Las neurociencias: un desencuentro

Arriba: Pintura de Sonia Neuburger (fragmento)

¡Hoy las ciencias adelantan, que es una barbaridad! ¡Es una brutalidad! cantan dos castizos personajes de la zarzuela La Verbena de la Paloma. Sin embargo, las circunstancias que los circundan, y hasta ellos mismos, desmienten con energía el texto de la agradable y ligera tonada.

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Los agigantados pasos de las llamadas “neurociencias” aparentan, es cierto, un progreso astronómico y descomunal, frente al que todo cuestionamiento se figura vano. Sin duda, no son éstas el objeto del mismo, sino acaso determinadas prácticas que de tal avasallador avance resultan así como el espíritu que las conduce.

En efecto, una consecuencia de este último es la exigencia de toda disciplina asistencial de plegarse a las coordenadas “neurocientíficas” – y cada uno de los términos del sustantivo compuesto reclama su parte de león. Desde el protocolo adaptado ya a una regularidad inquebrantable – en la que no puede aparecer ni un asomo de sorpresa, ni lo inédito, ni menos aún lo inaudito – pasando por el código estadístico uniforme, desprovisto de cualquier ambigüedad, hasta el resultado observable en (neuro)mediciones o (neuro)imágenes, todo aquello que no coincida con estas últimas ha de caer en el cesto de desperdicios despreciables, si no volverse blanco de persecución letal (y/o legal). ¿Es éste, por de pronto, el destino del psicoanálisis?

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Los comienzos, ya no tan recientes, del excluyente paradigma lo afirman sin ambigüedades. Así, es posible leer en uno de los primeros manuales que presentan el plan de acción neurobiológico, la “popperiana” sentencia siguiente: No es esta la posición de las ciencias empíricas. Para ellas una hipótesis que no puede ser controlada, es decir, comprobada o rechazada, carece simplemente de sentido… Desgraciadamente, las hipótesis psicodinámicas pertenecen a este tipo de actividad mental, es decir, no son controlables, no pueden ser ni comprobadas, ni rechazadas 1.

No obstante, en tiempos más próximos que la cita las neurociencias incluyen en su faz práctica la tolerancia de alguna forma de talking-cure, siempre que la misma acredite plegarse sin contradicción a sus principios 2. De allí que permanezcan obligadas a asegurar “resultados veloces”, “ausencia de recaídas”, etc. El interrogante que subsiste es si lo Real no se interpone en su desempeño fáctico para cuestionar dicha adaptación tan precisa como irreprochable – a menos que toda la vertiente activa de los procedimientos combinados resultantes del modelo tengan por finalidad mantenerlo a raya, ocultarlo y neutralizarlo en un dormir ignorante.

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Lo que los psicoanalistas “clásicos” postfreudianos han ofrecido no ha proporcionado perspectivas demasiado optimistas. Asimismo en años cercanos han adquirido determinada circulación algunos esfuerzos “integradores”, aún a contramano de la ya mencionada exclusión inflexible que se pronuncia desde la corporación neurocientífica (y, por lo tanto, sin aparente logro de que ésta los considere demasiado) 3. Se habrá advertido ya que – por lo contrario – puede sostenerse la independencia de la experiencia analítica  con respecto a la neurociencia oficial, sin que de parte de la primera se desprenda apreciación alguna sobre la última, política por entero diferente a la desvalorización absoluta. Ni siquiera se trata de la evitación resuelta del análisis del terreno “empírico” (lo que no justifica la raíz etimológica, en tanto se pueda hablar de “experiencia analítica”), como puede comprobarse en algunos esfuerzos de data próxima 4.

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De todas maneras, la neuropolítica resuelve el dilema psiquiátrico (adueñarse del sujeto y dominarlo por medio del instrumental y los parámetros epistemológicos que la ciencia “oficial” tolera) refiriendo no sólo la queja manifiesta sino cualquier evento en el terreno fenoménico a un sustrato biológico, tras su fiscalización moral. La ineludible consecuencia práctica es la expectativa de normalización forzada de la alegada “disfuncionalidad” mediante el recurso igualmente inevitable, la imposición categórica de goce químico. Es posible asistir a “ateneos clínicos” en los que una jauría psiquiátrica decreta y exige la obligatoriedad del psicofármaco aún cuando el sujeto no reseña sufrimiento preciso, sino que es tenaz en llevar su interrogante más allá 5 (en el auspicioso caso que dicha insistencia sea consecuente, desde luego, rechazará – afortunadamente – semejante “indicación”). Episodio en apariencia tan absurdo y risible como el fragmento de la zarzuela, pero con efectos poco felices – desde la inútil modificación que se ejerce sobre el sistema neurotransmisor, que dista aún de conocerse por entero, hasta el establecimiento de una nueva adicción – que se alejan de cualquier comicidad.

Y no es el único aspecto: la neurociencia no puede establecer – ni podría avizorar en su programa – hasta dónde la acción de intermediación química (de verificación tan unívoca como lineal en el laboratorio o las “pruebas doble ciego”) es perturbada, desconcertada y hasta subvertida por la eficacia significante, o la medida en que los efectos de una transferencia no interrogada la sostiene.

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Tomar a la letra los principios del psicoanálisis y atenerse al discurso analítico envuelve el abandono necesario del mencionado planteo “integrador” (que con frecuencia – mediante el expediente de alguna cita freudiana descontextuada acerca de la supuesta reabsorción futura de su creación en la biología, a lo que toda ella se opone – se confunde con una mera yuxtaposición 6). Ya Freud estipuló hace tiempo que la psicanalisi farà da se 7. Lo que no significa un impedimento para desempeñarse en un espacio compartido, como la posibilidad de la experiencia de la interconsulta en el Hospital Público lo demuestra de modo cotidiano.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 33

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1 Fischer, E., Introducción a la Psiquiatría Biológica, Paidós, Buenos Aires, 1974, p. 11. Entre tanto, se ha propuesto desde la misma epistemología americana post-Popper la falsedad de la supuesta no-falsabilidad de las hipótesis psicoanalíticas (cf. Grünbaum, The Foundations of Psychoanalysis, A Philosophical Critique, University of California Press, 1984) con consecuencias tan poco alentadoras como la pseudo-tesis original. Pero como la primera se basaba sobre el desconocimiento de Freud y la segunda sobre la ignorancia de la obra lacaniana, ninguna tiene demasiado peso.

2 Como ejemplo de un resumen del programa “terapéutico”: Las terapias cognitivas y comportamentales parten de la idea de que las acciones motrices o verbales pretenden adaptar al individuo a un conjunto de estímulos ambientales, percibidos e interpretados en función de esquemas cognitivos adquiridos y almacenados en la memoria a largo plazo. Teniendo en cuenta los factores biológicos, las terapias cognitivas intentan modificar los factores desencadenantes de las perturbaciones percibidas por el paciente: ansiedad, depresión, problemas relacionales y sexuales (Tornese, E., Ciencia Cognitiva y Neurociencia, Encrucijada en Neurociencia, Revista de Investigación básica, clínica y quirúrgica, Facultad de Medicina de la UBA, Año II Vol. 4, No. 1, 1998, p. 19) 

3 Solms, M., An Example of Neuro-psychoanalytic Research on Korsakoff´s syndrome, Journal of European Psychoanalysis, No. 14, Roma, 2002, pp. 133-145. Hay problemas múltiples en cuanto a la consideración crítica de estos denuedos, y el principal es, otra vez, la carencia de (in)formación que hunde al autor en el postfreudismo ingenuo. El “caso clínico” que Solms presenta (y que podría llevar la discusión a otro terreno) es a la vez interesante y decepcionante: lo primero, porque no se trata de un “deseo del analista” entendido como negatividad absoluta sino del anhelo de un ideal a realizar, y lo segundo porque el campo de trabajo no es el de la represión o el desmontaje de un sentido, sino un deterioro cerebral comprobado.

4 Verhaeghe, P., Vanheule, S., Actual Neurosis and PTSD: The Impact of the Other, Psychoanalytic Psychology, American Psychological Association, Vol. 22 No. 4, 2005, pp. 493-507

5 Žižek afirma que el objetivo del psicoanálisis, de una supuesta y mítica fase de “levantamiento de las represiones” ha mutado: se trata del único discurso contemporáneo que ofrece la posibilidad de no gozar, es decir, del alivio del imperativo superyoico (Žižek, S., Is psychoanalysis really outmoded?, Journal of European Psychoanalysis, No. 23, 2006, pp. 3-9). Por otra parte, es algo inquietante la analogía que puede establecerse con facilidad – desde este rasgo – entre la posición fantasmática del perverso y del psiquiatra: ambos imbuidos de la voluntad de goce, poseedores del Saber para realizarlo en el objeto, pero de hecho meros sujetos que no se sostienen más que del lugar del Otro – que para el primero puede ser alguien tan poéticamente remoto como la Presidente de Montreuil, mientras que para el segundo es apenas la chatura mercantil del Laboratorio (cf. Kant avec Sade, Écrits, Seuil, Paris, 1966, pp. 765-790).

6 Es la excelente respuesta que frente al aserto “conciliador” de Etchegoyen le formula J. A. Miller (Vertex, Revista Argentina de Psiquiatría, Vol. VII, No. 26, Ed. Polemos, 1996). Pero este último brinda un ejemplo de la incompatibilidad estructural – el “desencuentro” de nuestro título – aún más elocuente en su extenso coloquio con Jean-Pierre Changeux, el investigador del hombre neuronal, junto con otros analistas. Todos ellos se presentan como alumnos de neurología ansiosos de saber sobre el sistema nervioso central y apartan, en principio, toda referencia al psicoanálisis, dado que cualquier primordio – v. gr. cuando echan a mano el expediente de la referencia al Proyecto de Freud, aún mediatizado por el texto de Pribram (Pribram, K., Gill, M., Freud´s “Project” reassessed, Hutchinson & Co., Londres, 1976) – se estrella abruptamente contra la declarada ignorancia del entrevistado. Algo similar sucede con los intentos de atraparlo con referencias filosóficas: la conclusión de Miller, cuando Changeux sostiene la lesión anatómica “reversible” (o invisible…) de las neurosis y el factor determinante del ambiente, no es otra que esa es su pendiente empirista (!). Véase Jean-Pierre Changeux, L´Homme Neuronal, entretien avec Jean Bergès, Alain Grosrichard, Eric Laurent et Jacques-Alain Miller, Ornicar ? No. 17-18, Navarin Éditeur, Paris, 1979, pp. 137-174. Corolarios estrechamente similares se pueden verificar en el célebre Eric Kandel: la declaratoria idílica hacia el psicoanálisis no se sostiene en ningún fundamento teórico, con lo que resulta absolutamente exterior (cf. http://discovermagazine.com/2006/apr/eric-kandel).

7 Freud, S., “..Recelo de la forma en que la Srta. Spielrein trata de subordinar el material psicológico a criterios biológicos. Esta dependencia es tan objetable como la dependencia con relación a la filosofía, la fisiología o la anatomía del cerebro. ΨA farà da se”. Carta a Jung, 30-11-1911, Freud, S., Jung, C.G.,(ed. McGuire, W., Sauerländer, W.), Correspondencia, Fischer, Frankfurt, 1974, p. 519

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