Hermanos

Arriba: Buenos Aires, vista aérea

¿Cuál es la significación del otro fraterno en nuestra práctica? A lo largo de la misma, en cualquier sitio donde se la ponga en juego – aún en el deslizante medio hospitalario, donde el psicoanálisis tiene su chance de extensión – aparecen los hermanos y hermanas en los relatos que escuchamos, saturados de menor o mayor gravitación para quien los expone. Pero ¿qué lugar ocupan en el cálculo subjetivo, en la fórmula fantasmática que se intenta descifrar en lo sucesivo?

Freud no vacila en situar su presencia como la del rival indeseable, peligroso o indigno. Desde los textos nucleares hasta otros algo menos frecuentados (Un recuerdo infantil de Goethe en “Poesía y Verdad”), el deseo de librarse del molesto recién llegado no deja de aparecer anclado a dicho papel; significaciones de apariencia algo más propiciatoria no dejan de tener carácter encubridor, al tiempo que su aparición es de naturaleza inequívocamente tardía. En estricta herencia freudiana, Lacan destina un capítulo de sus Complejos Familiares 1al de la intrusión (en el que se encuentra la referencia agustiniana tantas veces citada), y las Tesis sobre la Agresividad 2pueden continuarlo.

En tiempos recientes, han aparecido documentos originados en el cerrado entorno post-freudiano, en los que se intenta demostrar la presencia fraterna como portadora de características singulares, acaso universales, diferentes y propias, designadas como “horizontales” o “laterales” en relación con la “verticalidad” edípica. Como es habitual, posterioridad cronológica no envuelve, necesariamente, el reconocimiento del campo en el que Lacan volvió a situar el psicoanálisis.

Así Prophecy Coles 3, cuando investiga la gravitación de los hermanos en la vida y obra de Freud (o, antes bien, la de John, su sobrino, hijo de su hermanastro Emanuel), o la de la hermana del Hombre de los Lobos en el destino de éste, se queja de la poca atención que los mismos merecen en sus textos, al tiempo que propone, en un ejemplo clínico de su propia práctica, una “transferencia fraterna”. El inconveniente es que al carecer del espesor de los tres registros, la interpretación descansa casi por completo en el imaginario; aún cuando la importancia de éste pueda considerarse fundamental, como se verá más adelante, no se justifica el desconocimiento de los demás.

¿Incesto? En contraste marcado con la proliferación de alarmas que reflejarían el desvanecimiento contemporáneo de la autoridad, Coles subraya la tesis de Melanie Klein (en La Actividad Sexual del Niño, el séptimo capítulo de El Psicoanálisis de Niños) sobre el efecto reducidor de la culpa que tendrían las “habituales” prácticas sexuales entre hermanos. ¿Cuánto habrá de experiencia clínica, y cuánto del temprano esfuerzo de Klein por ser reconocida en el seno de la horda analítica mediante una exhibición de simbólica sexual aún más proliferante y temprana que la de sus tímidos colegas? Es difícil precisarlo… De todos modos, es tal vez significativo que haya sido en el área germana donde el tema, en fuentes literarias, se halla presente acaso con mayor pregnancia: desde la mitología (Sigmundo y Siglinda) hasta la exquisita novelette de Thomas Mann, Sangre de Wälsungos (llevada al cine por Rolf Thiele).

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De todos modos son significativas las referencias a historiales muy difundidos, en los que la aparición – o desaparición – fraterna ocasiona un vuelco notable, a los que se puede agregar algunos no advertidos: desde los alarmantes síntomas que aparecen tras el nacimiento de una hermana y llevan a la consulta a Gabrielle, la pequeña Piggle de Winnicott 4, al duelo de Mildred por su hermano Jack en el caso relatado por Herbert Rosenfeld 5, ¿cabría esperar algún sedimento en la teoría?

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Herbert Rosenfeld

Paralelamente, de Juliet Mitchell, asimismo autora de un volumen sobre Hermanos 6 y al parecer casi la única en dicho contexto en tener algún contacto con el retorno a Freud, cabría esperar menos énfasis en la anécdota. Sin embargo, el idiosincrático empleo de una parcial lectura de Lacan no extrae las consecuencias que atraviesen su propuesta, y en cambio agrega “referencias provocativas a sus nociones” (como suponer, casi en revancha feminista, a la madre como solitario agente de la separación) que hacen pensar en que haría bien en frecuentar la navaja de Occam…

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Juliet Mitchell

¿Pero qué consecuencias puede traer la identificación con un hermano, sea como re-edición de confrontaciones anteriores, sea como nuevo acto significante? Recibo un llamado urgente de la Unidad de Terapia Intensiva para asistir a un paciente que – supuestamente – se ha arrojado de un cuarto piso. Desde luego, se halla aún inconsciente y es imposible hablar con él; sin embargo, a la salida de la Unidad, aparece su mujer – una joven de unos 22 años – quien comenta no haber estado cuando sucedió el episodio. El único que pudo presenciar la devastadora escena fue el hijo de ambos, de siete años, quien solamente guarda silencio.

Al día siguiente, ya fuera de peligro, es transferido a Cirugía, la unidad vecina más próxima. El encuentro es cordial, pero poco “informativo”: el paciente asegura no recordar nada del incidente, y no tener la mínima intención suicida. Supone un mero accidente, un “tropiezo”. De todos modos, existe la posibilidad de que en dicho “descuido” hubiese influido la concentrada circulación de alguna sustancia…

En efecto, se trata de un consumidor inveterado. Es más: recientemente ha salido de prisión en donde trascurrió un período por robo, medio cuyo fin no era otro que conseguir más droga.

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Al emprender una interrogación en busca de los determinantes de su historia, menciona hallarse en situación media de cuatro hermanos. La hermana mayor y la menor se distancian de él y lo reprenden por su consumo, mientras que su hermano mellizo se inició en la misma práctica junto con él.

He aquí, en efecto, uno de los grandes misterios que los escasos días de internación del muchacho ocultan: ¿cómo la identificación sustenta, determina o pesa en un destino común? Inútil indagar cómo fue el acceso a las primeras experiencias: las “malas influencias” es la contraseña repetida por él, por su padre – quien lo visita en la Sala, habiendo viajado desde el interior – o hasta por su madre, cuya presencia es tan sólo ocasional (de hecho, pude verla apenas una vez).

A todo esto, el hermano mellizo continúa cumpliendo condena en prisión y aún le restan dos años: trasladado a un penal lejano, la familia no deja de asegurar – un tanto para desconcierto del entrevistador, claro está – que con su reclusión se acaba y previene el consumo.

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Ni siquiera son pródigos en cuanto a relatar cualquier antecedente histórico; todo lo que dicen se extravía en idealizaciones sin sustancia aparente, como una “infancia feliz”, una niñez sin tropiezos. Hasta el momento en que ambos mellizos cumplen los catorce, instante en que un giro destructivo parece apoderarse del rumbo de ambos para sumergirlos en una espiral ascendente de intoxicación y piratería.

La misma opacidad se encuentra en el relato del paciente: si bien vive con su joven mujer y su hijo no hay palabras que expresen dicho vínculo, como si le fuesen individuos desconocidos, simples sombras de un entorno que no registra (como para afirmar el cortocircuito del otro que pusiera en evidencia el psicoanálisis desde sus inicios toda vez que hubo de describir el fenómeno de la adicción). En tal contexto, los hermanos son apenas dobles, calcos sin distinción particular, meros “yo” cuyo líder de cohesión es el objeto-droga. ¿Habrá que suponer en el silencio del niño un rasgo más de la identificación, de dudoso porvenir?

Después de todo, suele proponerse (y Lacan lo hace en el capítulo citado: …específica de las conductas sociales, en este estadío, se funda sobre un sentimiento del otro que no puede más que desconocerse sin una concepción correcta de su valor por entero imaginario 7) la doble significación de las consecuencias de dicha imago, en analogía con la fragmentación que subyace a la forma unificada.

Por ende, es difícil afirmar la especificidad de las consecuencias del rival-intruso, si éste juega su papel de otro sobre una estructura significante ya cerrada. Quedará como interrogante si un azar del porvenir permite un plus de posibilidades de disímiles indicios para cada destino individual, o lo excluye.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 32

______________

1 Lacan, J., Les complexes familiaux dans la formation de l´individu, Navarin Éditeur, Paris, 1984, pp. 35 – 49

2 Lacan, J., La agresividad en psicoanálisis, Escritos, Siglo XXI ,México, 1975, pp. 65 – 87

3 Coles, P., The importance of Sibling Relationships in Psychoanalysis, Karnac, Londres, 2003

4 Winnicott, D. W., The Piggle: An Account of the Psychoanalytical Treatment of a Little Girl, IUP, New York, 1977

5 Naveau, P., Le Cas Mildred: la cure comme paranoïa dirigée d´une main de maître, Ornicar ? No. 43, Navarin Éditeur, Paris, 1985

6 Mitchell, J., Siblings, Sex and Violence, Polity, Londres, 2003

7Ibid., p. 38

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