Hiéron el Tirano: el lugar del psicoanálisis frente a la política

 

Arriba: Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO)

Alrededor del 367 a. C. – luego del envío de representantes a los Juegos Olímpicos por parte del déspota Dionisío de Siracusa – el filósofo Jenofonte imagina un encuentro entre el poeta Simonídis y el tirano Hiéron 1. La pregunta esencial que aquél le dirige a su desigual interlocutor, es en qué difiere la vida del regidor de almas y destinos, del simple ciudadano (idiótis). Su expectativa es hallar un concentrado de goce ilimitado, inconmensurable en relación con la sombría y lamentable monotonía del hombre común.

Una tras otra, las prerrogativas y los privilegios que el poeta atribuye al gobernante son descartados por éste, quien confiesa su reducido espesor de movimiento pulsional: la abundancia se vuelve falta de contraste, los elogios vacuos, los bienes un exceso insípido, el Otro sexo nada más que inconsistentes, desabridas hetaírai inferiores. Sólo la productividad de legislación utilizable por sus súbditos, y la benevolencia con que es capaz de tratarlos, pueden darle el refugio de algún placer exiguo (aquí el texto efectúa un viraje del ascetismo verosímil a la idealización hecha encomio). Aún cuando los otros no tengan palabra, el Goce está en Otra parte…

Υμπύ Τύραννος

Alfred Jarry; Υμπύ Τύραννος (ομάδα ω² – 4frontal – Θέατρο³, θέατρο στον κύβο)

Es una labor cultural, casi como el desecado del Zuydersee – dice Freud de su creación, el psicoanálisis. Y Lacan sostiene que debe considerarse la civilidad como parte de su técnica (Lacan, 1971a) 2.  Por añadidura, que la política en la dirección de la cura corresponde a la falta en ser, más que a su acumulación; en efecto, hacer de la negatividad un agente – donde siempre se pensó, tras Freud, una positividad que presiona, o un saber positivo como único resorte en actividad – no ha dejado de revelar una nueva clínica.

zuydersee

Resulta, pues, que el lugar del psicoanálisis, su estructura institucional (o la institución que habría de incluirlo) son menos seguros de lo que una geometría euclidiana propondría. ¿Utopía – ou-tópos – que, sin embargo, es eficiente en cuanto a sus efectos? Y, con mayor precisión, ¿qué resulta de la co-existencia con la institución hospitalaria oficial, la que hace del empuje utilitario su único resorte y garante de su posición hegemónica? Desde la misma, no hay por qué percibir, registrar ni advertir la presencia de psicoanalistas 3 (y mucho menos sus aspiraciones, sus esfuerzos, sus batallas ni sus divisiones internas basadas en “pequeñas diferencias” – esto es, su incivilidad). La propia estructura del “Servicio”  – una mayoría de personal no rentado ni reconocido por la institución – conspira contra su potencial gravitación en los destinos de ésta 4. ¿Un conflicto irresuelto, fuente de incontables desencuentros? ¿Un malentendido oculto, inaparente hasta para sus mismos practicantes?

En especial, porque la experiencia analítica – asentada en los principios mencionados antes – tiene el singular destino de descubrir, con frecuencia, el revés de las cosas.

Si uno de los lugares desde el que la política no es mero juego de palabras es la conducción jerárquica, una entrevista con un Director de la institución podría ser reveladora… siempre que lo esperado no sea una fachada compacta, un Bien nada inalcanzable, sino presente y eficiente. En efecto, habrán pasado unos cuantos siglos desde el imaginario encuentro entre Hiéron y Simonídis, pero el problema no se ha movido ni un palmo. Más aún: se ha cubierto de un velo casi infranqueable. Si la interrogación (la mía, en dicha oportunidad) apunta a la falla, a lo que cojea, trastabilla o desfallece, sólo se obtiene la opacidad que descarta tales eventualidades como inexistentes o rápidamente solucionables: literalmente, la institución carece de fisuras para su conductor. En la eventualidad remota en que pudiese presentarse algún inconveniente, una rápida llamada a la instancia gubernamental superior correspondiente sería más que suficiente para la inmediata restitutio ad integrum del statu quo ante: finaliza aquí el encuentro (como puede verse, más des-encuentro que otra cosa).

Variante – por lo tanto – del discurso hegemónico que no parece tener contacto alguno con lo que acontece fuera de tal beatitud in excelsis. ¿No se ha definido acaso la ideología no como ilusión ajena u ocultadora de la así llamada “realidad”, sino como pantalla de lo real?

Y en el Hospital, lo real sale al cruce en cada esquina. Pero el orden del discurso característico de la institución se mantiene, no obstante, y su política se manifiesta en esas mismas esquinas, con independencia de su significación.

Un jefe del Servicio de Ginecología nos llama para entrevistar a una paciente, mucho después que la misma ha sido sometida a una serie de intervenciones. Joven aún, con tres hijos, e internada a causa de un prolapso hemorrágico, había sido advertida de la posibilidad de remoción de sus genitales internos. Sin embargo, en el quirófano se optó por una plástica conservadora. A posteriori, ella se queja de dolor, de un dolor tan persistente como insoportable. El Jefe la examina una y otra vez: según las reglas y los epítomes, dicho dolor es imposible. Y para eliminar lo imposible, recurre a la aplicación de anestesia de modo prolijo, en todas y cada una de las terminaciones nerviosas que los tratados de anatomía indican o detallan. Con el escandaloso resultado de que el dolor insiste – aún cuando (según él nos aclara con énfasis) no puede ser.

perineo

La política y la sexualidad, nos dice Foucault – mucho después de que Freud diera voz a lo indecible – son aquello de lo que no es posible hablar: he ahí el juego de los tipos de prohibiciones que se cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja malla que no cesa de modificarse. Resaltaré únicamente que, en nuestros días, (son) las regiones en las que la malla está más apretada, como si el discurso, lejos de ser un elemento transparente o neutro en el que la sexualidad se desarma y la política se pacifica fuese más bien uno de esos lugares en que se ejercen, de manera privilegiada, algunos de sus más temibles poderes (Foucault, M., 1973) 5.

Años más tarde, y prosiguiendo sus investigaciones en torno a la “arqueología” de la mirada médica, el filósofo francés describe las funciones dependientes de la organización política en la génesis de las instituciones hospitalarias. Una de las diferencias significativas que plantea con respecto a las creencias habituales, es señalar que el capitalismo no trajo el pasaje de una medicina social a otra privada: precisamente, el control del cuerpo depositario de la fuerza de trabajo debía ser vigilado y mantenido a la vez que su función productiva se concentraba. Dicho propósito incide luego hasta en los detalles mínimos de la organización espacial, edilicia y distributiva (Foucault, M., 1996).

Pero sorprende asimismo encontrar que la función original de los hospitales no era “curar la enfermedad”  sino aislarla – lo que explica que inicialmente el médico no formara parte del paisaje hospitalario, sino que fuesen los sacerdotes o religiosas quienes se hallaban a cargo, en tanto la salvación del alma tenía prioridad con respecto a la del cuerpo – , y más tarde, convertirla en objeto de observación por parte de la ciencia al servicio de los fines ya mencionados; la acumulación de saber y la tecnología que garantiza su extracción son consecuencias necesarias. Los fundamentos arqueológicos, puede presumirse, continúan vigentes en la oscuridad, sobredeterminando los efectos que las ilusiones de ideales o las declaratorias recubren – muy especialmente en relación con las últimas, esencialmente formaciones discursivas cuya armazón no deja de ser evidente.

Como señalábamos antes, confinado y restringido dentro del bien delimitado espacio de un Servicio de Psicopatología y sin otro vínculo con el resto de la institución que las aventuras de un aislado interconsultor, el campo del psicoanálisis no es necesariamente advertido por aquélla, como lo comprueban el relatado encuentro con el Director, o bien otros indicios. Clavreul menciona la tentación que se le ofrece al psicoanalista de poner fragmentos de su saber al servicio del proyecto médico – el escepticismo médico habría cedido a la luz de la evidencia de efectos indiscutibles de la cura – opción política de sabor reformista (en tanto el psicoanalista aspirase secretamente a deslizarse dentro del discurso dominante para poder subvertirlo) y, por lo tanto, carente de rigor 6. Pero cabe preguntarse si no se trata de un exceso de optimismo, o tal vez una muestra de bienaventuranza “primermundista”. Los “efectos indiscutibles”, los instantes mínimos en que el sujeto destella en un encuentro irrepetible y a puertas cerradas (léase esto como mera metáfora, dada la insólita distribución del espacio a la que estamos habituados en la institución), no tienen por qué ser tenidas en cuenta por otra estructura discursiva. Por ejemplo, en las Jornadas Científicas del Hospital, las directivas impuestas para la presentación de trabajos excluyen formalmente la metodología del escrito psicoanalítico y relegan a éste a la sección – de “segunda categoría” – de las “monografías”, carentes del reconocimiento de los Comités de Selección correspondientes, para desecharlo lisa y llanamente si se atreviese a pretender status de “trabajo científico”. ¿La Ciencia nos excluye, o es que la epistemología se propone definir cada caso como en todos sin haberse mostrado, a nuestros ojos por lo menos, a la altura de su tarea? (Lacan, J., 1071b)

snoopy

Con lo que llegamos al final de este recorrido, retornando a nuestros párrafos iniciales. En confrontación con la economía política de distribución del goce (ya que no es otro el tema del encuentro del tirano con el poeta, o de la entrevista con el Director que ha de administrar dichos movimientos en el reducido – pero no insignificante – ámbito de un Hospital), ¿la “posición del psicoanalista” puede ser similar a, o hasta simétrica de aquélla en la que lo dejamos al concluir un trabajo sobre el amor, donde lo hallábamos indeciso y coqueto como una condesa elegante y enamorada? (Neuburger, R., 2002)Dicha vacilación podría leerse, asimismo y desde otra perspectiva, como neutralidad o abstinencia…

Pero en cuestión de política, por cierto que el analista no puede quedar en la mera indecisión, ni abstinente ni neutral. Ya lo indica Clavreul cuando señala la faz normativa del intento – acaso pertinente para la psicología aliada con el proyecto psiquiátrico – de completar el conocimiento, lo que indica como ineludible consecuencia, que la negativa a participar en dicha “integración” no deja de tener su alcance político.

En su ensayo “De un Moisés al otro”, Néstor Braunstein comenta que el mandato superyoico de goce ha cambiado el enunciado en el sujeto de la postmodernidad. Ya no se exige del sujeto la resignación de la pulsión y el relegamiento de la sensualidad sino todo lo contrario, se le exige que disfrute, que consuma, que se dedique a esos “bajos placeres” que denigraba Moisés como inferiores (y esto)…es ahora requerido como credencial de identificación de alguien que vive como se debe vivir, que participa y obedece no a la Ley sino a las leyes del mercado (y agregamos: la “salud”, sin excluir la “salud mental”, puede contarse entre los Bienes o Ideales que el imperativo ordena), esa abstracción que ha sustituido en el mundo contemporáneo al Nombre-del-Padre (Braunstein, N., 2005) 7

moses und aron

Moses und Aron en una reciente representación de la Bayerische Staatsoper (junio de 2006), con John Tomlinson como Moisés y John Daszak como Aarón

Pues bien, nuestro acto en el Hospital – nuestra práctica y la reflexión que sobre ella se realiza; en una palabra, nuestra civilidad, para retomar la propuesta de Lacan – deberá entonces sostener la posición política opuesta, para poder afirmar la ética freudiana y no desvirtuarla.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 26

_____________

Notas

 

1 Jenofonte, Hiéron o Del Tirano, Literatura Griega Antigua, serie “Los Griegos”, con prólogo de Constantinos Merentítis, Editorial Kaktos, Atenas 1993, pp. 156-207

2 Debo la referencia, su relectura e interpretación a mi fructífero intercambio con el psicoanalista mexicano Alfonso Herrera, autor de una lúcida y documentada exposición sobre los alcances del término “política” en Lacan (Herrera, A., 2004).

3 Salvo – por oposición a la más acostumbrada indiferencia – como inútil exceso, lo que puede apreciarse en las recientes declaraciones de un Ministro de Salud (Diario La Razón, 19-8-04, p. 19). En las justas expresiones de repudio de las mismas por parte de autoridades universitarias o de asociaciones profesionales, se menciona la ignorancia de las circunstancias que exhibe el personaje político al denigrarlas, sin destacar que se trata de un hecho estructural más acá del enfrentamiento de órdenes discursivos. Por ejemplo, en un encuentro con una autoridad de Salud Mental que tuve hace tiempo, me llamó la atención comprobar que ningún tema profesional – relacionado o no con la práctica hospitalaria – gozaba de su interés; sin embargo, si otro interlocutor le refería cualquier detalle enlazado con la inminente campaña política, su atención se despertaba de inmediato.

4 En las reuniones informativas o deliberativas, asambleas o encuentros de la Asociación Gremial, la ausencia casi completa, la escasa participación y el exiguo peso de los miembros de los equipos de Psicopatología es notable (situación por completo inversa de la de los “setentas”).

 

5 Cinco años antes, Norman O. Brown  – al exponer el resultado de su  solitaria relectura freudiana – propuso que sin la comprensión del peor aspecto de la sexualidad no puede comprenderse la política. (Brown, N. O., 1972)

6 Probablemente en el momento de escribir su texto, el autor no podía advertir el deslizamiento posible de tales “efectos indiscutibles” a la exhibición de “resultados” y su alianza con la estadística desubjetivante.

7 Con respecto a los ideales de Salud Mental, cf. Pujó, M. (1995).

Referencias

Braunstein, N. (2005), De un Moisés al otro: la “incompletud” de “Moisés y Arón” de Schoenberg (inédito)

Brown, N. O., (1972), El Cuerpo del Amor, Sudamericana, Buenos Aires, p. 19

Clavreul, J., (1978),  L’ordre médical. Seuil, Paris, pp. 13-14

Foucault, M. (1973), El orden del discurso (Lección inaugural en el Collège de France, 1970), Tusquets Editor, Barcelona, p. 12

Foucault, M. (1996), Historia de la medicalización; Incorporación del hospital a la tecnología moderna (Conferencias en el Instituto de Medicina Social de Rio de Janeiro, 1974). En: La Vida de los Hombres Infames, Caronte Ensayos, Editorial Altamira,La Plata, pp. 85-120

Herrera, A. (2004), Política y Psicoanálisis, conferencia en el Colegio de México, inédita

Lacan, J. (1971a), La Dirección de la Cura y los principios de su poder, II, 5. Escritos I, Siglo XXI, México, p. 227

Lacan, J. (1971b), La ciencia y la verdad. Escritos I, Siglo XXI, México, p. 340

Neuburger, R. (2002), El amor médico, Psicoanálisis y el Hospital, No. 22, p. 34-37

Pujó, M. (1995), Napoleones en Fila y La clínica del amo y el deseo, en Psicoanálisis y el Hospital, No. 7, pp. 5-6 y 11-17

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