Nota sobre la des-responsabilización del sujeto

Arriba: Dibujo de Sonia Neuburger

“De nuestra posición de sujeto, siempre somos responsables”. El célebre apotegma de La ciencia y la verdad se encuentra en el centro de un párrafo – precedido, acompañado y seguido de otras rigurosas advertencias en cuanto no se tenga en cuenta – destinado a precisar el sujeto de la ciencia sobre el que el psicoanálisis ha de operar. Es así que en éste no puede encontrarse lugar para el “alma bella” 1.

Pues bien: como si hubiese necesidad de tomar nota de otra divergencia más del método freudiano con respecto a la psiquiatría que en los tiempos que corren parece imponerse cada vez con más ímpetu, acaso dicha admonición señale lo esencial de su perspectiva ética y la clave de la imposibilidad de cualquier formación de compromiso con ella. En efecto, desde un núcleo que pretende rodear, eludir o esquivar la subjetividad para homologarse con el orden médico, desde la comunicación irreflexiva de un “diagnóstico” (fuera de toda consideración de transferencia) asegurado como roca objetiva incontestable, hasta la exclusión de la dispersión significante que la asociación libre conlleva, el destierro del inconsciente no deja de promoverse. Señalemos que las dos últimas características constituyen momentos esenciales de la irreflexiva y banal excrecencia “psicoterapéutica” promocionada por dicho establishment, esto es, el “cognitivismo”. Paradojalmente, algunas de las consecuencias inevitables – ¿o tal vez buscadas? – son apuntadas en el mismo texto y apenas a continuación: la degradación del sujeto en “niño primitivo subdesarrollado… que enmascara la verdad de lo que sucede 2

Sin duda, la des-responsabilización promovida por el engendramiento de otras tantas almas inocentes, transparentes e inequívocas tiene alcances antes insospechados, así como una propagación ominosa. Ya en 1986 la revista “Âne” publicaba una serie de entrevistas azarosas acerca de la supuesta “popularidad” del procedimiento freudiano en Francia, para obtener la decepcionante respuesta “oh, no, encuentro que el psicoanálisis es violento, (o) brutal; preferiría emprender una cura psicofarmacológica3, y es posible que las monolíticas aseveraciones de la neurobiología comparada degraden cualquier fenómeno de la experiencia clínica reduciéndolo en tanto férrea y antropoide determinación genética. La vacilación del sujeto, su implicación en el padecimiento del que se lamenta, lo que los antiguos clínicos valoraban en la aparición de la angustia o la culpa pueden volverse obscenidades descartables, anegadas en una pseudo-explicación universal a la que un supuesto derecho de atención por parte de la Seguridad Social (o sus equivalentes locales) neutraliza y solidifica con protocolos y estadísticas 4. En efecto, las mutaciones en el imaginario social aparentan determinar una dehiscencia – en ocasiones un hueco infranqueable – entre lo fenomenológica y exteriormente predominante y el discurso analítico. Para los que insistimos en sostener el compromiso de su práctica, el desafío no podría ser mayor: generar desde una creatividad casi perdida una posible transferencia, cuando el estatuto del sujeto supuesto saber fluctúa, se tambalea o amenaza con su zozobra ante el reemplazo por una imperial superestructura tecnológica materializada en diminutas cápsulas cuya eficacia – aún contra cualquier evidencia – se pronuncia y asegura incontestable 5.

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¿Deber o responsabilidad? Acaso dos antípodas, si a la primera se le adscribe este imperativo superyoico que ya desde la “filosofía en el tocador” impulsa la voluntad de goce con exigencia tan irrefrenable como irresistible, hoy prometido como espejismo cuando a cambio se demanda sujeción a la píldora que se vende como todopoderosa. A la segunda el “progreso sobre lo pulsional” que alentaba Freud como factor esencial del procedimiento terapéutico que pusiera en marcha para poner en juego una verdad singular, que Lacan traduce o sitúa en tanto savoir y faire 6. Y responsabilidad, sí, nuestra, de sostenerlo frente al riesgo de que la primera engulla y devore a la segunda o amenace con su extinción.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 38

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1 Lacan, J., La science et la vérité, 1966, Écrits II, Points, Seuil, Paris 1971 p. 223. El epígrafe indica que se trata de una versión »estenográfica» de la lección de apertura del seminario de 1965-6, El objeto del psicoanálisis (aparecida en Cahiers pour l´analyse No. 1, 1966), pero la confrontación con la transcripción existente de dicha clase no arroja referencias acerca de la cuestión de la responsabilidad del sujeto.

2 Ibid, p. 223-4

3 Walter, Anne, Enquête, contrepoint au sondage national, Âne, 1986, Navarin Éditeur, Paris, No. 25, p. 13

4 Verhaeghe, P., Love in a time of loneliness, Rebus Press, Londres, 1999, pp. 19-20 (Hay version castellana, El amor en los tiempos de la soledad, Paidós, Buenos Aires, 2001); “Chronicle of a death foretold”: The Death of Psychotherapy. Dublin City University, Health4Life Conference 2007, http://www.dcu.ie/health4life/conferences/2007/resources/Health4Life2007_Keynote_Paul_Verhaeghe.pdf, pp. 2-4. El “giro perverso” consistente en exaltar la hegemonía de la Ciencia (mediante el empleo del adjetivo “científico” como arma de combate que descarta y aniquila) suele arrojar, en efecto, el descubrimiento freudiano al cesto de desperdicios a través de su desagradable y admonitorio epíteto contrario, “anti-científico”. Paradojalmente, el instrumental empleado suele darse de bruces con la mera posibilidad de una epistemología rigurosa, en tanto las habituales pseudo-críticas a Freud carecen de las más elementales referencias. Un sencillo ejemplo bibliográfico vernáculo: “La teoría freudiana del suicidio, que es muy plausible, nos lleva a suponer que el riesgo de suicidio disminuye en los momentos en los que el hombre puede dar rienda suelta a sus impulsos homicidas (por ejemplo, durante la guerra). Esto llevó a que algunos investigadores indagaran sobre la tasa de suicidio durante los períodos de guerra, a fin de encontrar una confirmación indirecta de la hipótesis de Freud…” (Keegan, E., Escritos de Psicoterapia Cognitiva, Eudeba, Buenos Aires, 2007, p. 23). Inútil buscar en las notas bibliográficas del autor (ibid., p. 39) el lugar de los textos freudianos en el que se podría localizar semejante dislate (suponiendo que el mismo existiese, desde luego): el lector no tiene más remedio que recorrer los veinticuatro tomos de la edición completa cual Sherlock Holmes, o bien resignarse a mantener la ciega fe en el autor. Para un examen de decepcionantes ejemplos similares desde la época de Freud mismo hasta el presente que nos deparen idénticas sorpresas – entre ellos el de Eysenck, según Keegan “probablemente el artículo psicológico más citado de la historia” (ibid., p. 30) (aunque aquí también falta la indicación o cita del mentado artículo – ¿acaso por suponerlo moneda tan corriente que ni mención requiere?), véase Köhler, T., La literatura anti-freudiana desde sus comienzos hasta hoy, W. Kohlhammer, Stuttgart-Berlin-Colonia, 1996, passim.

5 Veamos apenas un frágil intento de revertir la situación descripta. Una mañana se dirige a mí la Encargada de las Pre-Admisiones (¡!) del Servicio de Salud Mental, ya que se había presentado ante sus puertas un individuo que consultaba por su hijo de quince años. “Es para medicación” –  exige, imperativa, la Encargada. “De acuerdo, lo puedo ver mañana”, respondo.

Al día siguiente y con puntualidad, acude el padre, un sujeto ligeramente impertérrito, alto, delgado y barbado, junto con su sonriente hijo. Se sientan juntos en las sillas de la antesala y esperan; no tardo en llamarlos e indicarles dos asientos del consultorio en el que atiendo.

Tiene TDA” – enuncia el padre. La salita de asistencia que les proveía el metilfenidato con el que fuera medicado el adolescente que, silenciosa y tranquilamente, nos escucha desde su asiento, ha cerrado sus puertas hace días, y en busca de un lugar que les suministre los comprimidos que hace años ingiere el muchacho, han desembarcado en el Hospital. Y sin embargo, juntos nos estrellamos contra la primera dificultad: el medicamento en cuestión requiere de recetarios especiales para estupefacientes (cada ejemplar numerado y por triplicado, que deben llenarse de modo individual) provistos por el ANMAT, y que no existen en nuestro Servicio. ¿Acaso el Servicio de Pediatría, el de Neurología Infantil, tal vez la misma Farmacia del Hospital, o bien…?

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No obstante, resta por conocer al menos el motivo de la ingesta de dicha droga. “Es que las maestras dicen que no presta atención en clase” – continúa el padre. Y esgrime una larguísima serie de certificados, documentos, notas, informes diagnósticos, exámenes médicos que documentarían o habrían de servir de testimonio que asegurase la sentencia.

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Además, a un costado, se encuentra la carpeta que contiene las notas que el incriminado tomara durante las clases día tras día en su grado noveno.

Y bien, comienzo con los certificados. Luego de recorrer algunos, compruebo que el aludido “déficit de atención” dista de ser el rasgo sobresaliente o hasta presente. Antes bien, los informes mencionan características de timidez, retraimiento o carácter pronunciadamente apacible.

Debo pasar, por lo tanto, a la mencionada carpeta. Nueva contradicción: en lugar de los esperados vacíos, huecos, ausencia de continuidades en las notas – o mensajes de atribuladas, destempladas o irritadas maestras que profieran su repetitivo “¡debes atender más las explicaciones!” o “¡falta esa serie de números!” o “¡falta hacer la tarea de Historia!”, me sorprendo al no encontrar más que intrigantes líneas en color rojo. Inquiero el significado de las mismas, para obtener sólo la respuesta que se trata sencillamente de resaltados que el adolescente emplea de modo cotidiano, sin otra significación particular.

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Resta por desenvolver la historia del presente que tengo ante mí, a la búsqueda de significantes que extiendan o aminoren el impacto del ominoso rótulo. El chico pide hablar conmigo a solas, por lo que le pido al padre que nos espere en el mismo lugar en el que antes se había sentado.

Hijo de padres separados, vive con su padre luego de que la madre abandonase el hogar para vivir con su nueva pareja – ¿no será, por ventura, este hecho el legítimo y efectivo “trastorno por déficit de atención”? -, de la que ha tenido en lo sucesivo tres hijos más (el menor de unos siete años en la actualidad). A causa de la distancia, la ve con una frecuencia aproximada de una vez cada mes o dos.

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No da la impresión de una timidez extrema ni sobresaliente; por lo contrario, es bien capaz de relatarme sus actividades, sus salidas con amigos, la música que le gusta (“el rock”, “Los Piojos”). ¿Cuál es el punto de afloramiento de la angustia, o hasta de algún fenómeno que pudiese esbozarse como síntoma? ¿Cómo se logra la construcción de un “diagnóstico”, un real de incólume e impenetrable consistencia que aloje – acaso para siempre – al sujeto adolescente y lo confine en la celda farmacológica? ¿Cómo se puede desconocer una estructura familiar particular, evidente y a todas luces, con efectos incontestables en la subjetividad, para reabsorberla en una hipotética y no demostrable insuficiencia cerebral y forzarla luego en una pseudo-estadística bendecida por el dogma cientificista?

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Regresa el padre y propongo, en lugar de proveer el recetario y/o la medicación demandada, ir reduciéndola gradualmente, con la intrascendente excusa de haber superado la edad en la que el metilfenidato – en adultos un excitante, como las anfetaminas – cesa en su acción paradojal, tranquilizadora en niños. Para comprobar el decurso o el resultado de dicha propuesta, los vuelvo a citar para la semana entrante… (y aquí habremos de interrumpir nuestro ya tan extenso relato)

6 Klein, Richard: Responsibility in Psychoanalysis (de Psychoanalytical Notebooks 3, “Love”, 1999) Presentado en el Día de Estudio de las Jornadas de la ACF-VLB, Nantes, 1999; http://www.londonsociety-nls.org.uk/Klein_responsibility.htm . En este artículo puede hallarse una serie de citas de los textos (Escritos y Seminarios) en que Lacan examina la cuestión de la responsabilidad.

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