Iatrogenia más allá del individuo: la institución como obstáculo.

Arriba: Museo Fortabat, Buenos Aires (Rafael Viñoly)

Las instituciones – escribe Claude Lévi-Strauss en las páginas finales de sus Tristes Trópicos -, las costumbres y los usos… son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizás no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel le marque un lugar independiente… (el hombre) aparece como una máquina que no ha hecho nada más que disociar millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. .. Tendría que sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir inercia…

Si la historia se escribe dos veces, una como drama y la segunda como comedia, no se extrañará el lector de encontrar resonancias, ecos de las afirmaciones del maestro francés en las imágenes que forman nuestro entorno institucional cotidiano, y cuyo movimiento (descartada la idealización que querría imaginar un progreso donde el poder político impone una dirección regresiva) no puede presentarse sin evocar la caricatura.

I. La urgencia emética

Imaginemos un Servicio de Psicopatología destruido por la dictadura militar (como lo fueron, poco más o menos, todos). Salas de Internación, personal de Enfermería especializado, Residencia, Hospital de Día, todo ha sido barrido con la volteada, permaneciendo solamente los Consultorios Externos, reducidos a su mínima expresión.

El exiguo número de psiquiatras que han quedado – acaso más por inercia municipal que por entusiasmo de reconstruir algo – se ocupa de los casos en que el “admisor” supone que una medicación llenará, a modo de complemento, aquello que el proceder psicológico no alcanza a reparar, restablecer o enderezar.

Pero como la capacidad (¿o tal vez sería más adecuado la inversa del término?) de los psicomedicadores se agota muy pronto, los restantes pacientes que acuden han de ser ahuyentados, evacuados como resto indeseable.

Supongamos, asimismo, que una “admisora” se ocupa de un rápido “screening” en el que cualquier antecedente sospechoso de algo “fuera de lo común” dispara la expulsión, que se realiza por medio de un inobjetable procedimiento de positivización de la misma. Con voz de sargento, promocionará los vecinos Centros de Salud Mental, o el Hospital de Emergencias Psiquiátricas, como paraísos promisorios en los que le aguarda la solución ideal. En dichos sitios habría especialistas calificados y sobresalientes, y como si esto fuera poco – oh, júbilo – ¡se atiende también de tarde!

Frente a tamaña enumeración de indudables beneficios, el atribulado paciente no podrá más que dar media vuelta y enfilar hacia tales destinos de bienaventuranza (No cabe preguntar qué sucedería si alguno de ellos preguntaría ¿y por qué no aquí? Sin duda, la experimentada y veterana expulsora tendría su respuesta “standard” para evacuar toda duda – y, asimismo, al que osa enunciarla. Y, de todos modos, de sortear el primer obstáculo, el persistente postulante tendría que vérselas con la granítica Lista de Espera).

La dictadura tal vez haya terminado, pero sus efectos se perpetúan.

spellbound4

Alfred Hitchcock- Salvador Dalí: Spellbound (1945)

II. Intermezzo

Las instituciones – Maud Mannoni1 evoca las célebres frases de Iván Illich – crean seguridades y desde el momento en que se aceptan, las pasiones se calman y la imaginación se encadena. Y nos describe los objetivos estructurales de aquéllas: El peso de la rutina administrativa tiende a crear una situación que imposibilita toda dialéctica. Se crean estructuras con las que la institución se defiende de los efectos de toda palabra llamada libre. La palabra “liberada”no entra en ningún proceso de transformación en la medida en que se percibe como “patógena”y es porque esta palabra está destinada a ser arrojada, desechada por los que la perciben… De acuerdo con este modo de leer, la ‘iatrogenia”, el mal que procede de la acción del therapon, no resulta de un proceder activo, erróneo, excesivo, individual; su responsabilidad se desvanece en un “más allá” impersonal, inmodificable, inalcanzable.

Tal vez sólo la creación artística pueda “hacer algo” con y a través de este devastado desierto. En Empleada de oficina que atiende al público, el agudo Leo Maslíah reclama: Entiendo que me digas que hay que traer / cierto certificado, cierto papel, (…) / tené siempre presente que si una vez, un día, / por orden de quien fuera o por capricho propio / el trámite dijera”no más certificados” / la iglesia no diría que es una herejía / ni las peluquerías de golpe cerrarían / ni se marchitarían las plantas de tu tía.

Así, en una dependencia municipal, la dependiente municipal exige aún-un-papel-que-falta para el trámite municipal:

-Venga otra vez mañana (= y otra vez mañana, y otra vez mañana) y tráigalo.

-No deseo pedir permiso de salida de mi trabajo para venir a traer un papel. Puedo enviárselo por correo: dígame, por favor, su nombre.

-¡Ah, no!¡Compromisos, no!

Gasalla

III. Organización Municipal de un Servicio de Psicopatología

Se trata, pues, de una especie de supervivencia. Y es que coexiste el estancamiento rutinario – oscuros y casi invisibles personajes municipalizados y correspondientemente burocratizados: desidia, desinterés, indiferencia palmaria, paladina e incontrovertible, ausencia total de toda emoción o expresividad, prohibición absoluta y total de actualización o de cualquier cosa que se parezca a un conocimiento nuevo – con aquellos que, trabajo mediante, se resisten a ser presa del deterioro.

Nadie encontrará nada extraordinario si quien tiene más antigüedad llega al Servicio a las once y cuarto, tras atender cinco minutos se dirige al bar de enfrente para comer, regresa a las doce menos cuarto, trabaja otros cinco minutos, y a las doce menos diez ya habrá partido. Se trata del silencio de la invisibilidad, la inapariencia, la fijeza del camuflaje.

Un Jefe de Servicio de un Centro de Salud Mental, atribulado, comentaba que una Rentada solía faltar con frecuencia alarmante, dejando pacientes citados sin atender, compañeros frustrados, etc. La encaró: ningún resultado. Le puso ausente en su planilla. Ella fue a la oficina de Personal y consiguió que alguien borrara dicha anotación. El Jefe habló con el Director del Hospital: nada que hacer. Finalmente le pidió que se “desempeñase” en el Turno Tarde; al menos, de esa manera no la veía. Ella terminó yendo los sábados cada quince días; el Centro se halla cerrado los sábados, pero con una excusa lograba sortear los guardias de Seguridad, llegaba hasta el Servicio, firmaba los siete días precedentes y los siete siguientes. También iba a fin de mes, a retirar su recibo 2.

Y sin embargo, si en este desolador panorama de impertérrita calma, logra alguna vez relucir un destello de angustia, es que tal vez quedan esperanzas de que un acontecimiento – aún el más insignificante – se abra paso:

En una Reunión de Equipo, una psicóloga comentaba que había recibido a una mujer embarazada. El obstetra había advertido que la criatura tenía malformaciones y mutilaciones severas, múltiples y riesgosas y – según el relato de la psicóloga – inmediatamente le había urgido: Señora, vaya al psiquiatra.

Se trataba – parece necesario concluir –  de una impotencia del obstetra, incapaz de contener la angustia de la mujer. Con lo que se creaba un doble problema, ya que la psicóloga no se consideraba responsable de llevar a cabo una tarea de la que el médico había desistido: si éste no se hacía cargo de sus asuntos, era cuestión de pasar la pelota a quien quisiera recibirla.

Pero ¿cuál era el objetivo, después de todo? ¿En algún sitio se hallaba localizado el fantasma de una pretendida reparación? ¿Cuál era la angustia insoportable, que impulsaba a dos profesionales (al menos) a tales pases expulsivos? ¿La de lo irreparable, la de un duelo irrealizable, la de un don imposible?

IV. La urgencia desarticuladora

En un Hospital Municipal Corriente, un médico de experiencia, en trance de mudarse a otra institución, aconseja a un novicio: “Si armás un equipo que verdaderamente funcione, tené cuidado, porque alguien se encargará de deshacértelo”

Alguien pudo escribir una vez, que la formación del mencionado equipo pre-suponía “el vencimiento de algunas resistencias operantes en el Servicio: desarticular el feudo psiquiátrico”.

En un Servicio, sin embargo, desarticular las resistencias y el feudo no es tan fácil. Es más, el proyecto puede pecar de exceso de orgullo: es decir, emprender con demasiada celeridad vías imaginarias. Sobre todo cuando el “feudo” goza de estabilidad y del poder inherente a ésta, de la que un equipo habitualmente carece.

La matriz de la agresividad rivalizante se pone en juego toda vez que la eficacia de la interconsulta psicoanalítica, con relación a la inoperancia burocrática de la in-acción psiquiátrica, pone en evidencia que el éxito de la primera es la medida del fracaso de la segunda. Del mismo modo que la excelente recepción del Equipo por parte de los médicos generales o especialistas, sorprendidos al no tener que oficiar de psiquiatras vicariantes por no recibir respuesta alguna del feudo (o, lo que es lo mismo, recibirla con retraso tal que se vuelve inútil) vuelve a poner el dedo en la llaga.

No sólo el Equipo de Interconsulta, sino todo el “servicio de Psicopatología” puede ser exterior (ni siquiera “extimo”) al Hospital, terreno de la hegemonía médica.

Tal vez el estatismo mudo, la inmutabilidad obstructiva, la oposición burocratizante, formen parte de la institución como sus cimientos, como un “capital constante”

Entonces, el esfuerzo de los que no quieren perecer, habrá de ser algo que se cuela por los bordes, buscando siempre un espacio clandestino, no reconocido, para aventurar un discurso y una práctica imposibles.

V. Final

En medio de tal desolador panorama, ¿cómo orientarse? Más de un lector habrá tenido la impresión de que la institución se asemeja a un monstruo viscoso e inconmovible, que con su intrusión perpetua desarma cualquier tentativa o jaquea cualquier ingenuo deseo de tiempos y actos mejores.

Sin embargo, ¿la resistencia del analista es menos temible? Por razón estructural, nada queremos saber de la negatividad como sustrato de un análisis y de su posible eficacia. Nos imaginamos como un agente cuyo resorte es la positividad de un saber, como lo quiere el discurso hegemónico, y no podemos dejar de hacerlo. Hasta que el impasse de la praxis, la irrupción de un Real, nos pone frente a la evidencia contraria, diferente.

Estar advertidos de la dificultad no parece suficiente, ni siquiera gran cosa. Pero a veces es lo único con que se puede contar. Y si el psicoanálisis tiene su lugar en el debate de las Luces, despojarnos de ilusiones puede no ser mal comienzo.

 

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 21

________

1 Mannoni, Maud: La educación imposible. Siglo XXI, Mexico, 1979. Herencia del Mayo francés de 1968, en este texto hay referencias a Basaglia y su idea de la “institución negada”. ¿Habrá que cantar, con François Villon, “mais où sont les neiges d’antan”?. En este lado del mundo, aplastado por la hegemonía global, en medio de una crisis de incierto desenlace, las palabras de un psicoanalista “el acontecimiento demanda una voluntad nueva que, sin embargo, reencuentre los intentos fundacionales…” (Jorge Alemán), ¿serán letra en el desierto o posibilidad propiciatoria?

2 Debo el siguiente comentarioa Sergio Rodríguez: “La perversión del estado argentino es haber sustituido con su clientelismo, las unidades de producción que una estructura principalmente agroeexportadora no dejó desarrollar. El empleo del estado era el más seguro y no de los peores pagos hasta la década del 50 del siglo pasado. Cuando todo empezó a crujir, más o menos desde Frondizi, la cosa se “resolvió” no aumentando los sueldos al ritmo de la inflación, lo cual los deterioró mucho más que a los de la actividad privada. Para “compensar” comenzó a hacerse la vista gorda a los incumplimientos de horario. La burocracia, de estructura pesada aún en la actividad privada, pasó a hacerse más pesada aún. En los hospitales originó además la centrifugación hacia la actividad privada de los profesionales más capaces, dejando en la punta de las pirámides hospitalarias mayoritariamente a los más incapaces”.

FOTO

 

Sergio Rodríguez

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s