Ficción de una identidad

Arriba: Centro Cultural Kirchner (Sala “La Ballena Azul”), Buenos Aires

“…es un tipo especial de caída, horrible. Al hombre que cae no le es permitido sentir o escuchar el golpe en el suelo. Sólo sigue cayendo y cayendo. Todo el arreglo se halla diseñado para hombres que en algún momento u otro de sus vidas se encontraban buscando algo cuyo propio entorno no podía proveerles. O que pensaban que su entorno no podía proveerles. De modo que no buscaron más. Dejaron de hacerlo antes de haber empezado realmente. ¿Me sigues?”
De este modo se dirige el profesor Antolini a Holden Caulfield, el inquieto e inestable adolescente protagonista de la novela. Y algo más tarde agrega: “”…muchos hombres guardaron registro de sus aprietos. Aprenderás de ellos – si lo quieres. Es un hermoso arreglo recíproco. Y no es educación. Es historia. Es poesía.” 1

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Las frases del personaje de la novela sugieren, de modo intuitivo, una estructura y la ficción o mito de sus orígenes: la respuesta del Otro que se perfila en el imaginario como insuficiente y determinante de una extensión en el vacío de una falla originaria. Y por último una producción literaria que intenta configurar un puente sobre dicho abismo.
Si una “identidad de género” diferente se impone (o propone) para cicatrizar dicha insuficiencia, habremos de regresar a un caso ya expuesto anteriormente – seguido por el examen de una reciente instalación corpórea en el campo de las llamadas artes visuales – para revisar los alcances de tal estrategia y su enlace con un destino. 2

El acceso al relato del sujeto en su aspecto literal nos pone frente a una dificultad cotidiana: el discurrir de ficción sin otra referencia que un quebradizo e inconsistente disfraz de verosimilitud, no desprovista de cierta sospechosa y oscura fascinación. ¿Pero no es que la frágil y endeble consistencia de un relato no es propia de cualquier enunciado procedente de un diván?
Y aquí la invención, la comedia – lo hemos adelantado en nuestro título – se enlazan con la mencionada “identidad de género” de modo más que inmediato. Escritos acerca de su definición, su modalidad, su pretendido origen o las condiciones que la determinan se han multiplicado en tiempos recientes, en relación con la enseñanza psicoanalítica o a sus espaldas. Y es preciso notar que el psicoanálisis, por su parte, no ha dejado de transformar su procedimiento en progreso al mismo tiempo que mantiene sus principios. Si hay un borde para ambas disciplinas – donde no puede haber coincidencia – es en el admisible reclamo de una potencial y factible inclusión. 3
De todos modos, el conjunto de términos (“identidad de género”) merece un comentario en cuanto a su posible lugar en el campo psicoanalítico, ya que la divergencia entre los posibles reclamos de los sujetos que lo esgrimen como estandarte y la teoría cuyos principios se fundamentan en la diferencia de sexos y la castración (con la fisura de empuñar un solo significante como referencia) puede hacerse aún más manifiesta. El relato que pudimos recoger reniega de la primera desde su propio comienzo: “es lo mismo”, fusión andrógina que proclama un goce sin retaceos. 4

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En tal contexto, no es ocioso señalar que nuestra perspectiva, de mantenerse en la letra de la estructura de ficción que escucha, es ajena a los procedimientos institucionales “enmendadores” a los que el sujeto hace referencia. P. Gherovici lo menciona de inmediato, al intentar sostener la necesaria abstinencia, cuestión escabrosa si la cura, en su entorno profesional americano – o en una entidad hospitalaria o de obra social en nuestro medio – trasciende los límites de la escena analítica. 5
Sin embargo, en el relato la transformación ansiada en apariencia tiene contradicciones irreconciliables que pueden demorarla y postergarla al infinito. Por una parte, como dijéramos entonces, “compone su narración con fragmentos de su cuerpo real, que retoca y altera sucesivamente (con la significativa exclusión mencionada): no se limita, por lo tanto, al desafío – aun cuando se dirigiese a una figura de autoridad a la que intentara degradar -, ya que algo de su propio mensaje retorna más allá de la carne. Cuando se necesita hacer caer un objeto en exceso, sin embargo, el flirteo con la locura se hace ver”, con la significativa exclusión que preserva sin pérdida el cimiento fálico, seguro de goce contra todo riesgo.
No es cuestión de “aplicar” un mito, analítico aunque lo fuese, a la novela familiar enunciada con los mismos hilos y cuerdas con que teje su historia. Sin embargo, la perspectiva fálica es construida del mismo modo como fundamento del intercambio de dones, y su primer Otro no se encuentra desprovisto o carente, aún como objeto de desprecio. Es aquí donde nos reencontramos con la intuición del escritor cuyas líneas abren esta crónica: la respuesta a una demanda originaria no ha podido encontrar un eco de reconocimiento, y los “fragmentos de cuerpo” han de servir para suplir dicha carencia, ficción precaria y no exenta de peligro como lo atestigua cada uno de los actos del sujeto. Y si en la leyenda que ofrece no se encuentran los muy publicitados “abusos” con que se insiste en tiempos recientes, la relación con la institución como Otro no deja de infringir pautas o procedimientos – que por cierto no desconoce – reemplazándolos por un código íntimo, personal y especial.
“En 1979, Paul McCarthy actuó (“performed”) y grabó en vídeo una obra llamada ´Cura Todo Contemporáneo´. Para dicha pieza, McCarthy alistó la ayuda de asistentes – Susan Amon, John Duncan, y Ronald Benom – quienes lo sujetaron a una mesa y lo ayudaron a “dar a luz” a varias muñecas de plástico y otros objetos a través de la vagina plástica que había atado a su cuerpo por otra parte desnudo empapado en kétchup y loción para manos (…) no debería ser sorpresivamente impactante, aun cuando las imágenes del artista con una sombría máscara de horror y sus tres asistentes (cuyas cabezas se hallaban envueltas en medias de nylon) aún son perturbadoras y gráficas, hasta crudas, pese a la obvia falsedad de la escena”. 6

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La producción visual o escrita en torno a la “identidad llamada sexual” tiene larga data, y es habitual mencionar su célebre prototipo: las 242 páginas que la censura de entonces autorizó para publicación, escritas por Daniel Paul Schreber. 7 De allí en más, los testimonios literarios, las narraciones, las muestras, instalaciones, “performances” se han multiplicado de manera ya innumerable (un esfuerzo por reunir, mencionar y comentar analíticamente las más significativas entre las primeras puede encontrarse en Gherovici, P., op. cit., “Escribiendo el sinthome”, pp. 215-244, un registro histórico del “empuje hacia la mujer” plasmado en letras de molde).
La imagen que simula un cuerpo desgarrado y artificialmente feminizado, como el comentario lo describe, produce un eco del intento artístico que los tiempos recientes nos brindan una y otra vez, por acercarse con riesgo al borde de lo Real; otro tanto sucede en la esfera musical, donde – luego de reducir la palabra a un desecho ininteligible, con lo que la significación se anula – el silencio o el horror del grito deshacen toda madeja articulada; sólo queda la opacidad de una materia despiadada, fría e inasible. 8
De la acción (McCarthy) a la escritura, el intento de “apropiación de la diferencia sexual” parece justificar la idea de Butler, al “des-esencializar” la misma a la par que proclamarla “performativa”. Pero no decide aún si se trata de una actuación o de un anudamiento estabilizador, apaciguamiento de una “identidad” con grietas y en cuestión.
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* Psicoanalista, Centro de Salud Mental No. 1, “Dr. Hugo Rosarios”

1 Salinger, J. D., The Catcher in the Rye (El cazador oculto), 1945, Penguin Books, Londres, 2010, p. 202, p. 204

2 Neuburger, R., La perversión en la clínica de la interconsulta, Psicoanálisis y el Hospital, No. 29, “Empuje a la perversión”, Ediciones del Seminario, Buenos Aires, 2006, p. 169-176; mencionaremos aquí algunos párrafos de la descripción. “La Sala de Clínica Médica (Hombres) se halla “revolucionada”. Una cama, el “box” donde está ubicada, se ha transformado en el escenario de un film surrealista: una multitud de perfumados “bibelots”, animalitos de diferente especie y tamaño, entre los que se destaca un gran gato blanco con un corazón rojo; en la cama y en la mesita de luz, dos fotos diferentes de un fornido caballero de anteojos oscuros y “slip” blanco por toda indumentaria, en un ambiente con espejos (…)“Me llamo Beatriz, o Daniel, si querés: es lo mismo”. Es el comienzo de un diálogo difícil, si no imposible. Una caricatura de la histeria más elemental, con marchas, contramarchas y demandas tan insistentes como irreductibles, lo pone en jaque de continuo hasta su interrupción (…) en ese momento decidió realizar sucesivas operaciones que le otorgarían figura femenina: nariz, labios, pechos y nalgas. En cuanto a “lo de abajo”, abrigaba dudas (…) los dos planeaban un paseo en la perspectiva de la posible operación, la última y definitiva. Debía someterse previamente a un “profundo test psicológico”, ya que conocía casos de amigas que, tras la irreversibilidad quirúrgica, se habían “pirado: te quedás sin poder gozar”. Su devoto enamorado no deseaba que sufriera esa desagradable consecuencia…”

3 “Es de extrema importancia, pues, reconocer esta actitud equívoca… si se descuida, nuestra fascinación resultará en una teoría pobre. Al punto de que apenas comenzado el tratamiento, el mismo termina en un fracaso característico con el sujeto asignando al analista una determinada posición en su propio escenario (objeto pasivo u observador pasivo)”. Verhaeghe, P., On being normal and other disorders, New York, Other Press, 2004, p. 400; “El razonamiento binario no resulta en absoluto; (…) debemos aproximarnos desde un ángulo diferente, al poner el énfasis en la inclusión antes que en la exclusión (ibid, p. 404; véase también Verhaeghe, P., Beyond Gender, from subject to drive, New York, Other Press, 2001, pp. 99-133) “La idea de madre y padre debe ser corregida. Desde una perspectiva estructural, es más correcto hablar de primer Otro y segundo Otro… La relación con la ley – desafío, ridiculización y remplazo – resulta en el enfoque de la mirada del segundo Otro, para poner en claro que carece de poder” (ibid, pp. 409-413) (mis traducciones, R. N.)

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4 Tendremos en cuenta al menos dos sitios han examinado desde el psicoanálisis dicha cuestión: el enciclopédico volumen de Patrica Gherovici, “Please select your gender” (Routledge, Taylor and Francis Group, New York, 2010), con abundante, detallado y sorprendente material clínico, y el breve ensayo de Irène Foyentin, “Quelques notations sur l´identité dite sexuelle”, http://www.champlacanienfrance.net/IMG/pdf/Mensuel_28_IFoyentin.pdf , que en ciertos aspectos parte de similares elementos. Entre los mismos se puede encontrar la indagación crítica del conjunto mencionado, “noción más que concepto… objeto bizarro” (Foyentin, p. 84), los antecedentes históricos (J. Money, H. Benjamin, pero asimismo el coetáneo de Freud, E. Steinach) y la presencia del mismo en el Seminario de J. Lacan, “D´un discours qui ne serait pas du semblant”, 21-1-1971 (ibid., p. 89).

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5 Gherovici, P. op. cit, pp. 25-32. Sin duda, prácticas “psicológicas” que establecen una alianza con el orden médico, no titubean en intervenir; así, el tristemente célebre DSM IV esquematiza sencillamente al “psiquiatrizar” un “trastorno de identidad de género”. Otros pueden albergar dudas, como un profesional de la Sala de Cirugía, quien me relatara el caso de un paciente que le había solicitado la extracción de un testículo que aseguraba canceroso, disimulando así su propósito “trans” de deshacerse del mismo; el cirujano afirmaba, en cambio, que su instrumento y técnica mantenían un exclusivo objetivo terapéutico que no hallaba aplicación, según su criterio, con su paciente.

6 Quick, Jennifer, Gender Trouble, en This will have been: Art, Love & Politics in the 1980s, Museum of Contemporary Art, Chicago, Yale University Press, 2010, pp. 248-251. “En lugar de participar en un par binario… considerar el cuerpo como el umbral o concepto límite que se cierne peligrosamente y sin decidir en el punto pivote de los pares. El cuerpo no es privado ni público, propio o ajeno, natural o cultural, psíquico o social… ni determinado por la genética o el entorno” (Elisabeth Grosz,”Cuerpos Volátiles”, cit. en Quick, J. op. cit., p. 248)

7 Schreber, D. P., Pensamientos notables de un enfermo de los nervios (mi traducción del título original, R.N.), Ullstein, Frankfurt/M, 1973

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8 Poizat, M., « se desgarra la envoltura musical… punto de inflexión del goce al horror », La voix dans l´opéra en Aspects du malaise dans la civilisation, ed. Marcos Zafiropoulos, Navarin Éditeur, Paris, 1987, p. 114

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