La adolescencia acechada

Arriba: Teatro “El Círculo”, Rosario, Argentina

Pero no por las tantas plagas sobre las que el aluvión mediático no cesa de vaciar su metralla (droga, agresividad, descontrol, lumpenproletarización); acaso sea imprescindible, en el contexto que se propone al exponer las mordazas con que la Ciencia oficial cuenta para hacer desaparecer dichos estragos – aún cuando fuese de modo ilusorio, refrendado por estadísticas asimismo imaginarias – referirse en este momento al papel ejecutivo que vuelve a asumir la psiquiatría corriente.

Inmune a cualquier observación que no proceda de su propio círculo, le son ajenas la arqueología foucaultiana (desde la pormenorizada exposición de la segregación represiva en la Historia de la Locura hasta la estabilización de la distribución edilicia voyeurista de Vigilar y Castigar), la objeción – por parte de la casi olvidada antipsiquiatría -, de que ocupa el polo del sojuzgamiento en la repartición del poder, y la argumentación crítica del psicoanálisis, todas ellas exteriores a la reglamentación discursiva dentro de la que se resguarda 1.

Cada uno de los fenómenos que subvierten el ideal psiquiátrico, a priori calificados de disfuncionales, encuentra su sitio en un designado Trastorno, excrecencia monstruosa que contará con su antídoto (psicofarmacológico) específico, redoblado por medio de la reclusión – ya sea temporaria – si se temiese la insuficiencia de éste.

Una pediatra solicita concurrir a la Sala en la que se desempeña: un adolescente de 14 años ha sido internado en ella – la edad del paciente impide que se considere otra sala – a raíz de un “intento de suicidio” por ingestión de psicofármacos.

Efectivamente, se encuentra allí, acompañado por ambos padres. En una entrevista sin ellos, relata que sólo se trató de tres comprimidos de un tranquilizante sumamente difundido y recetado en los tiempos que corren – el clonazepam – que extrajo de las pertenencias de la madre, consumidora habitual; de hecho, ella carga con el diagnóstico de “bipolar”, y, desde luego, no es el único comprimido que frecuenta.

Parece tener urgencia en describir su relación con el consumo cannábico, que considera derecho y prerrogativa esenciales. Asegura que sus padres se hallan al tanto del mismo y que ambos lo desaprueban por entero, al igual que a sus amigos con los cuales comparte el hábito; esgrime la diferencia generacional como origen de la incomprensión que los distancia, y que asimismo hubo de interponerse en los reiterados intentos de aquéllos de hacerlo emprender algún intento psicoterapéutico, siempre infructuoso y rechazado. Tampoco podrían comprender que la ebullición de sus “hormonas” lo lleve a salidas en pos de un contacto posible. Los datos con los que cuenta acerca de su transgresión son sesgados pero abundantes, situación provista – como es habitual – por los recursos informáticos a su alcance.

Descarta por cierto cualquier intención suicida en su gesto de ingerir psicofármacos, sólo que no se trata de la primera vez que sucede, en apariencia siempre en el mismo sitio: la escuela (por la que sólo registra indiferencia; el único interés por la misma es manifestado por el padre). Frente al logro de un estado de confusa euforia, su propio vértigo de insensibilidad desahogada, los responsables de la institución se apresuran a llamar al servicio de emergencias que lo introduce de inmediato en el ámbito hospitalario.

No uno, sino tres psiquiatras (en sucesivas oportunidades) lo examinan. Sin embargo, a diferencia de la escena de Molière en la que la discordia y la contradicción dividen a otros tantos médicos en opiniones contrapuestas, en relación con el enigmático adolescente el dictamen es de una unanimidad tan sólida como inexorable: la internación psiquiátrica de urgencia máxima. De nada valen su oposición (ni siquiera la de sus padres) cuando el sujeto es apenas un escollo carente de palabra. Los residuos de ésta, en efecto, han de quedar no sólo aislados en hermética reclusión, sino amordazados además por la psicofarmacología que de ordinario se centuplica en dichos sitios.

ambulancia

¿Cuál es, en conclusión, el beneficio que le aguarda en tal destino? ¿Hay posibilidad, imaginaria y titubeante aunque fuese, de desafiar el establishment psiquiátrico – de tan abrumadora univocidad – y apostar a sus antípodas?

Acaso la psiquiatría no haya avanzado tanto como pretende: si la perentoriedad pulsional en evidencia – que apenas ha podido lograr una falicización parcial o provisoria – no merece mejor respuesta 2, ¿qué salida ha de esperarse para el sujeto sino el silencio, el acting out, la insistencia que habrá de ser calificada de “recaída”?

En ocasiones el destino puede ser más propiciatorio, toda vez que el adolescente sitiado cuenta con mejores recursos para enfrentarse al asedio redoblado de la psiquiatría actual.

Realizo otra entrevista con un muchacho de 13 años, luego de que el mismo hubiese sido visto, examinado, observado por un psiquiatra cuyo dictamen ha sido desconsolador. La categorización ha resultado de “bastante gravedad, depresión, abulia, ideas suicidas, impulsividad violenta y conductas bizarras de probable proveniencia y causalidad genética”. Lo que ha reforzado dicha impresión penosa, aflictiva y lamentable ha sido la negativa del joven – a la que para colmo se han plegado los padres – a ingerir la medicación: un clásico y muy actualizado cóctel de “antidepresivos”, “estabilizadores de ánimo” y “antipsicóticos”. Tales conclusiones – es preciso mencionar – correspondían a una única entrevista, dato que llevó a los padres a impugnar, aunque fuese de modo provisorio, los resultados y a preguntar, a posteriori, a su hijo si estaba de acuerdo en tomar dicha mezcla. La negativa fue rotunda.

Los sucesivos encuentros con él no confirmaron la ominosa sentencia. Es cierto que, en agudo contraste con los ideales paternos, detesta la escuela, por lo que durante el período de vacaciones sólo puede aspirar a permanecer frecuentando profesores contratados en pos de espasmódicos intentos de recuperar lo perdido en el año. Lo que no significa que no tenga fuentes cotidianas de entusiasmo: la práctica deportiva – que le apasiona -, los amigos, las salidas, y hasta algunas actividades creativas. En cuanto a sus supuestos arrebatos airados, no carecen de significación en el marco del desfiladero edípico y sus ramificaciones celotípicas fraternas. ¿Se justifica la desenfrenada arremetida psicofarmacológica? Sin necesidad de idealizar el cuestionamiento adolescente, ¿es imperativo transformarlo en un pacífico y adaptado vegetal?

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Pero ¿cuál puede ser el lugar del psicoanalista cuando la no respuesta del Otro es lo que la estructura necesariamente descuenta? Si lo innombrable se refugia en un discurso que aspira a reemplazar, en su supuesta especificidad “de grupo”, las ceremonias iniciáticas compartidas 3, no se trata de ofrecer – como ha sido la ilusión en que repetidas veces cayera el post-freudismo – una reparación, un sustituto de un imposible ya perdido 4.

Y bien, siempre es agudamente sorprendente reencontrar en el texto freudiano original – que la psiquiatría se empeña en olvidar, descartar y desconocer en pos de una repetición infinita – el sendero más cercano a una verdad rechazada. Silvina Gamsie 5 menciona una relevante y extraordinaria historia clínica que aparece en la Psicopatología de la Vida Cotidiana, en donde observamos a Freud como analista de un adolescente de 12 años. Como ella puntualmente observa, la estrategia de atravesar – en abstinencia expectante – tanto el código de pares como el texto manifiesto que se produce conduce de lleno a la interrogación por parte del sujeto.

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Asimismo en el examen que el creador del psicoanálisis lleva a cabo de “Despertar de Primavera” de Wedekind (a cuyo estreno – privado, para sortear la censura vienesa – de “La Caja de Pandora”, primera parte de la serie sobre Lulu, estuvo invitado, como indica el esquema de butacas de la platea) muestra su pormenorizada indagación de la sexualidad adolescente en los significantes indicadores de la lógica del inconsciente 6.

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Louise Brooks como Lulu en “Die Büchse der Pandora” (Georg Wilhelm Pabst, sobre la obra de Wedekind, 1929)

¿Se reitera la dialéctica ya hace tiempo pormenorizada por Freud entre porre y levare? En todo caso, hoy la supresión activa, el silenciamiento travestido en expediente científico de lo que insiste en demandar un sitio en los oídos del Otro – imposible tanto si desfallece como cuando sofoca – dista de ser inocente. Y sólo cabe esperar que el psicoanálisis en el Hospital pueda continuar reconociéndolo.

 

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 37

___________

1 Verhaeghe, P., On Being Normal and Other Disorders, A Manual for Clinical Psychodiagnostics, Other Press, Nueva York, 2004; tras la pormenorizada evaluación sólidamente inspirada en principios analíticos, el autor se ha referido a algunas consecuencias posibles y harto oscuras en cuanto a la práctica futura, en http://www.dcu.ie/health4life/conferences/2007/Paul%20Verhaeghe.shtml.

2 Ibid, pp. 297-301

3 Pujó, M., Adolescencia y discurso, en Psicoanálisis y el Hospital, No. 10, Buenos Aires, Ediciones del Seminario, 1996, p. 59. La negativa mencionada fue expresada en términos característicos y notables de “porteñismo adolescente”: una impactante frase para permanecer registrada en la memoria…

4 Por ejemplo (entre tantos otros), de la “madre suficientemente buena” winnicottiana.

5 Gamsie, S., Pubertad al fin… en Psicoanálisis y el Hospital, No. 10, Buenos Aires, Ediciones del Seminario, 1996, pp. 21-22; Freud, S., Psicopatología de la vida cotidiana, Fischer, Frankfurt a/M, 1954, pp. 168-170

6  “…relación del sentido con el goce; que este goce sea fálico, es la experiencia que por ello responde”, apunta Lacan en su comentario sobre la discusión durante la “reunión de los miércoles” del 13 de febrero de 1907; Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, Tomo I 1906-1908, Fischer, Frankfurt, 1976, pp. 105-112; Lacan, J., L´Éveil du Printemps, Ornicar?, No. 39, Navarin Éditeur, Paris, 1986-87, pp. 5-7; sobre la representación de “Die Büchse der Pandora” organizada por Karl Kraus el 29-5-1905 véase Berg, Erich Alban, Alban Berg, vida y obra en fechas e imágenes, Insel Verlag, Frankfurt a/M, 1978, p. 96

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