El resistible ascenso del “hombre exitoso” y su caída

Arriba: Teatro Municipal Roma, Avellaneda, Provincia de Buenos Aires

Un individuo de unos 40 años se presenta argumentando haber recibido la firme y repetida indicación de una consulta psicológica por parte de todos sus médicos, quienes lo asisten en relación con diversos padecimientos de severa índole y poco favorable pronóstico. No ha sido fácil para él el asentimiento; reiteradas advertencias, solicitudes, hasta advertencias o ásperos exhortos – a los que, desde luego, se ha añadido el contrapunto de familiares y amigos – han terminado por derrumbar la sólida y resistente fortaleza. Sin embargo, ¿no será esta caída, esta entrega, mera apariencia?

No sólo los padecimientos médicos, físicos, lo acosan: su relato de inmediato pasa a describir su cataclismo económico, en el que épocas de abundancia fastuosa han cedido terreno a la falta de recursos. Del acopio de propiedades, ya extraviadas hace tiempo, ha pasado a verse obligado a convivir con su madre en el pequeño hogar de la misma; de viajes con rubias modelos, envidiado por todos, alojado en hoteles internacionales de extremado lujo situados en playas paradisíacas, a la necesidad de inventar algo para aspirar a restablecerse.

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Y de igual modo, los que lo rodeaban en su momento de auge, los así llamados “amigos” se han apartado de inmediato al instante de saber su decadencia.

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Su búsqueda actual deposita todas las esperanzas en la creación industrial de un nuevo y original producto herbicida que, al probar su eficacia superior por sobre todo lo conocido, le pueda acarrear el éxito indestructible y asegurar su regreso a un pasado lleno de furia y gloria, en ambientes exclusivos y dorados. Después de todo, el triunfo tan ansiado no es sino fruto del propio esfuerzo. Quienes no lo obtienen, son tildados de todos los errores, defectos, pecados posibles: incapacidad, haraganería, pereza, desinterés… falta de mérito, en suma.

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Antes que el examen de los fundamentos de su inquebrantable situación, él prefiere detallar la evolución y el derrotero del producto que, según pretende y espera, le devuelva su estatuto victorioso. Deposita la invención y creación del mismo en un químico al que valora, mientras que a él le cabe organizar las pruebas comparativas que no puedan sino demostrar su superioridad con respecto a cualquier símil ya existente, y presentarlas luego a los posibles compradores; organizar su producción y comercialización, en resumen.

Más allá de no poder ocultar los sucesivos fracasos de dichas pruebas y ensayos, su convicción acerca de la absoluta superioridad del artículo permanece intocable.

Pero no es lo único que subsiste sin modificación alguna. El ilusorio asentimiento a emprender un derrotero psicoterapéutico no resulta más que una solución de compromiso; si bien no tiene más remedio que aceptar su dependencia del Saber médico – y su estima por los profesionales que lo atienden es proporcional a los méritos que les atribuye, lo que a juzgar por los nombres que enumera bien puede ser un acierto – la asignación de un sujeto supuesto saber al psicoanalista no goza de la misma evidencia ni firmeza. Toma algunos objetos de mi escritorio y los coloca representando artificialmente la mesa de un café; lo que sigue habrá de ser, pues, una charla de café, con alguien que se identifique plenamente con la figura de un amigo, poniendo en juego ideales en consonancia simétrica con los propios. Situación que, inevitablemente, conducirá a un vacío en cuyo fundamento se dibuja una vertiente ideológica y social cuya presencia cada vez más frecuente, que advertimos en quienes recibimos, no deja de tener consecuencias con precisión matemática.

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La moral cultural sexual y la nerviosidad moderna1 titulaba Sigmund Freud su conclusión acerca de la fuente “socio-psicológica” de los fenómenos que le presentaba su clínica. Ni en ese momento, ni en los sucesivos develamientos, podría hablarse de atribución lineal. Sin embargo, los vínculos presentes no pueden ser descuidados, aun cuando lo real no fuese accesible. Y no se trata ya de las consecuencias de la supresión pulsional, sino de modificaciones en la trama social, en la que las circunstancias de degradación en la cultura que pretenden eliminar o hacer a un lado su inherente malestar inciden en la fenomenología clínica con la a veces sorprendente aparición de productos sintomatológicos “nuevos”. Tal vez no es la aparente novedad lo que cuenta, sino – como habíamos mencionado – su presencia cada vez más abrumadora. Al mismo tiempo cabe preguntarse si el enriquecimiento cultural que la renuncia pulsional conlleva es reemplazado por algún sustituto o artificio cuando ésta se suspende, se vuelve innecesaria, desaparece o es aplastada imperiosamente por la exigencia opuesta, la de gozar sin reserva, impedimento o freno alguno. La exigencia va de la mano con la des-responsabilización, en tanto todo desvío, inhibición, contradicción o “fracaso” es asignado a una “causa neurobiológica”, material o a un hipotético “desorden” (o trastorno) psiquiátrico (en última instancia, desde luego, “genético”); el número de éstos últimos, categorizado y listado en el tristemente célebre sistema DSM no deja de crecer con cada nueva edición, aunque sea más improbable la integridad enciclopédica que revisar la inconsistencia de sus fundamentos. Se cae en la paradoja de considerar que si hubiese discrepancia entre el paradigma y la así llamada “realidad”, es esta última la que debe estar en error 2. Mientras que en pos del “éxito” se requiere la frialdad, la falta de responsabilidad con respecto al otro y su utilización descarnada, su sujeción y la indiferencia ante el mismo (lo que en otros tiempos se designaba con el mote ya olvidado, “psicopatía”), “nunca fuimos tan libres y nunca nos sentimos tan impotentes”, según el teórico de la “modernidad líquida”, Zygmunt Bauman 3. Las “nuevas” apariencias fenomenológicas que se nos presentan una y otra vez, relaciones inestables, agresividad sexual y “bullying”, “ataques de pánico”, anorexias y bulimias, son compañía concordante con los dictámenes de la “sociedad Enron” y su regla de descarte – como residuo despreciado – del personal que no se “adapta” a la “meritocracia” impuesta.

La ilusión de un “neo-sujeto” omnipotente, caracterizado por la elisión de la enunciación, la desaparición del sentido del límite y la pérdida de la facultad de juzgar es acompañada por la infiltración de un simbólico virtual en el que se des-inscribe la referencia 4.

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Es posible advertir semejantes circunstancias y sus efectos en la producción artística de nuestros días que no dejan de reflejarlas. Hemos elegido una obra paradigmática para seleccionar fragmentos que resuenen con la clínica que expusimos 5. Al decir de Charles Spencer en su crítica de la versión representada en Londres 6, la misma no presenta una catástrofe global (a la que podrían conducir las circunstancias que presenta el drama y que recorren nuestras líneas desde el principio) sino la de los personajes que intervienen en medio de las mismas, que determinan su ascenso y el malestar que ocultan. En un medio donde la riqueza es la medida de todas las cosas, los empleados de una financiera que manejan millones que van y vienen de modo incesante, ellos mismos sólo valen según las cifras que obtienen tras el anhelado “bono” que la empresa podría otorgarles. Pero en cuanto la relación con el otro, sólo cuenta su valor de uso o bien su destitución, caída y ridiculización; un recién llegado (“Spoon”) es expuesto despiadadamente al cruel juego interno de iniciación, desalmado y burlón, hasta que finalmente demuestre ser aún más carente de escrúpulos que sus colegas y tan capaz de perenne “Schadenfreude” (alegría frente a la desgracia ajena) como ellos:

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Donny: En general no pierdas tiempo buscando en Internet – el boletín a veces es engañoso.

Jess: Escucha a tu papá

Voz del parlante: Dos millones. (…) ¿Compras o no?

Donny: Tardaste, amigo, ya compré. ¡Vamos!

(Donny cierra el transmisor. Inmediatamente llama a otro número. Spoon espera impaciente que aparezca su encargo en la pantalla de su ordenador)

Spoon: ¿También compras?

Donny: MediaCorp. No quiero comprar, quiero vender.

Spoon: Pero antes me dijiste: “Todos compran MediaCorp

Donny: Porque quería que subiera el precio. ¡Gracias por la ayuda, compañero! (..)

Spoon: ¡Te burlaste de mí!

Donny: ¿Y qué creías, que doy consejos sobre compras por mi buen corazón?

Spoon: Dijiste “Compra”

Donny: Sí, entendimos. Quería que subiera el precio

Spoon: ¿Me hiciste perder dos millones sólo para obtener mejor precio?

Donny: Yeah, bitch! 7

(Por un instante Spoon ha perdido el piso bajo sus pies – no atina a articular palabra)

Spoon: ¡Desgraciado!

Donny: (ríe) ¡Ay, así hacen los de Cambridge…! Señores y señoras, vean la mejor universidad del país. A menos que deseen aprender insultos

Spoon (…) (a Jess): ¿Lo sabías? ¿Sabías que hacía?

(Jess muestra los dientes sonriendo, pero no lo mira)

P.J.: A todos nos sucedió. ¿Eso te dice algo?

Spoon: Podrían habérmelo dicho.

P.J. Y todos lo hemos hecho. Todos lo hacemos.

Donny: No es ilegal, pequeño imbécil.

Jess: Si no sabes quién es el ridículo del mercado…

Donny: ¡Eres tú!

(Donny golpea suavemente la nariz de Spoon. Spoon quita su mano de encima, iracundo. Donny se ríe. Le quita a Spoon los papeles de sus encargos y los arroja por el aire. La oficina se llena de papeles)

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El protagonista, “Donny”, es “el Amo del Universo que confunde sexo, valores familiares y poder con el dinero”, y es exactamente lo que transmite a su hijo de diez años, como una garra que lo aprisionará pese a la apariencia “cool” de éxito empresarial precoz. Sólo cuando la regla 20-70-10 lo alcance de modo fatal, excluyéndolo del mecanismo del que – sin saberlo – no ha sido más que esclavo, es que su subjetividad puede dar un vuelco y cerrar su derrotero con una posible apertura que sólo la palabra empeñada permite (instancia que no fuera viable en nuestro primer caso):

 

Sean: “ – Le dije qué hacía (…) mi nuevo compañero. Le hablé de acciones… Le dije que sacas ochocientos millones cada día. Su papá no saca tanto. Tú sacas más. Más que todos los papás…

Donny: – Perdón por la semana pasada. No pude dejar la oficina.

Sean: – ´El tiempo es dinero´. ´Para qué comprar un Van Gogh si no alcanzas a admirarlo aunque sea un poco´ Eso dice mamá…

Donny: – El tema es que ahora tendré bastante tiempo libre. Podemos hacer cosas, si quieres.

Sean: – ¿Qué pasó?

Donny: – Nada. Algo como vacaciones. Decía que tal vez quieras que vayamos a Cornwall, a ver los castillos

(Sean no se muestra entusiasmado)

(…)

(Sean vacía sus monedas sobre la mesa y comienza a contarlas)

Donny: – “Pelela”. ¿Sabes qué significa, “pelela”?

Sean; – ¿Qué?

Donny: – No sabía de dónde sale. Creía que no se encuentra en el diccionario. (Para sí mismo) Finalmente es una palabra que existe: “un recipiente nocturno”. Hace poco alguien me llamó así… ¿quieres saber por qué?

Sean: – Bueno.

Donny: – Hablemos de otra cosa. Hablemos de los castillos.

Sean – ¿Qué?

Donny: – Nada… sí, eso, tengo necesidad de que hablemos…

 

 

 

 

 

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1 Freud, S., (1908), http://www.psychanalyse.lu/Freud/FreudSexualmoral.pdf

 

2 Verhaeghe, P., ¿Y yo? La identidad en una sociedad hipereconomizada (traducido del flamenco por Birgit Erdmann y Angela Wicharz-Lindner). Editorial Antje Kunstmann, Munich, 2013

 

3 Bauman, Zygmunt: La crisis de la política. Maldición y azar de una nueva exposición pública, Hamburgo, 2000, cit. en Verhaeghe, P., ibid, pp. 36, 167. Al mismo tiempo que se privilegia el registro visual que debe asegurar lo exhibible, mostrable del acoplamiento (las modelos que el hombre exitoso utiliza como prueba de su poder), el encuentro con el otro se evita como fuente de angustia, y el resultado es la desvinculación (Lasalle, H., Symptôme en déshérence et discours capitaliste, file:///C:/Users/Roberto/Downloads/sympt%C3%B4me%20en%20desh%C3%A9rence%20et%20discours%20capitaliste.pdf )

 

4 Cazzadori, Ch., L´effacement du sujet issu d´un discours capitaliste contemporain, http://www.chantalcazzadori.com/leffacement-du-sujet-issu-dun-discours-capitaliste-contemporain/

 

5 Stephen Thompson, „Roaring Trades“. Pude asistir a una excelente versión de la pieza, traducida como “Empleos de Oro” en el Teatro del Nuevo Mundo, Atenas, febrero de 2010. El texto completo fue publicado en forma de programa por dicho Teatro.

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6  http://www.telegraph.co.uk/journalists/charles-spencer/4228082/Roaring-Trade-at-the-Soho-Theatre-review.html

 

7 (Sin traducción en la edición)