Infancia amenazada: un ensayo antisociológico

Arriba: MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) (Gastón Atelman, Martín Fourcade y Alfredo Tapia)

Hacia el final de “La edad de oro” de Luis Buñuel y Salvador Dalí, la protagonista (Lya Lys) dice a su amante (Gaston Modot): “Hace mucho tiempo que esperaba este momento. ¡Qué alegría! ¡Qué alegría de haber asesinado a nuestros hijos!” Y besa lascivamente el pie de una estatua desnuda.

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Apenas un instante después – por aposición surrealista –  el venerable y barbado director de orquesta, bajo cuya batuta suenan los compases finales de “Tristán e Isolda”, lleva súbitamente su mano a la frente, da media vuelta y abandona el podio dejando la pieza interrumpida y los músicos desamparados. Al parecer, ya en 1930 la “imago” paterna estaba en problemas…

Treinta y un años más tarde, Lacan anota: “la humillación del padre se nos muestra no simplemente bajo una figura depreciada, que llegará a la más extrema irrisión, que hasta confina con lo abyecto: se borra en toda la medida en que perdemos el sentido y la dirección del deseo” 1 Sin embargo, se ocupa de advertir que no puede ser nuestra la posición de Freud, de erigirse en sustituto del ordenador desfalleciente.

Una solicitud de intervención “urgente” de la Sala de Pediatría menciona una paciente de 15 años “con alucinaciones” y convulsiones tónico-clónicas que hubiesen ruborizado a Charcot (durante las que, sin embargo, no pierde la conciencia). Desde luego, todos los exámenes neurológicos son “normales”. Al presentarme en la Sala, los residentes en Pediatría detallan, con algo de razonable inquietud, que la paciente insiste en que suele ver o comunicarse con su madre (muerta hace 6 años); las crisis no son otra cosa que un hecho de posesión, según afirman los familiares que la han traído. Sospechan los jóvenes médicos, en efecto, que el medio familiar no es de los más propicios, y que envuelve un riesgo a evaluar. Al dirigirme a la cama, ella tiene una crisis pocos segundos antes de alcanzar el lugar. Desde el lecho – con gran estrépito – cae al suelo retorciéndose violentamente en un sinnúmero de movimientos espásticos, y todos los pediatras corren para asistirla, darle oxígeno, etc.

Mientras tanto, me facilitan un espacio para entrevistar al padre y al hermanastro. La madre tenía tres hijos anteriores (uno de ellos es el fornido e hirsuto joven que, provisto de un celular, se sienta frente a mí) y tuvo tres más con el hombre que entrevisto, antes de su separación. Él afirma que su mujer se entregaba a prácticas de “magia negra” frente a sus hijos, con “gente saltando y gallinas descogotadas”. De modo que tuvo que contratar a un “vidente” para terminar de mandar, definitivamente, al espectro de su ex esposa “para arriba”, dados los indeseables efectos de su presencia “post-mortem” en este mundo. El trabajo, a todas luces sin la debida garantía, no parece haber sido realizado de modo conclusivo: él la ha visto en dos lugares diferentes al mismo tiempo, y con distinta ropa. También el hermanastro sostiene que ha sentido la presencia de su madre tocándole la rodilla, para retirarse silenciosamente luego. Los restantes hermanos, luego del fallecimiento tan provisorio e inacabado de la dama, han comenzado acciones legales para quedarse con la exclusividad de los bienes remanentes, y acusan a la hija internada de ser la culpable de todo desorden.

Entre tanto, y mientras los ataques convulsivos de la adolescente recomienzan cada tanto, los pediatras se han comunicado con un instituto psiquiátrico infanto-juvenil para transferirla en el acto. Los familiares, reticentes al principio, aceptan el procedimiento.

La matriz de “Tótem y Tabú”, que reaparece invertida en “Moisés y el Monoteísmo”, exige el asesinato del padre – ya sea en su aspecto de “jouisseur” (gozador) incuestionable, o como legislador de la prohibición 2 . No esperábamos la variante en la que su propia consorte efectúe el acto criminal: algo ha cambiado desde entonces. ¿Qué queda tras el borramiento intencional de todo rastro del Otro inexistente, cuya voz sola debería haber dado sentido a la existencia de los demás? Hombres que – sin duda, a través de la vigencia de sus propios referentes míticos – no admiten la transitoriedad, lo definitivo de la muerte, y no logran la conciliación fraterna de la saga freudiana. ¿O hay acaso otras posibilidades?

En Neurocirugía, una muchacha de 17 años se halla inmovilizada en su cama, aguardando una primera intervención que ha de corregir fracturas de columna (y otras los fragmentos de sus tobillos, etc.). Para evitar un encuentro con su novio, la madre echó llave a su puerta; dos pisos abajo, el hermano mayor intentaba disuadir al pretendiente, quien le respondió con un severo “cross” a la mandíbula. Intervinieron agentes policiales, quienes obtuvieron otros tantos puñetazos del robusto galán. Pensó ella en la posibilidad de reunirse con él saliendo por la ventana y, a través de deslizamientos acrobáticos, alcanzar la planta baja. Su cálculo no fue acertado.

Postrada, se opone con energía a que su pasaje al acto sea considerado tentativa de suicidio, aunque asegura que sabe del asunto, ya que su madre lo ha intentado otras veces.

La extremada solicitud de la madre no deja de llamar la atención del personal de enfermería (quienes no la toleran), y sin embargo la indicación médica ha sido – vaya paradoja – que la dama permanezca junto a su hija de modo continuo. Preocupada – no sin acierto – por el desprecio que hacia ella siente su criatura, no es menor el que muestra al ser interrogada por su marido, a quien no ve hace más de lo que recuerda. Y teme que el enamorado púgil le arrebate a su hija, o encienda aún más su odio.

Extraño desplazamiento: un intento de alejamiento de la madre resulta en un salto al vacío que finaliza, precisamente, en los brazos de ésta.

“…aún en el orden de eficacia lo imaginario puede bastar – continúa la lección del Seminario – cuando todos los refinamientos de la dimensión imaginaria del padre se hallan bien articulados”.  Por cierto, algún equilibrio inestable ha de lograrse, con la puntuación de otros tantos momentos espasmódicos, insuficientes para desprenderse del ahogo del abrazo del Otro.

En otra oportunidad, el llamado concierne a un niño que aún no ha cumplido los cuatro años, internado con politraumatismos. O, más bien, a la madre, a quienes los jefes de la Unidadno toleran en la Sala. Enefecto, la mujer tiene actitudes que no dejan de provocar cierto revuelo: entre otras cosas, ha amenazado a las demás madres con poner veneno en la comida de los pacientitos, pero asimismo – en un cambio súbito de tesitura – va de cama en cama cantándoles a todos “cumpleaños feliz” (con independencia de si coincide o no el día con las fechas de nacimiento correspondientes…).

Encuentro a la madre en un gabinete de Servicio Social. Sin detener su discurrir ni un segundo y a toda velocidad, cambiando una y otra vez la temática, relata que encerró al niño, que sufre de “hiperactividad e hiperquinesia”  según añade, en su cuarto mientras bajaba las escaleras (viven en un segundo piso) para atender la llegada de alguien. El niño se arrojó por la ventana, y salvó su vida gracias a un providencial toldo interpuesto entre la caída y el suelo.

Separada del padre, no ahorra las invectivas más despreciativas con respecto al mismo. Se halla en pareja con el encargado de un edificio vecino, y realiza un “tratamiento” con un psiquiatra de un instituto público. Sin embargo, detalla que no concurre a dichos encuentros con regularidad, ni ingiere la medicación que le es recetada según las indicaciones que recibe. El niño también tiene su “terapeuta”, una “psicopedagoga” de un gabinete barrial; es presumible que la asistencia comparta parecidas características.

El alta ya ha sido efectivizada, pero puedo ver a ambos, madre y pequeño, en una oportunidad ulterior, ya que concurren para un control pediátrico. No contando esta vez con un espacio cerrado, los entrevisto en las sillas del pasillo frente ala Salade Pediatría. El niño realiza con velocidad un par de garabatos sumamente rudimentarios mientras la madre no deja de hablar. Orgullosa, exhibe la capacidad de su hijo  – o, con mayor exactitud, lo exhibe a éste – de contar hasta más de doscientos; le alcanza un cuaderno con la serie de números, para que los lea en voz alta. Acostumbro a ver a un niño pequeño jugar o desplazarse dentro del radio de la mirada de la madre; sin embargo, en este caso no parece operar dicho límite ni haber inquietud por parte de la mujer en preservarlo.

La asistente social que ha intervenido en el caso ha intentado, me dice, enviar un “fax” a un juzgado a fin de evaluar la situación de riesgo. No ha obtenido respuesta alguna: se trataba, precisamente, del día anterior al comienzo de la “feria judicial”. Un día más tarde se aleja temporariamente del Hospital para gozar de su Licencia Ordinaria.

Es el imaginario de una posición matrocéntrica que sostiene las ideas de Winnicott sobre “deprivation3, de efectos significativos en la disposición sintomática. Un vacío retrospectivo en la historia del sujeto, fragmento de real que se nombra con una ausencia, la de la madre; toda otra figura, ya parte de la estructura familiar original o accidental, es apenas relevada en un historial (de modo que al menos podemos contar con los datos), sin extraer de ella más consecuencias que las que provee un mero acompañamiento.

Que se trata de un problema nada sencillo puede atisbarse, si se tiene en cuenta que las paternidades “funcionalmente insuficientes” de las histéricas freudianas no empujan a éstas (poco más, poco menos) fuera de la estructura neurótica. Casi podría aventurarse que, como la imposibilidad y la impotencia inherentes a todo discurso tienen función protectora, el desastre suele acompañar la realización demasiado acabada de un Otro sin fisura.

Fuera de área” (en la Salade Cirugía, al no haber cama disponible en el departamento de Medicina Interna) se encuentra una paciente de 24 años. Su lenguaje es elemental; con un retardo y pobreza expresiva evidentes, cuenta que debe estudiar para rendir “libre” los exámenes de la escuela primaria.

La tía, en el pasillo frente a la puerta dela Sala, narra las peripecias de la familia. Hace cuatro días ha muerto la madre de la paciente internada, en su vivienda pueblerina. La mujer había estado enferma hacía al menos un mes, e impidió a su marido llamar a un médico. Él respetó el pacto, por lo que ella no recibió atención alguna hasta su fallecimiento. Al enterarse, las hermanas del marido intentaron entrar en la casa (cosa que no habían logrado antes, ya que se negaban a abrirles la puerta) y encontraron a ambos sobrevivientes en un estado de total abandono y desnutrición (no había alimentos en el interior); la hija alucinaba y deliraba. De allí se gestó un periplo por diversos hospitales hasta recalar en el actual.

Un par de meses antes, por denuncias de los vecinos (quienes no toleraban las constantes acusaciones del padre de la paciente, ya que se dedicaba a investigar desapariciones y asesinatos ocurridos supuestamente en el pueblo, asegurando saber con certeza la identidad de los autores) y ante la tenaz negativa de la familia de abrir la puerta a quien fuese, se organiza un enorme y desmedido operativo policial (con helicópteros, brigadas especiales, etc.) para sacarlos de su vivienda, la que queda destrozada. Los tres son internados en un hospital neuropsiquiátrico provincial. Al egresar, ninguno de los tres continúa los “tratamientos” indicados, y regresan a su endeble hábitat.

Jamás dejaban salir de casa a la paciente, quien, en efecto, no había asistido a la escuela primaria (ni a ninguna otra fuente de contacto social). Como contraste, cuando tenía apenas tres años, las tías podían encontrar a la madre en la calle: la mujer había dejado sola a la criatura. Si la dejaban al cuidado de las tías para ausentarse durante una noche, éstas no sabían cómo calmar su llanto convulsivo y desesperado.

La evolución de la paciente es ominosa. No controla esfínteres 4, apenas se mueve (o, por el contrario, se tira de la cama). La saliva fluye de su boca sin freno alguno. O bien se encierra en un mutismo absoluto, o bien dicta recetas de cocina a las pacientes vecinas (las mismas la atienden con frecuencia y solicitud, le dan de comer, etc.). En otros momentos, cuenta a una de ellas – con una afectada pose de embeleso infantil – que se ha enamorado de un enfermero. Pero – agrega – no quiere que sus padres se enteren (en plural: es dudoso el registro de que su madre ha muerto). O – para escándalo y desesperación de las enfermeras – se entrega a la masturbación compulsiva e irrefrenable.

En una entrevista, el padre manifiesta su preocupación, que empezó cuando averiguó no ser hijo de quienes se suponían sus padres. Tuvo la intuición que su madre había sido asesinada, lo que lo llevó a iniciar sus investigaciones. Tranquilamente refiere sentirse culpable de haber respetado la prohibición de su mujer.

Al día siguiente, la tía relata que la paciente no es hija de él, pero que logró alterar los registros para que figurara como tal.

A continuación es trasladada ala Salade Clínica, ya que en la de Cirugía yace abandonada. El padre asiste a una entrevista con la médica clínica, pero – para sorpresa y el desconcierto de ésta – la abandona al promediar la misma.

“¿Les parents terribles?” (Los padres terribles) En el film de Jean Cocteau (1948), Yvonne de Bray (la madre) – desamarrada de cualquier rienda que pueda imponérsele,  mantiene a su familia bajo su poder incuestionable, impidiendo cualquier desviación (para el caso, el titubeante intento exogámico de Jean Marais – Michel, el hijo – con Josette Day), aún al costo de su autoinmolación suicida.

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Jean Cocteau: Les Parents Terribles (1940): Marcel André, Yvonne de Bray, Jean Marais

¿Lo mismo es proponer que la interrogación del análisis halle su tope en la culpa parental? ¿O, lo que es similar, en un impulso causal atribuido a la escalada de violencia familiar (¿famillonaria?) de una “mala época”, “la nuestra?”

Cause toujours”: (habla siempre) al relevar el efecto del significante en la obra de Freud, se nos pone en guardia con respecto a la ilusión de la causa y de la consistencia del Otro en su lugar. Nada más atractivo que llenar ese espacio con una falla histórica – es la esencia del desvío postfreudiano – o con un “déficit” supuesto o comprobable de la armazón comunitaria – la no menos subyugante tentación sociológica. Otros tantos modos de inyección de sentido que no detendrán el intercambio amenazador, sino que podrían prolongarlo.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 25

___________

1 Lacan, J. Le Séminaire, livre VIII: Le Transfert (10-5-1961), Seuil, Paris, 1991, pp. 333 y 344

2 Zizek, S., “The big Other doesn’t exist”, Journal of European Psychoanalysis, Roma, No. 5, 1997, pp. 3-17; Karothy, R. y Neuburger, R., Schönberg y Freud:de un Moisés al otro, Cuadernos Sigmund Freud, Buenos Aires, No. 20, pp. 27-49.

3  Winnicott, D., Therapeutic Consultations in Child Psychiatry, Basic Books, New York, 1971, pp. 216-219

4 Según la evidencia del examen clínico, se debía probablemente a manipulaciones por parte de algún miembro de la reducida familia.

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