Las épocas del síntoma

Arriba: Rosedal de Palermo, Buenos Aires

 

Un accidente parte una vida en dos. Un 24 de diciembre, el sujeto cede a la insistencia de su madre y su mujer, quienes le exigen conducirlas en auto al lugar donde se festejará la ocasión, llevando su hijo en el vehículo. Inútiles son sus ruegos y argumentos (el peligro de una ruta oscura con automovilistas ebrios, una jornada de intenso trabajo, etc.). Las consecuencias son tan previsibles como catastróficas. Y no por la gravedad de las lesiones resultantes del impacto (que, por fortuna, no son fatales) sino la vocación de volverse presa de una culpa implacable.

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Los reproches, propios y ajenos (ambas mujeres se alternan para atormentarlo, al mismo tiempo que sus hijos – aleccionados por la que fuera su esposa – evitan todo contacto con él). Un estado de ansiedad perpetua no deja de tener consecuencias físicas, al tiempo que otros males le acechan y se suceden: un tumor maligno en sus genitales debe ser extirpado. Y el temor a una posible recaída nunca lo abandonará. No sólo su ideal varonil decae, sino toda investidura narcisista que se derrumba con sus posibilidades de continuar con su trabajo habitual, en el que por añadidura debe conducir su vehículo – una camioneta que comienza a sufrir un deterioro similar – por el que pierde tanta estima como por sí mismo. Por lo tanto, sus posibilidades de sostenerse – no sólo a sus hijos – disminuyen con celeridad; a la vez que sus anteriores clientes se retiran cada vez más. Desde luego, el alejamiento de su familia se acompaña del distanciamiento con cualquier amistad o relación previa. Y nadie puede, por demás, acercársele, dado que su retraimiento no es precisamente un estímulo.

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Afirma haber sido ignorado o despreciado toda su vida por sus progenitores. La severidad de su padre no detuvo ni modificó la decepción de su madre, quien estaba segura de dar a luz a una niña. Pero logró su objetivo con su segundo hijo, al que desde su nacimiento vestía con atuendos femeninos con los que el mismo se identificaba plenamente, realizando un deseo que nuestro sujeto le negara – la decepción o rivalidad que suele acompañar el nacimiento de un hermano significó antes para él inermidad y desamparo. Logró, sin embargo, una reiteración del rechazo materno con la que eligiera como su mujer. De allí en adelante, una cadena de pérdidas progresivas habría de acumularse, apuntando a la inmovilidad de una melancolización irrefrenable.
Había llevado a cabo un último emprendimiento que no pudo sustraerse a los reproches repetitivos: poseía una propiedad en las afueras en la que se sentía a sus anchas, pese a la distancia que lo separaba de sus clientes. Al aceptar consejos azarosos llevó a cabo la permuta por un diminuto inmueble en la ciudad. La operación pronto se tornó catastrófica; quedó presa de los reclamos de la dueña de aquél, que lo asedió – y aún lo hace – con reclamos por el supuesto mal estado de la propiedad y el terreno que intercambiara con ella. En contraposición, el ánimo de ocupar su nueva morada disminuyó al punto de detenerse en una nueva imposibilidad. Y otro tanto hubo de suceder con todas sus actividades, que otrora le proporcionaran algo de alivio, como hacer música; “el futuro no existe” – musita ahora; mientras hallarse solo en su lugar en el campo era un descanso antes, la soledad es en la actualidad un encierro que lo oprime y la angustia su única compañera. Decepcionado con todo y con todos, más aún con los reproches que permanentemente se dirige, acude (y no por primera vez) a solicitar asistencia durante la que al mismo tiempo ironiza acerca de su fracaso y final inevitable. Como es de esperar, le han indicado diferentes medicamentos llamados “antidepresivos” cuya efectividad ni siquiera es cosmética.

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“La depresión – propone Paul Verhaeghe 1 siguiendo la senda freudiana – siempre se acompaña del autorreproche de haber fallado en satisfacer el deseo del Otro”. Sin considerar la diferencia entre duelo y melancolía, dado que los reproches no faltan a la vez que la lista de pérdidas es extensa en el relato de nuestro paciente, el fracaso en agradar o complacer a las figuras de quienes podría haber tomado elementos para identificarse no deja de ser notorio. Y sus consecuencias subjetivas – la fatiga, el decaimiento, la vergüenza, el tedio y la sensación de inadecuación – no lo son menos. Sin duda, el vacío de comprobar que el deseo materno ha tenido otro destino que lo enajena y la perturbación de cualquier proceso identificatorio resultan en un aplastante “sí” ante la consabida pregunta “¿puede perderme?”. ¿Cómo habrá de manifestarse la expectativa de pérdida renovada en la transferencia? Su escepticismo y desesperanza no son menores que su intento de encontrar otra expectativa, ya que no deja de concurrir pese a ello; al decir de Colette Soler, “¿quién se preocuparía de curar si los síntomas… no aportaran su ración de afectos dolorosos – tristeza, abatimiento, desánimo, hasta disgusto de vivir…? Frente a esta espera, el psicoanálisis no retrocede… pone en primer plano, entre sus finalidades, la reducción de los afectos que hacen el ´sufrimiento neurótico´ como se expresaba Freud.” 2

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Timón de Atenas, en la tragedia de Shakespeare – acaso la más amarga y pesimista que nos dejara – también experimenta un “momento de decisión” o viraje que orienta su destino en un giro de ciento ochenta grados. De una generosidad que fatalmente ha de volvérsele en contra, de una felicidad compartida y en apariencia infinita, se desmorona en una decepción que lo conduce a la misantropía y al encierro destructivo y mortífero. No conocemos sus antecedentes (a diferencia de otras figuras que el autor nos ha transmitido) ni cómo accede a una posición de privilegio, pero sí notamos su inhabilidad y sus desaciertos, que lo llevan a la profunda decepción y al odio por el género humano ya sin esperanzas: ambas lo arrastran inevitablemente a su caída, su derrumbe y su desaparición como al desprecio por todo acercamiento de quien sea – nuevo, reciente o viejo – sin tener en cuenta su procedencia ni su intención de auxilio. En el único en quien encuentra una intervención que lo inquiere, cuestiona y escudriña es en el escéptico renegado Apímanto. Sin embargo, termina por rechazarla:
Apímanto: Si te pusieras este hábito frío-amargo para castigar tu orgullo, bien estaría; pero lo haces de modo forzado. Cortesano podrías ser nuevamente, si no fueses mendigo. La miseria voluntaria sobrevive la pompa incierta y se corona anticipadamente. (…) Deberías desear morir, al ser miserable.
Timón: No por su aliento que es más miserable eres un esclavo, al que el tierno brazo de la Fortuna jamás apretó con su favor sino que crió como perro (…) ¿Por qué deberías odiar a los humanos? Nunca te adularon, ¿qué les diste? ¡Vete, por lo tanto! Si no hubieses nacido el peor de ellos, ¡habrías sido esclavo y adulador! 3 __
Otro tanto sucede con su anterior amigo, el general Alcibíades; ninguna de sus proposiciones, de cualquier índole que fuesen, es aceptada, y el abandono en que ha caído se reitera en reproches:
Alcibíades: Bien te conozco, pero tus fortunas son sin instrucción y extrañas.
Timón: Te conozco, y más de lo que te conozco no deseo saber. Sigue tu tambor (…)
Alcibíades: ¿Cómo ha llegado el noble Timón a tal cambio?
Timón: Cual hace la luna, queriendo dar luz: Pero entonces no pude renovarme, como la luna. No había soles que me prestaran.
El estado desesperante y el abandono del mundo del protagonista – ni, menos aún, los discursos de los que se atreven a interpelarlo, cualesquiera sean sus propósitos – no consiguen hacer a un lado ni impedir su destructiva caída.

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Darian Leader 4 menciona la posibilidad del artista de trabajar una y otra vez las heridas de un pasado individual o colectivo; Sophie Calle trajinó el último aspecto en una extensa serie de videos que mostraban la apreciación del mar en individuos quienes habrían perdido luego la vista en el transcurso de sus vidas. Y una pérdida personal, una separación de su amante que testimonia la ruptura en una carta, la llevaron a entregar el documento a un centenar de mujeres, artistas de las más variadas, múltiples y heterogéneas disciplinas con la instrucción de realizar dicho escrito una “performance” recogida luego en video; la serie de filmaciones completa podía ser vista por el público – a modo de acompañamiento compartido de su doloroso estado – alrededor de una larga mesa con sillas enfrentadas a otros tantos televisores .5

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Es notable que dicho proceso se encuentre obstaculizado en nuestros dos ejemplos, al tiempo que cuestiona la ligera afirmación de la psiquiatría actual, que hace del derrumbe subjetivo “el trastorno de nuestra época” (lo que se refleja en nuestro título). Asimismo que Shakespeare haya elegido su personaje como ateniense, en un lugar y tiempo en que precisamente los mecanismos colectivos de purificación se hubieran creado y desarrollado con un auge y brillo del que precisamente atestigua su vigencia. 6
Frente a la posible inoperancia de los medios publicitados con enfática insistencia por los laboratorios o de los protocolos “estandarizados” de veloz administración, ha de ser la tarea analítica, creada por Freud, la que se empeñará en llevar a otro ámbito su realización.
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1 Verhaeghe, P., On being normal and other disorders, Other Press, New York, 2004, pp. 272-275

2 Soler, C., Les affects lacaniens, Presses Universitaires de France, Paris, 2011, p. V

3 Shakespeare, W., Timon of Athens, The Complete Works of William Shakespeare, Spring Books, Londres, 1957, pp. 677, 675 (mi traducción, R.N.). Véase asimismo http://www.alejandriadigital.com/wp-content/uploads/2015/12/SHAKESPEARE-Tim%C3%B3n-de-Atenas.pdf, introducción y traducción de autor no mencionado.

4 Leader, D., The New Black, Penguin Books, 2009, pp. 76-80, pp. 207-208. Señalemos que en un trabajo anterior, Leader investiga exhaustivamente las diferencias y coincidencias entre la teoría kleiniana de la posición depresiva (sin descuidar los antecedentes textos freudianos o de Karl Abraham) como fundamento de todo trastorno melancólico, y los textos de Lacan desde el trasfondo de la fase del espejo hasta los afectos que habrían de acompañar el final de análisis (Cf. Leader, D., The Depressive Position for Klein and Lacan, Freud´s Footnotes, Faber & Faber, Londres, 2000, pp. 189-236). Por cierto que es posible pesquisar la fantasmagoría kleiniana de odio, retaliación e inestable intento de reparación en nuestro primer ejemplo; en cuanto al segundo, véase Reid, S., “I am misanthropos” – A Psychoanalytic Reading of Shakespeare´s “Timon of Athens”, Psychoanalytic Review, 56, 3, Guilford Press, New York,1969, 442 y T. C. Seward, M. D. Faber, “A note on Stephen Reid´s Essay “I am Misanthropos…”, Psychoanalytic Review, 58, 4 (1971), 617. Molière, en su comedia Le Misanthrope, propone otro contexto y derrotero identificatorio del síntoma (propio de “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos…”, el texto de Freud de 1921), del que pudiera obtener su inspiración Crommelynck (https://planetafreud.wordpress.com/2009/08/25/112-sobre-algunos-mecanismos-neuroticos-en-los-celos-la-paranoia-y-la-homosexualidad-1921-1922/)

5 Calle, S. The Last Image (2010) en el Musée d´Art Contemporain de Montréal, Canada, 5 de febrero al 10 de mayo de 2015. La segunda obra mencionada, Prenez soin de vous (2007) pudo verse en Buenos Aires en el Centro Cultural Kirchner del 26 de mayo al 23 de agosto de 2015.

6 Sobre la conducta de la psiquiatría con respecto a este – y otros tantos – fenómenos de “nuestra época” puede considerarse que tanto el recurso farmacológico como el protocolar responden a un paradigma-modelo de enfermedad orgánica, física, descartando toda referencia histórica, social de exclusión como no significativa, lo que queda oculto en siglas que se convierten de inmediato en referencias causales. Las mismas ocultan de igual manera su identidad verdadera como normas sociales y exigen el disciplinamiento del síntoma (Verhaeghe, P., ¿Y yo? La identidad en una sociedad hipereconomizada, Editorial Antje Kunstmann, Munich, 2013, pp.170-201).