La construcción de una depresión universal

Arriba. Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires

En un tiempo fue la esquizofrenia. En efecto, si alguna “enfermedad mental” desencadenaba el terror generalizado a contraerla, la opción más popular la nombraba casi de inmediato 1.

Y sin embargo, el fenómeno parece ahora distante, oscurecido y alejado por la sombra de los tiempos. La amenaza de omnipresencia pasa ahora a ser ocupada por el “trastorno de mayor prevalencia luego de las enfermedades cardiovasculares”, según la afirmación incontestable de la curiosa y globalizada amalgama de psiquiatría con estadística 2.

No es imprescindible el método analítico para detectar el artificio que sobre la impetuosa capacidad “diagnóstica” de la psiquiatría corriente ejerce el poder de la empresa (el manual norteamericano, después de todo, fue generado por ésta), ni menos aún su resorte de organización económica. Antes bien cabe explorar cómo la jurisdicción creadora del significante es capaz de determinar efectos sobre la demanda manifiesta, cómo se alojan los mismos en el ofrecimiento de un análisis, o bien cómo aquél puede reaparecer en momentos de claudicación del mismo.

En efecto, fuera de la promoción irrefrenable de la nueva versión industrial del soma huxleyano, es difícil precisar cómo y cuándo se opera el viraje a la ubicua pseudofenomenología “distímica”. Y es que no hay coincidencia posible con la anterior y olvidada estructura maníaco-depresiva, desdibujada, irreconocible, lejana y ya inaccesible tras el proteiforme alud bipolar.

No es suficiente la multiplicación que el breviario DSM realiza con este término dentro del capítulo “Trastornos del estado de ánimo”. A posteriori, hubo quien encontrara las divisiones perfectamente insuficientes para incluir a toda la humanidad, con lo que se hizo imperativo engendrar una mayor e incesante proliferación de “subtipos”; antes que dar lugar al “caso individual”, procedimiento que el régimen objetivizante excluye, se reduplica el número de entradas o categorías en las que los n ejemplares habrán de instalarse.

Y, después de todo, no es el único ardid para seguir sosteniendo la vigencia del listado, aún cuando sus tropiezos testimonien acerca de una insuficiencia cada vez más evidente: bastará con asociar el argumento, médico si los hay, de “comorbilidad de la depresión3. El deterioro y deslucimiento catacrésico del vocablo, su empleo reiterado hasta lo imposible en tanto “etiqueta del ser” por parte de quienes acuden a exponer su demanda – frágilmente enmascarada tras semejante autodenominación – trastocan la convicción de Winnicott según la que habría acuerdo en la significación que se le asigna; ya nadie puede saber, en efecto (si no se encuentra dispuesto a ir más allá), a qué se refiere la misma.

Las repercusiones imaginarias de los términos son a veces impredecibles. Que haya “antidepresivos” coloca a los mismos fuera de toda controversia o duda, al igual que los “estabilizadores del ánimo”; hasta de quienes podría esperarse un cauto escepticismo en cuanto a su pretendida eficacia – al menos en el ámbito del círculo “psi” – parecen a veces subyugados más allá de cualquier indagación o paréntesis 4.

bipolar

¿Por qué? El laboratorio de pruebas sólo admite la presencia de ratones, musarañas u otros roedores que habrán de padecerlas en tanto terreno de experimentación. Para establecer su validez, en los mismos debe instalarse una mímesis de la pretendida “depresión” que los conductores consideren suficiente y probatoria (“modelo animal de la depresión”). De allí hay sólo un paso hacia la administración en “grupos control”, que se supone homogéneos y de continuidad irrefutable con los anteriores. Para reunir los mismos, se procede a agrupar otros tantos sujetos humanos “deprimidos” denominados de esa manera según las “escalas diagnósticas standard” (durante la confección de las mismas ¿no habrá una mínima sospecha de que las preguntas a las que se los somete envuelven una pizca de persuasión sugestiva?) ¿Tan fuerte es la seducción que ofrece el maquillaje del malestar? ¿Tan urgente es la reinserción del inútil “deprimido” en la incesante productividad, que no debe detenerse ni un instante? En todo caso, el imperativo significante no ha dejado de regir todos y cada uno de los procedimientos desde su inicio hasta su conclusión, en las sombras de lo no sabido tras la declaratoria de “objetividad”. Y que seguirá ejerciendo su validez toda vez que el publicitado preparado se indique, administre, adquiera e ingiera.

ratones

Sin embargo, la psiquiatría mercantilizada carece de elementos para aprehender lo que cae fuera de las coordenadas “científicas”. Como en las mismas debe hallarse el rastreo de la “causa”, su localización no puede sino moverse entre la hipótesis de un gen incriminado, un desorden de neurotransmisores y/o una alteración localizable en algún procedimiento de neuroimágenes. De este trípode productor, el cognitivismo explicará el aspecto “psicológico”, que no consiste sino en un circuito cerrado de alimentación de pensamientos “negativos”, cuyo resultante en las así supuestas conductas “observables” vuelve a repercutir sobre el ya alicaído trastorno de ánimo hundiéndolo más aún en tal indeseable “negatividad” y alejándolo cada vez más de la buena y correcta senda “positiva”.

images (2)

Nada, pues, que pueda ser reconocido como presentando un horizonte de significación no sabida; los signos se refieren a un saber referencial en el que nada excede la adaequatio rei et intellectus 5.

Pero la verdad freudiana sólo puede insistir desde un “que no sea”, un imperativo negativo 6; y no es – desde luego -que la fenomenología “depresiva” se ausente de los escritos freudianos, desde los síntomas de las primeras histéricas hasta los textos metapsicológicos y más allá. Para que esto suceda, sin embargo, se requiere alguien en quien la misma tenga incidencia en su deseo, y no pretenda domesticarla, en el sujeto que la enuncia, con aprendizajes, adiestramientos o instrucciones, ni encubrirla o disimularla con promesas de pseudofelicidad encapsulada, comprimida o embotellada.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 36

______________

1Pero yo, entonces, me acordaba de esas historias clínicas de esquizofrénicos que también se quieren curar y que no lo logran jamás. Era seguro: yo era esquizofrénico”, llegó a escribir Oscar Masotta en su período pre-psicoanalítico (Conciencia y estructura, Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1968, p. 182). Aún de mayor impacto son las experiencias de los ´60 en que el prejuicio diagnóstico invadía terrenos inimaginables, con superioridad para la corporación psiquiátrica por encima del mundo lego (Verhaeghe, Paul, On Being Normal and Other Disorders, Other Press, New York, 2004, p. 21-22); en la misma época puede encontrarse, entre otros intentos, la punzante desmistificación de dicha intrusión del Saber Médico llevada a cabo en Cordura, Locura y Familia por la “antipsiquiatría” (Laing, R.D., Esterson, A., Sanity, Madness and the Family (Families of Schizophrenics), Penguin Books, Middlesex, 1964

2 El dato es mencionado asimismo por Claudio Godoy, quien añade las supuestas medidas de gobiernos europeos o estadounidenses para hacer frente o paliar semejante amenaza; de modo que nos hallamos frente a la hipérbole de una auténtica leyenda urbana. (Godoy, C., Tristeza y Depresión, Virtualia No. 14, http://www.eol.org.ar/virtualia/014/default.asp?dossier/godoy.html, y http://www.bahiamasotta.com.ar/bibliovir/Clase%20Penna%20segunda%20depresion.doc

2 En efecto, se trata de una adecuada justificación para añadir otras tantas series de fármacos, que el éxito de los “antidepresivos” amenazaba con arrojar a las sombras.

3 Y la “derivación a un psiquiatra” resulta la consecuencia. Felizmente, hay excepciones: “…ante la singularidad con que cada humano concibe su realización, es una ingenuidad consentir que ella pueda ser el resultado de los efectos de algún psicofármaco” (Dreizzen, Adriana, ¿Antidepresivos o duelo?, Psicoanálisis y el Hospital, No. 16, “El fármaco”, Ediciones del Seminario, Buenos Aires, 1999, p. 87). Ya que hemos mencionado a D.W.W., quien asimismo fuera capaz de afirmar que “la base para la ayuda es la aceptación de la depresión y no la urgencia de curarla” ¿cuál hubiese sido su impresión ante el encarnizamiento farmacológico presente? (Winnicott, D.W., Los efectos de la enfermedad depresiva en ambos progenitores o en uno de ellos en La familia y el desarrollo del individuo, Hormé (Paidós), Buenos Aires, 1967, p. 83)

4 Julien, Philippe, L´étrange jouissance du prochain, Éthique et psychanalyse, Seuil, Paris, 1995, pp. 12-13

5 Lacan, J., Le Séminaire, Livre XI, Seuil, Paris, 1973 : …hay que definir la causa inconsciente… ella es un μη ον, de la interdicción que lleva al ser un ente pese a su no-advenimiento, ella es una función de lo imposible…, p. 117. Existen, desde luego, varias reseñas de la difícil ubicación del término “depresión” desde Freud, siguiendo por el recorrido postfreudiano, los escritos de Lacan y – finalmente – la confrontación con la imposición psiquiátrica-psicofarmacológica reciente en su obliteración de las diferencias estructurales a favor del “marketing” descriptivo. Dreizzen (ibid) no sólo destaca los síntomas “depresivos” de las histéricas freudianas hasta el pintor Haitzmann, sino asimismo el diferente estatuto del objeto que plantea Lacan en su elaboración de la metapsicología del duelo y la melancolía a partir de Hamlet (Lacan, J., Le Séminaire, livre X, ”L´Angoisse”, pp. 386-388, Seuil, Paris, 2004). En la primer edición impresa de la publicación Ornicar? sólo aparecen dos artículos – de Serge Cottet y Eric Laurent – dedicados al tema (Cottet, S., La belle inertie, note sur la depresión, Ornicar? No. 32, Navarin, Paris, 1985, pp. 68-86; Laurent, E., Mélancolie, douleur d´exister, lâcheté morale, Ornicar? No. 47, Navarin, Paris, 1988, pp. 5-17). El primero se pregunta “si este nuevo mal del siglo no ha podido ser tenido en cuenta en la construcción de la experiencia analítica a falta de habérselo reencontrado en ella, o bien la bolsa de gatos constituida por los estados llamados “depresivos” recurre efectivamente al campo freudiano y a los efectos del inconsciente por poco que se ponga allí un poco de orden”; de la Vatersehnsucht pasando por el agujero en el Otro al fin de análisis y la posición depresiva, “no hay en Lacan un elogio de la depresión: privada del contenido ético implícito en la “reparación” que preserva Klein, la depresión es un afecto inauténtico pero serio, a no tratar como síntoma o como estructura; la mortificación propia al desencadenamiento significante aplasta a un sujeto fijado en su indignidad”. El segundo se ha ocupado en repetidas oportunidades a continuación (Laurent, Eric: http://www.scribd.com/doc/13363924/Conferencia-ELaurent-Big-Felicidad). Por último, es significativo el intento de Paul Verhaeghe, quien vuelve a introducir las neurosis actuales freudianas con distinta significación, tomando literalmente el fracaso en la “elaboración psíquica” (como insuficiencia de la respuesta del Otro, lo que replantea el problema de la transferencia en el análisis) al acercar la angustia, la culpa y la depresión, lo que ofrece un puente para fundamentar la imaginería kleiniana (Verhaeghe, P., op. cit., pp. 259-281).

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