Ordenar, clasificar, administrar…

Arriba: MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires)(Gastón Atelman, Martín Fourcade y Alfredo Tapia)

Un engendro recorre el mundo, diseminándose con un ímpetu en apariencia sin sujeción, dique ni freno: el DSM IV, cuyo crecimiento exponencial deja a sus antecesores a una distancia tal que los reduce a la insignificancia. En efecto, el agigantamiento neutraliza, invalida o cancela, al parecer, cualquier asomo de objeción crítica. Añejas cuestiones relacionadas con un nominalismo tan férreo como simple o lineal se ponen en juego; sin embargo, el reconocimiento de la potencia creativa del significante – que no carece de consecuencias – nos permite un examen desde otra perspectiva. Desde luego, en el mismo se halla presente la relación del psicoanálisis con la psiquiatría, antes y después del nuevo producto de ésta.

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No es imposible el intento de enumerar las objeciones que  –  de modo tan insistente como en apariencia sin recepción por parte de los creadores del manual, ni por sus usuarios  –  se le ha dirigido desde el campo psicoanalítico:

  1. la desaparición de la riqueza descriptiva de la anterior (“antigua”) clínica psiquiátrica, sustituida por referencias neurobiológicas que consuman la desagregación de aquélla;
  2. consecuencia de dicha ausencia, la reducción de la “nueva” psiquiatría al juicio descalificatorio que sólo mide la desviación con respecto a un ideal globalizado (que no sería otro que el de un estamento social norteamericano privilegiado)
  3. la desaparición del término “neurosis” (conservado, sin embargo, en el CIE 10), con lo que se pretendería borrar la diferencia con la psicosis;
  4. el sometimiento a los imperativos comerciales de los laboratorios productores de psicofármacos, exclusivo propósito conductor de toda la elaboración clasificatoria;
  5. el desconocimiento del – y, eventualmente, el rechazo categórico al – legado psicoanalítico, bajo la excusa de un esperanto a-teórico sin sustancia. Desde luego, habremos de ocuparnos de esto de modo especial; por de pronto, anticipemos la “explosión” del sólido trípode analítico (neurosis-psicosis-perversión) en innumerables categorías que intentan, a guisa de vanas asíntotas, alcanzar la sustancia de un híbrido singular-universal.

La primera no hubiese sido posible sin Lacan. En efecto, el postfreudismo rara vez se preocupó por articular la observación psiquiátrica con la clínica psicoanalítica, salvo episodios aislados o personalidades particulares. El grupo kleiniano inicial, por ejemplo, se contentaba con recibir diagnósticos (en general, de “psicosis”) del ignoto Dr. Forsythe sin impugnación, discusión o siquiera comentario. Y sus retoños – aún en esta remota parte del mundo – apenas si tomaban de modo literal la metáfora freudiana que las pone en relación de semejanza con la anatomía y la histología, transformando a aquélla en una supuesta “macroscopía” grosera y torpe, frente a la sutileza refinada y astuta de la “microscopía”. Aún de renombrados representantes locales procedía la depreciación estigmatizante 1 : “el diagnóstico, hobby de psiquiatras”.

La objeción señalada en el tercer punto bien puede identificarse con la particular modalidad que adoptara entre nosotros el ámbito kleiniano, en el que cualquier fenomenología era referida inevitablemente a un primordio original psicótico; en ésta y otras variantes del postfreudismo, el motivo conductor iterativo  –  su propio ideal inalcanzable  –  no ha sido otro que el de la psicogénesis (otro mito derrumbado con el retorno a Freud).

En debates sucesivos en los que las propuestas de psicoanalistas y psiquiatras llevan a cabo un curioso contrapunto, es constante la aparición de alguno o varios de los índices señalados 2. Reconocida la aspiración generalizadora “nomotética” de la psiquiatría en oposición a la vertiente particularizante “idiotética” del psicoanálisis, el escozor europeo frente al manual de evidente esencia americana quedaría rápidamente apartado si la consecuencia práctica (como probablemente ocurra entre nosotros) fuese la imposición de sus categorías en el medio público (seguridad social, hospitales, sistemas de medicina pre-paga).

La primera objeción podría adquirir interés si el que la enuncia expusiese una lectura comparativa entre los ponderados maestros de minuciosas descripciones (de Kraepelin a Clérambault, como recuerda Marc Strauss 3) y la nueva lista; lo que desafortunadamente rara vez sucede, ya que es posible que el aspecto descriptivo de la misma no quede tan atrás en dicho cotejo. Después de todo, la hipótesis de un origen causal supuesto no se ha modificado en su identidad: de la primitiva y pretérita meta inaccesible de la “lesión anatómica” al flamante “trastorno de los neurotransmisores” sólo puede reconocerse un aggiornamento inesencial. Es acaso entre las líneas de las actuales descripciones donde pueda encontrarse un talón de Aquiles, como veremos más adelante.

Con respecto a la segunda, el problema de la psiquiatría es que le es imposible interrogarse a sí misma si pergeñado el nombre se crea la cosa, o si nombrando el establecimiento y la administración de un psicofármaco se obtiene de modo inmediato una demostración de la existencia del “trastorno”. Como mencionamos antes, toda crítica (y es la experiencia frustra de corrientes como la “antipsiquiatría”, es decir, el rechazo del diagnóstico con la conjetura de la atribución de una causalidad sociológica) le es tan absolutamente ajena como inaccesible; a modo de inútiles mensajes en una botella, no hay posibilidad de recepción de los mismos. Un ejemplo evidente es la proliferación arrolladora e irrefrenable de la “bipolaridad”; que una ingenua lectura previa del consabido manual – cuyo insistente programa tan sólo propone la localización de un determinado número de “signos” a partir de una colección aparentemente restringida  –  no sabría explicar. Los relatos de tristes casos sometidos al consumo de antidepresivos  –  tan aplastante como injustificado  –  se acumulan en sucesión sin final aparente 4.

De la insólita pretensión de “a-teoricismo”, tan inverosímil como el ingenuo argumento de una posición “a-política” se ha ocupado Paul Bercherie al rastrear el origen pretérito de su armazón hasta sus fuentes: Adolph Meyer por una parte, el conductismo por otra 5. Como habíamos anticipado, es en este aspecto donde puede hallarse la mayor endeblez de la construcción: prácticamente todo el peso del monumental esfuerzo de un Paul Verhaeghe reside en impugnar la inconsistencia de una quebradiza superficie descriptiva perforada por la carencia de un fundamento metapsicológico, sostén de la estructura 6. Mientras que éste excluye dicho proceder arbitrario, aquélla no tiene otro remedio que disolver sus “criterios” en una gradación confusa (“intenso”, “frecuente”, “fuerte”, “reiterado”, “habitual”). El resultado es una disyunción inevitable entre los pretendidos “trastornos” y una posible conducción de la cura (que apueste su eficacia de modo independiente del fútil espejismo farmacológico), en tanto un acercamiento estructural es capaz de ofrecerle otra plataforma y otros cimientos, si fuese cierto que la experiencia analítica no puede más que plantearse la cuestión del “diagnóstico” en transferencia.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 34

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1 Bleger, J., Criterios de diagnóstico, Revista de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica Argentina, T. XXX No. 2 (1973), pp. 305-316. No es más alentador el intento de la ego-psychology; como ejemplo puede mencionarse los rasgos – esencialmente fundados en la alternativa “yo fuerte-yo débil” que Lacan se empecinara en demoler – con los que caracteriza un Kernberg a su famoso “fronterizo”: “ansiedad flotante, crónica y difusa, neurosis polisintomática, tendencias sexuales perverso-polimorfas, personalidad paranoide-esquizoide-hipomaníaca, narcisismo, labilidad emocional”… ¡por poco un “todo vale”! Y sin embargo, con igual premura su autor – del que no cabe duda acerca de su diplomacia omnidireccional – ha logrado recientemente adaptarla hasta hacerla coincidir con el DSM IV… Cf. Kernberg, O., Desórdenes fronterizos y narcisismo patológico, Paidós, Buenos Aires, 1979, pp. 19-33

2 Ginestet, D., Olivier-Martin, R., Samuel-Lajeunesse, S., Simon, P., Wartel, R., Autour du DSM en La Querelle des Diagnostics, Navarin Éditeur, Paris, 1986, pp.123-173

3 Préface à la querelle des diagnostics, ibid., p. 9-11. En sus líneas, la ofensiva contestataria de la “antipsiquiatría” pierde importancia por su lastre “socio-psicogenético” que “rechaza todo saber objetivo sobre el otro”.

4 La anécdota quiere hallar como uno de los responsables de esta reproducción masiva a un psiquiatra libanés (activo en los Estados Unidos, desde luego), quien enfatiza y agiganta la “explosión” de categorías – o “subtipos” –  hasta lograr que “todo” quepa en ellas. Cf. Akiskal, H.S., Dysthymia: Psychopathology of proposed chronic depressive subtypes. Am. J. Psychiatry, 1983, No. 140, pp.11-20. Cf. asimismo Gómez, A. M., Todos somos bipolares, Imago-Agenda, Buenos Aires, 2007, No. 115, pp.18-20. El peso de la estadística y su carácter normativizante se pone de manifiesto en la mayoría de los papers psiquiátricos; para dar sólo un ejemplo al azar, cf. Torresan, R. C. et al, Qualidade de vida no trastorno obsessivo-compulsivo: uma revisão, Revista de Psiquiatria Clínica, Universidade de São Paulo, Vol. 35, No. 1, 2008, pp. 13-19

5 Bercherie, P., Autour du DSM en Géographie du champ psychanalytique, Navarin Éditeur, Paris, 1988, pp. 202-208. Un rasgo anecdótico poco advertido es la extraña presencia del término “conversión”, que – pese a la severa declaración de “a-teoricismo” – procede inequívocamente de la elaboración psicoanalítica, y acaso sólo encuentra sus referencias dentro de ella.

6 Verhaeghe, P., On being normal and other disorders, Other Press, New York, 2004. Unos años más tarde, el mismo autor reduce humorísticamente su propio esfuerzo a cenizas, mencionando de modo tajante y destemplado, en una conferencia en Dublin, que “el DSM IV es basura, un engaño” y que “podría demostrarlo en detalle, pero es demasiado aburrido”; cf. Verhaeghe, P., Chronicle of a death foretold: the end of psychotherapy, Dublin University, 10-13 de septiembre de 2007 (http://www.dcu.ie/health4life/conferences/2007/Paul%20Verhaeghe.shtml)

Como ejemplo de esta perspectiva – y casi como un resumen de todo lo expuesto anteriormente – es acaso útil recordar la detallada exégesis que lleva a cabo Colette Soler a partir del extenso relato de Marion Milner del análisis de una supuesta esquizofrénica, el célebre “caso Susan” (Milner, M., The Hands of the Living God, International Universities Press, New York, 1969). Se pone de manifiesto en dicha revisión que la enumeración descriptiva –  más allá de la “despreocupación diagnóstica” de ciertos representantes del kleinismo, y aún cuando su detalle coincida con el de la psiquiatría de los grandes maestros – es insuficiente para proponer recursos “terapéuticos” que no obliteren la subjetividad, o para ubicar las referencias de estructura que permitan la diferenciación clara entre neurosis y psicosis, las consecuencias en cuanto a la cura y a la situación del sujeto supuesto saber o del analista como causa del deseo. Cf. Soler, C., Une passion de transfert, Ornicar? No. 29, Navarin Éditeur, Paris, 1984, pp. 31-57

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