (con la finalidad de localizar la “causa” de su extremo adelgazamiento y malestar agudo); para realizar la misma se la debe trasladar a diario a diferentes sectores del Hospital. Al narrar pedazos de su historia llora una y otra vez; rememora dos asaltos que sufriera en la vía pública, en los que fue golpeada. El temor remanente le impidió continuar con su trabajo al no poder salir del departamento en el que vive sola (ni siquiera para procurarse alimento). Sin embargo, el llanto se intensifica al evocar la muerte de su madre, con la que convivía hasta hace dos años, sin establecer relación alguna fuera de dicha coexistencia o de su actividad laboral.

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Apaciguada, esboza una tenue sonrisa y conjetura la perspectiva del mañana en la casa de una familiar próxima, su necesaria acompañante en la medida en que deje el Hospital – por de pronto, hasta el recorrido por sus pasillos hasta los sitios en que se debe realizar las prácticas médicas le resulta insoportable – ¿la “impregnación” no es acaso de angustia?

No se trata, desde luego, de que los médicos lo desconozcan, no lo comprendan, no lo tomen en cuenta (de hecho, tal es el evidente resultado de cambiar impresiones con el residente de Cirugía encargado de solicitar la interconsulta luego de la entrevista mencionada). Pero no pueden sustraerse a ejecutar los pasos, mecanismos, en suma la coreografía que la estructura que habitan, en la que residen, les impone. Como habría de ser asimismo un movimiento en falso, por cierto, si el psicoanalista se interpusiera en pos de un “ideal” de espera o de énfasis inmoderado de impedirles un procedimiento supuestamente excesivo: después de todo, “no hay discurso en el que el semblante no conduzca el juego3. No obstante, puede concluirse que hay consecuencias del acto en uno y otro terreno; la proposición u ofrecimiento, el guante arrojado resulta en una solicitud a la que se da réplica… sin que se alcance, por lo demás, una quimera de perfecta comunicación o saldo definitivo. En efecto, en el hecho social que ocasionamos ¿no contamos con la advertencia de que se trata, finalmente, de una oscilación en la que es inherente la disyunción de un imposible?

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 8

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1 Tarrab, M.: Un lazo social inédito, http://www.antroposmoderno.com/word/unlazo.doc , p. 1

2 Le Bihan, A.: Discours et lien social, http://www.champlacanienfrance.net/IMG/pdf/Le_Bihan.pdf , pp. 63-65

3 Lacan, J. :; La troisième, Intervention au Congrès de Rome, 31-10-74/3-11-74, Lettres de l´Ecole Freudienne No. 16, 1975, pp.177-203;  http://espace.freud.pagesperso-orange.fr/topos/psycha/psysem/troisiem.htm (Versión castellana: La tercera, Actas de la Escuela Freudiana de Paris, VII Congreso, Roma 1974, Ediciones Petrel, Madrid, 1980, p. 165)

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