La Interconsulta frente a la perversión

Arriba: Plaza Manuel Belgrano, Buenos Aires

Η δε η δύναμη της αμαρτίας ο νόμος 

(1 Corintios, 15: 56 )

(La fuerza del pecado es la ley)

En sus “Tres lecciones ” de 1974, Oscar Masotta propone el esquematismo como garantía de claridad en una exposición. Con tal premisa, divide a la perversión en dos campos.  Por un lado, homosexualidad, travestismo y fetichismo (que refiere, siguiendo a Freud, al complejo materno) y por otro, masoquismo y sadismo, dependientes del complejo paterno.

Si bien en Un caso de masoquismo… (ver página de inicio) la denominación se discute, los efectos de un “complejo paterno” dudoso aparecen, efectivamente, en la estructura. Y ahora, a través de la ventana que la Interconsulta habilita, serán pues los temas del corte, la madre fálica, el narcisismo – referentes del primer grupo, siempre según el esquema de Masotta -, los que aparecerán, aunque más no sea entre líneas, en las observaciones que siguen.

I.

Llamado por un médico de la Sala de Traumatología, entrevisto a un joven estudiante universitario internado, poco tiempo antes de su egreso. La madre, solícita si las hay, ha tomado el papel de mediadora al proponer, en la sala, que su hijo sea entrevistado por un psi, fundamentando dicha demanda en las “depresiones” que – según dice – observa periódicamente en su hijo, y que son origen de numerosas contiendas familiares.

El primer tramo del acercamiento a Marcos sólo pone de manifiesto malestares indefinidos y banales, fugaces, ya que él transita rápidamente hacia observaciones arrogantes y refinadas acerca de su entorno (ya sea lo que presencia en la Sala como lo que piensa de su familia).

Evidentemente, las circunstancias de nuestro primer encuentro no representaban para él garantía suficiente y necesitaba probar si podía decir “algo más”. Interrumpió nuestras entrevistas y más tarde fue él mismo quien pidió su reinicio.

Lo que tenía que exponer era una verdadera apología de la transgresión, llevada hasta el paroxismo. Que toda ley es dudosa es la única certeza posible. La consecuencia es que intentar “saber algo”  – y en especial algo de él mismo que no sepa ya -, es empresa vana.

Una vez anunció, entre miles de dudas, titubeos y suspensos, que quería hablar de su “homosexualidad”.  De hecho, no podía ni pudo hacerlo. Debía escudarse en generalidades, discurrir sobre su entrada en un catálogo (el de la Psiquiatría, el de la Medicina, el de la Ciencia), perorar y declamar realizando una versión de caricatura de un sistema clasificatorio universal, en el que seguramente le aguardaba un casillero. Y yo debía caer, tarde o temprano, en la trampa de proporcionar la falsa clave, como endeble representante del Saber Constituido.

Asimismo le llevaba mucho tiempo criticar a su familia, aunque era evidente que se trataba de algo susceptible de despertar gran interés en él. Desde su posición, esto es, la de saber siempre cómo “debe ser” cada miembro de la familia, puede medir fácilmente cuánto se aparta cada uno de ese deber.

Es desde esa misma posición que optó por el Colegio Naval. Allí pudo observar un similar estado de cosas: todos proclaman la Ley y nadie la cumple. Todos transgreden, poco o mucho. Todos, sí, todos allí hallan placer en la homosexualidad y nadie la admite.

colegio naval

Luego de egresar, era clara la carrera que quería seguir : “Leyes”.

Por supuesto que iba a estudiarlas para poner en evidencia cuán insuficientes son o bien demostrar que torcerlas, rodearlas, quebrarlas es moneda corriente y fácil como un juego. Por ejemplo, planea defender “a un criminal” con recursos “legalmente incuestionables”.

Y continúa su discurso autocomplaciente, en la que afirma que sus conocimientos son siempre mayores que los de todos sus profesores, etc. Por lo tanto, no hay lugar alguno para un sujeto supuesto saber y la transferencia no tiene dónde instalarse. Si en algún momento me atribuye algún saber es, como vimos antes, bajo el disfraz de alguna ordenación médica.

Sin embargo, algún atisbo se anuncia cuando puede mencionar un fragmento de angustia – o algo que se le pareciese -. Periódicamente se halla sujeto a “terroríficos” episodios que inmediatamente califica de “bulímicos”. No se trata de otra cosa que de atracones de … golosinas. Sólo aquí puede plantear una pregunta: “A ver, ¿qué puede hacer Ud.?”  Y él mismo agrega, acto seguido, la respuesta: “Nada”. Ya que, de todos modos, él es capaz de impedir que aparezcan dichos episodios, que, por otra parte, lo alivian. Son un respiro de desorden en medio de la exigencia de tener todo – sus propias actividades, las de los demás – ordenadas según su muy sabio control.  Esta coacción, nos explica, le resulta pesada …  Quien evocase aquí la historia del caldero que menciona Freud, y las excusas contradictorias que suscitara … ¡estará en lo cierto! 1

Asimismo, puedo comprobar que es un maestro en dos procedimientos retórico-lógicos, como son los de la “elipsis” (cuenta que en el primer acercamiento había omitido deliberadamente todo lo que considerara de importancia) y el “dilema” (no puede creer en lazo social alguno que no sea mascarada, ya que nadie le puede hablar con una palabra verdadera). Así, quienes lo odian, hablan a sus espaldas y quienes lo aman, evitarán decirle lo que piensan. 2

En este contexto, podemos mencionar que el cariño o la ira que él supone en el analista son lo que más le llama la atención – aquello que más lo desconcierta – y necesita someter tales sentimientos a la prueba de que no se manifestarán.

                Para cubrir las apariencias ante su familia y compañeros y evitar habladurías, ha salido primero con una joven, luego con otra, interrumpiendo la relación en el momento que alguna parecía enamorarse de él.  La única vez que sintió algo por alguien parece haber sido en ocasión de haberse enamorado de un condiscípulo. Pero éste lo traicionó con una denuncia ante los superiores. No quiso verlo más.

Un malentendido, un desencuentro, son suficientes para generar una nueva – y por ahora definitiva – interrupción. Había logrado confirmar lo que ya sabía: que no había nada sobre la tierra que no supiera ya.  La jugada tenía los dados cargados.

Supe, poco después, que había egresado de la Sala.

II.

La Sala de Clínica Médica (Hombres) se  halla “revolucionada”. Una cama, el “box” donde está ubicada, se ha transformado en el escenario de un film surrealista: una multitud de perfumados “bibelots”, animalitos de diferente especie y tamaño, entre los que se destaca un gran gato blanco con un corazón rojo; en la cama y en la mesita de luz, dos fotos diferentes de un fornido caballero de anteojos oscuros y “slip” blanco por toda indumentaria, en un ambiente con espejos.

camaconpeluches.

El paciente vecino, inmovilizado en su cama, pide disculpas a “la señorita” ocupante del emperifollado entorno, cuando necesita orinar en su papagayo, ya que no puede trasladarse para sustraer dicho acto a la mirada de “ella”.  Los escandalizados y aterrados clínicos encontrarán una solución para el problema: una pieza individual que ha quedado disponible. Era hora: ya los familiares de algunos pacientes de la misma Sala insistían con apresurar sus respectivos egresos de internación, para poner fin a tan perturbadora  compañía.

            “Me llamo Beatriz, o Daniel, si querés: es lo mismo”. Es el comienzo de un diálogo difícil, si no imposible.  Una caricatura de la histeria más elemental, con marchas, contramarchas y demandas tan insistentes como irreductibles, lo pone en jaque de continuo hasta su interrupción.

Hace nueve años – dice – se contagia el HIV ; le habían aconsejado cuidarse de un sujeto con el que quería sexo, y desoyó las advertencias. Una enfermedad respiratoria oportunista determinó, hace algún tiempo, una internación en un Hospital especializado en trastornos pulmonares.

travesti

El turgente y ostentoso individuo de los retratos había sido “su marido”. Con él ha pasado “los mejores años de su vida”. Durante la mencionada internación, llegó a quedarse “dos meses” a su lado.

Lo había conocido cuando estudiaba Derecho – la misma carrera que habría finalizado su padre – y se desencadenó un amor de tal proporción que los lleva a intercambiar dones extremos: él se divorcia y deja de ver (por orden judicial, ante el recurso de su ex mujer) a su pequeña hija. Y Daniel, para complacerlo como mujer, pasa a ser Beatriz.

Ante tal pasión avasalladora, el HIV no podía ser un obstáculo: se “cuidaban” escrupulosamente. Él “siempre jugó el papel de activo: siempre fue muy hombre” (por eso las gafas de las fotos, que él/ella le pedía que usara, pues quería verlo “más machote”).

Ambos dejaron de estudiar y abrieron un gimnasio donde él enseñaba un arte marcial, mientras él/ella era recepcionista. “Siempre le habían gustado los hombres” – continúa -, pero en ese momento decidió realizar sucesivas operaciones que le otorgarían figura femenina: nariz, labios, pechos y nalgas. En cuanto a “lo de abajo”, abrigaba dudas.

Los dos planeaban un paseo por Italia, no solamente como viaje de placer, sino en la perspectiva de la posible operación, la última y definitiva. Debía someterse previamente a un “profundo test psicológico”, ya que conocia casos de amigas que, tras la irreversibilidad quirúrgica, se habían “pirado: te quedás sin poder gozar”. Su devoto enamorado no deseaba que sufriera esa desagradable consecuencia. Ya habían viajado juntos al Brasil donde, a modo de intercambio preliminar, ambos se habían hecho un tatuaje: una pluma en sendos brazos, que debía dar testimonio del júbilo matrimonial. Habían añadido una Nereida en el hombro de él y una manzana mordida (“la tentación”) en un pecho de él/ella.

Pero la “relación bárbara” tuvo un funesto final, el mismo día en que festejaban su noveno aniversario en el hotel donde fueron tomadas las fotografías que exhibía en su mesita de luz. Al salir, él se le adelantó en su moto mientras él/ella, rezagada, compraba cigarrillos. Un ómnibus arrolló y despedazó la motocicleta. Él/ella contempló espantada sus dispersos fragmentos y sufrió un desmayo por el que fue hospitalizado/a.  A los pocos días, debe serlo nuevamente a causa de los intensos dolores en las piernas que le impiden caminar. Pero se niega a realizar el electromiograma que los clínicos le indican, ya que no soporta los atroces sufrimientos que causa la penetración con las afiladísimas y punzantes agujas del procedimiento.

Rechaza la comida que se le sirve y afirma que no come, que llora todo el día (no tarda ni siquiera segundos en demostrarlo), que cuando se ducha no sabe ya si es el agua que corre o el torrente de sus lágrimas. Deja de llorar al instante, para mostrar el gato mecánico “que él le regaló”: con la apropiada sonrisa nostálgica, lo pone en marcha para que se mueva y cante.

Los clínicos, que lo/la han colmado de atenciones y exámenes complementarios, cuyo número supera el promedio de los administrados a cualquier paciente ordinario, temen aún que los acuse de discriminación en el momento de plantear que nada justifica, desde el punto de vista médico, continuar con la internación.

Sospechan la falsedad de la conmovedora historia del trágico duelo: el retratado podría ser tan sólo un “stripper”, una conquista ocasional. Además, la extrema sensibilidad que había interrumpido el examen de sus piernas había sido precedida por una anestesia total en la misma zona. Y eran contradictorias sus múltiples atenciones con los médicos – a quienes, por ejemplo, les entregaba ramos de flores – con la perpetua actitud transgresora respecto de las normas de internación, pese a que reiteradamente prometía observarlas.  Así, teléfono celular en mano, deambulaba continuamente por el Hospital y su entorno, con o sin las muletas que las voluntarias, a su demanda, le habían entregado.

¿Por qué busca permancer en la Sala?

¿Quizá porque sólo allí tiene a sus pies un auditorio tan numeroso como fascinado?

De ambos padres había sido el preferido, único hijo varón en una fratria de cuatro, en la que un primogénito había muerto a los cinco años.  Dos de sus tres hermanas son abogadas.  El padre, agente de gendarmería, llegó a jubilarse con un elevado rango ; su muerte repentina, diez años atrás, desencadenó un intento de suicidio cuyas cicatrices exhibe, en ambos antebrazos.

También al padre le había correspondido con un don. A cambio del amor que de él recibía por ser su único hijo varón, le dio a ver una mascarada de masculinidad: le pagaba a mujerzuelas para exhibirlas frente a su padre como “novias”, y así tranquilizarlo. 3  Pero afirma que en la ocasión de fallecer su progenitor no sintió ni una cuarta parte del dolor que lo embarga ahora. Por lo tanto está seguro/a de lograr su propia muerte en el próximo intento. No le queda futuro alguno, ya que jamás le será posible reeditar la experiencia del amor perfecto. A un “travesti” lo aman por su dinero o por el que produce con su trabajo celestino. Y entorna sus labios sobrecargados de pintura fosforescente al afirmar que él/ella siempre ha sido “muy señorita”, no teniendo “nada que ver con el puterío”.

Si bien hubo de recibir también atenciones amorosas de su madre, algo debió suceder entre tanto: ahora la desprecia, ya que su único interés es el dinero.  Que no le falta, precisamente: detalla la extensa lista de propiedades con las que ella cuenta. Esa despreciable mujer es incapaz de advertir, de “creer” en el inenarrable sufrimiento de “su hijo”. Como indica el género, no deja de reclamar la vigencia del privilegio.  Si bien subraya que “me necesita”, a un tiempo que insiste en señalar que es “agresiva con todos”, no por ello renuncia al “reggae” a todo volumen que ahoga nuestras voces desde la radio de su mesa de luz.

Al caminar se caía y lastimaba, diseminando estelas de sangre por su pieza o los pasillos de la sala, para espanto del personal. Amenazaba con entablar un proceso judicial al enfermero que no había respondido a su pedido de ser llevada en silla de ruedas.

Una noche recibió a un posible pretendiente. Necesitaba, acaso, permanecer en su pieza por razones de trabajo.

Tras el alta – que se volvió inevitable – y antes de marcharse, afirmó que sería capaz de lograr inflingirse una herida más extensa, a fin de obtener una nueva internación en el Hospital donde había estado antes.

Balint nos dice poco acerca del paciente que quiso probarlo, exponiéndole una historia “inventada”. El analista necesitó escuchar bastante, y reflexionar más aún, antes de desenmascararlo, señalándole el peso de sus contradicciones. Cuando nos habla del suceso, reprueba el desgaste de tiempo y energía que la construcción de una “falsa identidad” pudo haber insumido. Y no menciona “la verdadera historia” que un empirista esperaría hallar “detrás” (Balint, 1965). 4

La perversión juega con el reconocimiento del otro y la aniquilación de su deseo. Sometido a la paradoja que le impone la extinción de aquél – o bien la desaparición del objeto -, el sujeto que enuncia una palabra mentirosa replantea la dimensión de verdad propia de la palabra como tal.

Pocas veces, en efecto, nos es tan palpable la textura evanescente del “mito individual” que nos presenta el que nos habla. Pero nuestro/a “travesti” compone su narración con fragmentos de su cuerpo real, que retoca y altera sucesivamente (con la significativa exclusión mencionada): no se limita, por lo tanto, al desafío – aún cuando se dirigiese a una figura de autoridad a la que intentara degradar -, ya que algo de su propio mensaje retorna más allá de la carne. Cuando se necesita hacer caer un objeto en exceso, sin embargo, el flirteo con la locura se hace ver. Es el riesgo que bordea el perverso, como plantea, muy brevemente, Clavreul.

Pero en este sujeto no se alcanza la magnitud de la “Erlebnis” (vivencia) transexual. En su lugar, persiguiendo la apariencia, “da lo mismo“, según convenga. Como apunta Masotta, es llevado por el deseo “de revelar el engaño en el momento mismo en que engaña,… y por el intento de aislar la verdad del goce

La  calidad rudimentaria de la chapuceada parodia pseudofemenina que nos exhibe se halla, a decir verdad, muy distante de la belleza del andrógino de Aristófanes. Pero no por ello es más accesible, aunque las posibilidades del dispositivo de la Interconsulta tengan muchas veces el sello de lo vertiginoso.

Como se ha dicho repetidamente, cada vez que un analista se asoma al terreno de la perversión, puede quedar allí reducido a la incómoda posición de “voyeur”. Así, los sujetos de quienes narramos nuestros encuentros, aseguraron su compulsión repetitiva en su apresurada salida en pos de otro escenario 5. Podemos preguntarnos si el analista como interconsultor ocupa una posición adecuada para tener – para volver a tener, si ha quedado confinado al “voyeurismo” –  alguna eficacia en su intervención. ¿Hay otra posibilidad? ¿Es factible abrir algo más un margen táctico tan estrecho?

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 29

Notas

1 Ambos aspectos  – llamémoslos “orden/desorden” – manifiestan la “voluntad de goce” a la que – principio de constitución de su fantasma  – nadie debe escapar (Cf.Lacan, 1966).

Exactamente la posición del tirano que describe Xenofon (Ierón, I:15).

3 El intercambio de dones como motivo manifiesto puede hallarse, asimismo, en el caso de un hipotético analizante transexual: en su discusión, Bernardo Arensburg enuncia la fórmula paradojal del fantasma que realiza su falicización: “la castración no existe, y además hace gozar” (Arensburg, B.y otros, 1977)

4 Se trata de una conferencia llevada a cabo en la Sociedad Psicoanalítica Húngara en 1933, y publicada por vez primera en Gyógyászat, 73, pero los ejemplos son añadidos posteriores. ¡Podrá decirse que “la verdad tiene estructura de ficción”, pero la inversa no es cierta!

5 Pese a proponer que el perverso pasa al acto en su misma palabra (saliendo así del esquema en el que el neurótico se contenta con su fantasma, mientras el perverso lo realiza en escena), Serge André, con algo de optimismo, indica la posibilidad de una “modificación de su posición” en el fantasma (momento en que el análisis se detiene, mientras que el deseo del analista persiste). Sería muy grato saber que tal cosa sucedió en alguno de los sujetos de los que hemos hablado aquí.

Referencias bibliográficas

André, S.(1995) La impostura perversa, Buenos Aires, Paidós, 1995.

Arensburg, B. y otros (1977) “Ateneo Clínico”. En Imago, Revista de Psicoanálisis, Psiquiatría y Psicología, 1977, nº 5, 42-68.

Balint, M. (1965) Primary Love and Psychoanalytic Technique, Londres, Tavistock Publications, 1965.

Clavreul, J. (1967) “Le couple pervers”. En Aulagnier-Spairani, P. y otros: Le désir et la perversion, Paris, Seuil, 1967, 93-117.

Lacan, J. (1966), “Kant con Sade”. En Escritos, Mexico, Siglo XXI, 1975, 744-770

Lacan, J. (1975) Le Séminaire, livre I, Les écrits techniques de Freud, Paris, Seuil, 1975, 245-258.

Masotta, O. (1974) “Edipo, castración, perversión: tres lecciones”. En Cuadernos Sigmund Freud, 1974, nº 4, 91-116.

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