La práctica, una creación compartida

Arriba: Museo de Arte Hispanoamericano “Isaac Fernández Blanco”, Buenos Aires

 

Un joven residente psi que se inicia, en la expuesta situación de “guardia” debe resolver la cerrazón inquebrantable e inaccesible de un paciente psicótico en crisis, que se niega a cualquier intercambio que no sea conducido por el “Dr. A.”, su figura de referencia y eje de una difícil, exaltada y monopólica transferencia. ¿Le explicará acaso los motivos de la ausencia del personaje que requiere el que demanda a gritos – con exclusión de cualquier otro -, apelando a una Razón Normativa? El sujeto que debe atender repudia ésta desde una brecha irreparable, hueco sin fondo desde el que amenaza su disolución
“Yo soy el representante del Dr. A.” son las palabras que – en contraposición a cualquier lógica supuestamente juiciosa – le dirige, tomando el lugar del terapeuta solicitado y ofreciendo su cuerpo como idéntico. De inmediato el individuo cuyo intenso desasosiego inquietaba a todos los presentes en la Sala, cede para dar paso a un diálogo que ahonda y consolida el apaciguamiento. La evidente eficacia de la afirmación del residente no es menos sorprendente que su inesperado contenido. 1

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¿Cómo surge la inspiración que pueda cristalizar en una intervención original, que no responda a un plan ni, sobre todo, a un Saber establecido, acumulado y presente como referencia ineludible?

A lo largo del período post-freudiano muchos psicoanalistas han acometido la inestable y siempre pionera confrontación con lo indecible que se hace oír en la estructura psicótica, desde la severa admonición freudiana que descarta el uso, en tal ocasión, del método que él creara en adelante, y desafiándola. Es nuestra intención recoger algunos momentos en que algunos de ellos han mostrado la originalidad de su inventiva, su ingenio e inspiración a veces para evitar y otras para sobreponerse a los escollos, impedimentos o tropiezos. 2

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“Un paciente me gritó todas las mañanas durante seis semanas: ´No estoy enfermo: no necesito ningún médico, esto no es asunto suyo´. Al comienzo de la séptima semana me ofreció un cigarrillo sucio y ajado. Lo tomé y lo fumé. Al día siguiente había preparado un asiento para mí, cubriendo con una hoja limpia de papel un banco del patio donde fui a verlo. ´No quiero que se ensucie el vestido´, comentó. Esto señaló en comienzo de su aceptación de mí en cuanto amiga y terapeuta”. 3

No se trata de un mero estilo amistoso: es evidente que Frieda Fromm-Reichmann ofrece un compromiso mucho mayor y no un gesto “automático”, fundamentado no tanto en los elementos teóricos acaso discutibles con los que cuenta, sino antes en la flexibilidad de su intuición y el mantenimiento de principios sólidos.

Que el desciframiento presupone una lucidez de sutil refinamiento puede comprobarse en el siguiente ejemplo:

“Una mujer paranoide a la que había estado tratando por varios años me exasperó al decir abruptamente, ´Si Ud. me convirtiera en un jején o un mosquito, ¡los árboles tendrían un pasaje seguro!´ Por supuesto, ella se comportaba como si el significado de tal comentario hubiese de ser claro como un cristal para mí; sin embargo, añadió con cierta impaciencia un poco de elucidación; me recordó que a los árboles (tras su ventana en el terreno del hospital) ´se les ha permitido quedarse aquí hasta tanto estén por partirse y dividirse´. Al urgirle por información aclaró ´partirse y dividirse´ queriendo decir ´explotar´. Cuando le pedí más elaboración de la idea de ser transformada, por ejemplo, en mosquito, respondió, ´Entonces podría andar por ahí y picar a todos´, con un acento encantador. Comenté, ´Eso no heriría tanto a la gente, ¿no es así?, con lo que acordó. En fases más tempranas de nuestra tarea se encontraba aterrorizada por su capacidad asesina”. 4

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Si bien, en el contexto de la idea de la época de privilegiar el costado afectivo de la práctica podría interferir como obstáculo contra-transferencial (la introducción de su artículo no deja de mencionarlo), es notorio que para Harold Searles el intercambio de palabras se encuentra decididamente en primer plano; sin duda el mismo permite el apaciguamiento o estabilización por el cual ambos participantes se esfuerzan denodadamente. Al mismo tiempo, la referencia al trabajo anterior introduce la historia, no sólo del tratamiento sino del sujeto mismo, por lo que ofrece la posibilidad de un borde simbólico propiciatorio.
La extensa y desarrollada revisión teórico-clínica que nos ha legado la enseñanza lacaniana nos ha permitido, a posteriori, un escrutinio y una perspectiva diferentes en el encuentro con la irrupción de lo inesperado:

“Uno de mis pacientes me envía mensajes de texto un par de veces al día para preguntarme si aún estoy vivo, y no hay duda de que hay una variedad de modos para interpretar esto. Un analista británico de relaciones de objeto podría asumir que fuera un signo de su agresión hacia mí: me pregunta si estoy vivo porque teme haberme herido. O se podría interpretar como el miedo de que alguien se muriese, haciendo eco a algún aspecto de su historia. Aunque pudiese haber cierta verdad en cada una de estas interpretaciones, hay también una cierta actividad simbólica, de puntuación, en el ritmo diario de mensajes y respuestas, una actividad que va más allá de la dimensión del significado: más que ver con la sintaxis, tal vez, que con la semántica. Respondo mínimamente sólo para decir que ´sí, todavía estoy pateando´.” 5

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La descripción y documentación empleada con carácter crítico por Darian Leader se acompaña de ilustraciones exactas de su práctica, en general correspondiente a casos de “psicosis no desencadenadas” (con notables excepciones) y referencias que sostienen su técnica (el apartamiento de una posición de amo, la sorprendente disponibilidad casi perpetua, entre muchas otras, absteniéndose de convertir cualquiera de ellas en fórmulas), y el episodio que recogemos apenas es un momento en que ambos participantes producen una elaboración conjunta.

“Tengo la impresión de que mi cuerpo se alarga, se estira tanto que llega hasta las camas de enfrente y que al pasar usted me lastima las piernas, por eso gritaba”.
“Doctor, qué horrible fue lo que sentí durante la inyección; me parecía que estaba transformado en un gusano, en una larva que se arrastraba por el suelo y que penetraba en muchos agujeros para buscar el sustento, tenía grandes dificultades para respirar al penetrar en ellos, sufría mucho y renegaba por tal clase de vida (…) Sentía que mis piernas se alargaban, se hacían tan largas que algo debía sucederme, por esto, cuando pasaba alguien entre las camas sentía un gran dolor en todos los huesos”. 6

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Este es el único de los ejemplos en este escrito en el que no se encuentra la intervención del practicante; sin embargo, parece imprescindible incluir un momento de la clínica con pacientes psicóticos perteneciente a uno de los iniciadores de la misma en nuestro medio, en especial si se tiene en cuenta la particular sensibilidad del autor en cuanto a los procesos creativos (de hecho, el tercer tomo de su libro fue reeditado con el título agregado “El proceso creador”). No es una cuestión desdeñable, pese a la dificultad que envuelven la distancia y el extrañamiento en relación con principios teóricos que acaso ya no compartimos, el rescate de la producción de figuras de la historia del psicoanálisis en nuestro país. El obstáculo puede llevar a posiciones extremas: recuerdo a un profesional que si bien reclamaba su aprendizaje con Enrique Pichon-Rivière como su aparente fundamento declarado, sólo podía referir de él anécdotas personales sin duda atractivas, pero sin rédito clínico. Mencionamos, por lo tanto, el ejemplo hallado como “grano de arena” que intenta expresar – y recuperar – una perspectiva diferente.

Concurren juntos, padre e hijo. Muy sonriente, este último describe su desinterés por trabajar y su entera dedicación al “rock”, con un pasado en el que no le era difícil reunir “una banda”, motivo central de un estribillo de perpetua repetición, interrumpido sólo por la mención reiterada de la merma de aliciente en tanto obstáculo que lo separa de dicho bienestar, ya lejano. El padre interviene para lamentar la pérdida de un estado en el que la inactividad aún no existía, al tiempo que el joven era capaz de trabajo y relaciones con sus pares, todo reemplazado ahora por el aislamiento enclaustrado. “Antes se juntaba con su grupo”, suspira. “Porque ahora ustedes son un grupo de dos”, sencilla intervención que sorprende a ambos; el progenitor modifica tanto su rostro como sus propósitos, aspirando a lograr, con la disminución de su ayuda incesante, un impulso renovado en su criatura al entender que lo inhibe en lugar de animarlo.

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Un residente encuentra, en su cotidiano deambular por los patios con restos de césped del hospital psiquiátrico, a una interna y la saluda con un habitual y corriente “buen día”. “Lápida” responde la mujer. Impresionado por la creación del conjunto de palabras resultante, busca continuar un diálogo a la espera de aún más plasmación poética. Pero el estro insólito, la inspiración sorprendente de la paciente se han agotado. 7

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Podrá argüirse que se trata, apenas, de destellos casi imperceptibles de creación que aparecen por meros instantes antes de ser engullidos por una cotidianeidad sin tiempo. Y sin embargo, la sola posibilidad de considerar su valor distingue nuestra práctica, en su aceptación receptiva en la que no intervienen los calificativos excluyentes (“anormal”, “desajustado”, “de juicio desviado”, “creencia básica negativa”, etc.) característicos de toda técnica que persiga y aspire a una alianza con el discurso médico con su ideal de eliminación del síntoma (que se identifica paradigmáticamente con la enfermedad) en aras de la “adaptación”.

Entra con reservas; su saludo es más frío que de costumbre, y lo noto con toda evidencia. Se sienta en su lugar acostumbrado antes de comenzar a hablar.
– “Más o menos ando. A causa de la televisión. Me da miedo venir acá. Por los duendes; están escuchando. Me escuchan en todas partes. Me escuchan desde el televisor. Pero si no, todo está como siempre…” Acompaño el relato con puntuaciones sumamente discretas, comentarios mínimos casi sin contenido, hasta monosilábicos.
La entrevista continúa y alcanza su punto de conclusión. Ha recuperado su sonrisa, y su saludo de despedida ya no es el mismo del inicio: la calidez de otras veces ha regresado.
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1 La historia sucedió en la Residencia en Psicopatología del Policlínico “Evita” de Lanús, en 1974

2 Se podrá objetar que la selección es limitada y responde a un criterio subjetivo personal. Sería ocioso, empero, acometer otra vía ya que podría detenerse o naufragar en un enciclopedismo poco transitable, del que intentamos apartarnos. De todos modos el propósito de la misma es poder recuperar – desde luego de modo alejado de la reproducción imitativa – una herencia viva. Por otra parte, el planteo es que ambos participantes invisten cuota similar o equivalente de labor creativa.

3 Fromm Reichmann, F., Psicoterapia en las psicosis, Eds. Hormé, Buenos Aires, 1962, p. 14

4 Searles, H., Schizophrenic Communication (1961), en Collected Papers on Schizophrenia and Related Subjects, IUP, New York, 1965, p. 399 (mi traducción, R.N.)

5 Leader, D., What is madness?, Penguin Books, Londres, 2012, p. p. 309. Desde luego, la creación del psicótico en tanto labor de curación, restauración y estabilización, la nominación y el combate con el significado, no son descuidados por Leader, lo que lo lleva a pormenorizar casos históricos (Schreber, Wolfson, y, por supuesto, Joyce) (mi traducción, R.N.; hay versión castellana, Editorial Sexto Piso, México-Madrid 2013)

6 Pichon-Rivière, E., Del psicoanálisis a la Psicología social, T. II, La psiquiatría, una nueva problemática, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1877, pp. 40-41

7 Relatado por un Jefe de Residentes durante la apertura de Jornadas de Residentes de Salud Mental del Área Metropolitana dedicadas a “Arte y Psicopatología”.