Psicosis e Interconsulta

Arriba: Auditorio de Belgrano, Buenos Aires

... Ποιά, δύστυχε,

μανία σε κυρίεψε;

Σοφοκλή, Οιδίπους Τύραννος, Έξοδος, 1299-1300

(Cuál, infeliz, la locura que te dominara?

Sófocles, Edipo Tirano, Éxodo)

De las peripecias de un analista en el territorio de la Interconsulta, el encuentro con las psicosis constituye un extraño capítulo. El eterno enigma de la locura, confinado en coordenadas temporales estrechas, puede volverse aún más opaco. Y lo encontraremos en proporción creciente, según parece, en tanto las Instituciones supuestamente edificadas para contenerlo, agotada su dudosa eficacia, se saturan y rechazan todo nuevo ingreso.

¿Situar el lugar del analista?  Esto es posible quizá, si éste no retrocede (¿pero puede avanzar?) ante la vana empresa de conocido resultado: el remo en la arena.

Al menos puede seguir escuchando – o insistir en hacerlo -, algo imposible para el psiquiatra, cuya  “efi-Ciencia“, en ese sitio puntual, se restringe a un efecto de homogeneización, siguiendo la mecánica del traslado a una Institución Cerrada, previo conjuro psicofarmacológico que ha de disolver, momentáneamente, los indeseables espectros del malestar.

El aspecto más espinoso de la cuestión concierne el modo según el cual se aborda la determinación institucional de modificar un organismo (excitar al deprimido, deprimir al excitado), y se evita ceder a la tentación de reducir al psicótico a un objeto de investigación, procurando, por el contrario, situarlo como destinatario de una palabra de sujeto, aún delirante. Tampoco se trata de añadir un refinamiento psicoanalítico al diagnóstico, sino de insistir en el intento de descifrar la estructura de su posición. Como explica y fundamenta Claudio Glasman, puede, además, jugar al “φίλος” (amigo)  1.

Entre la advertencia de no autentificar lo imaginario y la propuesta de “hacer semblante” de amigo parece haber tan sólo un estrecho pasadizo. Por añadidura,  su cualidad es resbaladiza, si se piensa que en él ha de situarse una clínica que si bien no se reporta directamente a ese concepto, atestigua no obstante “la preeminencia que acuerda Freud a la transferencia de la relación al padre en la génesis de las psicosis”  2.

I.

La sala de Traumatología – por ejemplo – no es un sitio inhabitual de acogida de psicóticos. El pasaje al acto que habría de realizar la caída del objeto en lo Real, si no alcanza el goce de la muerte, halla una estación intermedia: la inmovilización en una cama a causa de fracturas múltiples.

Su primera internación se produjo luego de entrar por Guardia con una herida cortante en el pecho. Era su intención herir su corazón para teminar con su infelicidad: no sintió dolor alguno al hacerlo. Pidió que no se le administrasen antipsicóticos, que habrían de causarle “movimientos medicamentosos”. Había hallado imposible cualquier otro plan suicida, como arrojarse bajo un ómnibus.

Su infelicidad coincidió con la imposibilidad de continuar trabajando. Estaba convencida de que sus compañeros se burlaban de ella, considerándola una niña por no haber tenido relaciones sexuales ; se delató a sí misma al preguntar a una de ellas cómo había sido su “noche de bodas”. Tal vez la pregunta llevaba ya el germen de la “antiestrofa”, es decir, del comienzo de las transformaciones gramaticales que Freud señala para el delirio.

En efecto, se creía amada por un compañero (de igual nombre que su padre y su sobrino). Tras la decepción – al enterarse de que vivía con Otra mujer – se consideró agraviada ; además, el muchacho había estado anunciando un futuro hijo – momento del “acmé” de su felicidad -, pero fue la Otra quien se embarazó. Lo llamó para culparlo de la pédida de todo: amor y trabajo. Pero él, impertérrito, se libró de ella y de sus reproches: “Es asunto tuyo”, le dijo. Pasó a considerarlo “antipático” y luego hostil.

Después, comenzó a escuchar las Voces: la amenazaban por haberse fijado en ese muchacho tan joven, tanto más que ella. La acosaban, la insultaban desde las paredes de su propia casa. No la dejaban dormir: debía refugiarse en la cama de su madre. Hasta la seguían por la calle. Hubo de entrar en el juego un psiquiatra con sus “medicaciones” y sus consecuencias: se veía obligada a saltar y brincar. Lo dejó, ya que su prepotencia impedía todo diálogo – y además, le cobraba mucho dinero -.

            “Aburrida por la vida”, llevó a cabo su pasaje al acto. La encontró su madre, ensangrentada.  Luego de relatar el episodio, afirmó con insistencia que la consideraba su salvadora. Pero no se trataba de una promesa de sentido: hubiera sido erróneo realizar una analogía con otras reiteraciones que no tardaron en aparecer. No era de naturaleza metafórica. Todo lo contrario: el sinsentido fue para ella un vacío aspirante que la precipitó a empuñar el arma.

            Se arrepintió luego de haber causado tal disgusto a su madre, pero esta sensación era apenas una señal de que el episodio había tenido una incidencia  fundamental  y  de  que  parte  de  las  agrupaciones sucesivas del “enjambre de significantes” que habrían de tener lugar se ordenaría con relación a él.

Los abuelos provenían de distintas regiones de Europa oriental. En un encuentro siguiente, la madre relató que había fraguado su edad, consignando tres años menos de los que realmente tenía en el pasaporte, para obtener un pasaje más económico; al ser interrogada por su edad, debía mencionar ambas cifras, verdadera y ficticia. Llegó al país a los catorce: el que luego fuera su marido, a los veintitrés.  Tres años más tarde se casaban. Pero entre tanto, el noviazgo tomó la forma de encuentros mensuales, ya que vivían en sitios alejados uno de otro. Durante ese período se negó a aceptar la evidencia del alcoholismo de su marido ; lo explicaba refiriéndolo al medio del que provenía y a su clima frío.

Además, el abuelo paterno de la paciente también tenía hábitos alcohólicos. “De tal palo, tal astilla …” Este abuelo había anticipado su viaje; había dejado a su hijo – que por entonces tenía cuatro meses – en el Viejo Continente, durante la Primera Guerra; al llegar al país, se instaló en una ciudad de provincia para comenzar un negocio. Veintitrés años más tarde hizo venir a su hijo y trabajaron juntos; la madre de nuestra paciente lo conoció en ese momento y de inmediato – por su tez clara y su “origen europeo” – obtuvo la victoria de ser aprobada por su futuro suegro, quien antes había rechazado y despedido a una suspirante local, “morocha”.

Dos años después nació la hermana mayor de la paciente, resultado de una súplica de la madre, desesperada por tener hijos – el padre no quería -, sin los que, para ella, “la vida nada valía”. En efecto, tras el nacimiento se sintió “protegida” por su hija, aún cuando fuese pequeña ; por ejemplo, la llevaba a su cama para suplir la ausencia del marido durante la noche. Por el contrario, su crecimiento la entristecía porque contribuía a dejarla “sola”, en la medida que la alejaba de ella, acercándola a otros niños con quienes jugaba. Se renovó, pues, el anhelo de tener un hijo más, que hubo de estrellarse contra la negativa rotunda del marido. Fue preciso un dúo de mujeres (ella y su propia madre) para convencerlo, asegurándole que se trataría de un varón “esta vez”. Pero no lo fue.

Risueña, la madre recordó los celos de su hija mayor ante la recién llegada. Sin embargo, el amamantamiento de su segunda hija no se prolongó tanto como el de aquélla, ya que hubo de interrumpirlo cuando el alcoholismo de su marido culminó en severas crisis de abstinencia, en las que no faltaban zoopsias ni temblores. Anticonvulsivantes y diez electroshocks domiciliarios (la madre quiso impedir que las hijas sufrieran “la vergüenza” de tener un padre internado) hicieron desaparecer el cuadro, y lograron restringir la ingesta alcohólica al fin de semana. A él no le gustaban los niños en general, ni sus propias hijas en particular.  La hermana de la paciente recuerda al respecto un sonoro puntapié en la espalda que le administrara su padre. La madre aclara que, luego de tal suceso, hubo de interponerse para evitar nuevas golpizas a las hijas, proponiéndole que, si de pegar a niños se trataba, podía tener hijos con otra mujer para lograrlo. Aclaró (pese a recordar la cara de horror de su hija mayor al ver al padre alcoholizado y amenazante) que las hijas lo idolatraban … Y no ahorró comentarios de ingenuo orgullo acerca de su hija menor, en extremo obediente cuando niña, capaz de entretenerse sola o con sus amigas. Admiraba su capacidad de cálculo matemático: su trabajo merecía el máximo puntaje. Y suponía que allí, la ponzoñosa envidia de sus compañeros había sido el origen de las burlas que llevaron al desastre, al mismo tiempo que el exceso de fantasía e imaginación en torno de sus sucesivos pretendientes.

Siempre la escuchaba hablar de formar un hogar, de su “príncipe azul”, aún cuando no debiera haber creído que “tener hijos es la solución de la vida” ; hubiera podido anticipar los estragos que una gran desilusión podía causarle. Por cierto, su hija habría de producir un sinnúmero de “criaturas de la Palabra”.

En efecto: tras un largo período de aparente enmudecimiento, asistimos al retorno de las Voces.

Se había producido un cambio de nivel, ya que provenían ahora “del Cielo”: le hablaban “los Santos”, acompañándola. Pese a ser “protectores”, la paciente describió a los que la habitaban presa de una exacerbación notable de la ansiedad, hasta entonces desapercibida.  Aseguró no querer que se enterase su madre, pero se desmintió: le comunicó todo de inmediato.

Entretanto, prosiguió la construcción de su Teodicea. Se veía obligada a blanquear un conflicto en los dominios celestes: la única “voz disidente” era la de “San Sebastián”, quien la amenazaba por haber querido suicidarse. Pero Dios la disculpaba, asegurándole que el Santo obraba de ese indeseable modo porque se emborrachaba (indicando así su posición, en la Jerarquía Divina, de heredero imaginario de los estigmas paternos, además de condensar el nombre de su primer decepción amorosa).

Frente a mis preguntas, se dirigía a sus Voces inquiriendo las respuestas. Los “Santos” no tardaban en proveerlas – inmediatamente los oía en su cabeza -, y, acto seguido, me las comunicaba.

Las voces se alejaron un tiempo después: las conversaciones eran ahora distantes – aunque no se trataba de un “milagro” que la dejara abandonada, es decir, “yacente”; más exactamente se trataba, entre otros, de uno de los eventos celestes posibles -. No se hallaba, en efecto, expuesta al peligro de su extinción, lo que no impidió las “reelaboraciones excéntricas“. La hermana insistía, en cambio, en suponerla atribulada por la posible y futura desaparición física de la madre. Si el padre las había abandonado muriendo, la madre declaraba su vocación de dedicar el resto de su vida a su hija.

Aún cuando las Almas hablaran todas las lenguas de la Tierra, no tenían una “Grundsprache” (lengua fundamental) propia ni específica, ni sus frases eran interrumpidas, ni tenían carácter de invectiva: podían insultarse entre sí, pero nunca a ella, que debía permanecer al margen de tales rencillas. Pero en cambio, en su producción escrita – la transcripción de los poemas que Jesús le dedicaba – no faltaba el estribillo, que en su caso no era amenazante, sino que reaseguraba el Amor Superior. Al mismo tiempo, la Persona Divina se había vuelto tripartita, pues se subdividía en “Zeus, el Dios de los Egipcios” (no aceptó la corrección de la hermana cuando ésta le señaló que se trata de un dios griego); “Moisés, el Dios de los Hebreos”, y “Abraham, el Dios de los Cristianos”: este último es el que se comunicaba con ella. Su Genesis privada narraba la Creación Humana y su doble catástrofe final: el 2000 sería el fin de los “Sidaicos” (es decir, los afectados por el SIDA) y el 2999, el final del resto del Cosmos. Su papel específico – “futuro de la Criatura” -, era llegar a ser “la Santa del Siglo y de los Amores”: si a Schreber le cupo ser la mujer que le faltaba a los hombres, ella no ofrecería una variante simétrica, sino que habría de realizar la existencia de La Mujer para las “Almas”. Los “demás” compartirían la beatitud: serían “Ángeles”. Una precisión que añadió: éstos carecen de genitales y el Dominio Celeste excluye al Sexo. Tanto Jesús como las Almas de los Varones hubieron de someterse a una emasculación indolora para obtener su ingreso celestial. Las Mujeres, por su parte, cambiaron su abertura por una simple superficie lisa: no había “antesalas” – “Vorhöfe”, como las menciona Schreber en su libro autobiográfico – en el sector femenino de su Cielo.

almas examinadas

La Organización Negra, “Almas Examinadas”, TSM, 1990

Anotamos aquí, pues, una diferencia en el “esquema del sujeto al término del proceso“, para “una” psicótica. El goce no es transexual: Jesús siempre quería dormir con ella ; para lograrlo, le susurraba al atardecer que tomara sus píldoras y fuera a acostarse.  Así podría entrar en su cuerpo, ingresando por su boca, abertura del Alma: esponsales místicos, “palabra en que se mantiene lo creado”.

flüchtighingemachtemänner

Flüchtig hingemachte Männer (Schreber: “hombrecitos hechos a la ligera y corriendo”)

II.

En una Sala de Clínica, un paciente era motivo de inquietud por parte de todo el personal por su llamativa excitación y su discurso incesante,  proferido a toda velocidad.

Internado anteriormente durante un año en la Sala de Psicopatología de un Hospital General, estaba seguro de haber recibido allí gran cantidad de medicación “porque era peronista”. Y a su vez, la medicación era la que le había cerrado el acceso al Sexo. Con los fármacos encima, “no podía”.

En su trabajo, le hicieron “una cama”: el contador, luego de perseguirlo, lo interpeló, anunciándole que “le quedaba poco …” y le exigió su renuncia. La “mala praxis” tenía antecedentes, “venía de atrás”.  Así, su padre (ya fallecido, y del que sólo agrega que era “un contador fuerte” que llegara a gerente de un comercio), tuvo con él una “mala aplicación”, ya que no le permitió seguir la carrera militar que anhelaba. Por eso se estaba muriendo como una víctima.

Pero si ya su abuelo había estado “en Auschwitz”, ¿ qué culpa, y por qué, le correspondía pagar a él ? Esas “malas ideas” habían influido en él desde niño. A partir de los siete años, por ejemplo, le bastaba dejar que su mano se moviese sola para escribir las revelaciones del Libro sobre el Futuro, en el que se anunciaba la próxima invasión a la Tierra. Y también tuvo la premonición del “caso AMIA”, veintidós horas antes de que sucediera, así como de su propia muerte, cuya fecha y lugar exactos era capaz de mencionar de inmediato. Ese día, el mundo dejaría de recibir tan esencial información. Por eso le era menester comunicarse cuanto antes con el Presidente y lograr que el SIDE cesara de investigarlo. Con relación al “terrible” suceso, agregó el recitado de un poema:

Extasis:

            Déjate morir y vuelve a renacer,

            cierra tus ojos y déjate llevar“.

Continuó luego refiriéndose a su pasado-presente, a su primaria en un colegio católico, con notas excelentes y “comportamiento ejemplar”, su secundaria “hermosa”.

La medicación fue el aguafiestas; si no hubiese sido por ella, estaría hablando con todos “de igual a igual”.

Hasta recordaba cuándo había nacido, momento en el que “se puso contento y fue feliz”. Además, precisó, junto con sus dos tías y su madre vivía en un “barrio peronista”, y le gustaba el “peronismo”. Pero como su madre lo encerraba en su habitación en forma permanente, impidiéndole jugar con los demás niños, vivió en un mundo propio, algo que “le hizo mal”.  Ella ejercía una “presión insoportable”, y se dedicaba “más a los objetos que a los seres”, obligándolo a buscar la protección nocturna.

La “psicosis” comenzó tras el nacimiento de su hijo. Como “no le gustaban” los países subdesarrollados, y un nacimiento en uno de ellos hubiese sido incómodo, tenía que hacer lo imposible para que naciera en un “hospital europeo”, ya que resultaría así expuesto a una enorme “autoinfluencia europea” (ambos padres eran de ascendencia mediterránea).

Su mujer había realizado antes dos abortos, algo que también “le había hecho mal”, ya que había sido contra su voluntad. Por añadidura, ella no lavaba, no cocinaba, no planchaba.

La preocupación del plantel cedió cuando la hiperactividad del paciente adoptó la forma de colaboración con las tareas cotidianas de la Sala (entretanto, el Jefe de la misma exigió la orden de traslado judicial al sitio donde había estado internado previamente).

Cruzando un pasillo del Hospital, lo encontré cuando se dirigía en sentido opuesto, llevando muestras de otros pacientes de la Sala al Laboratorio; en un abrir y cerrar de ojos me entregó la siguiente producción escrita:

La transumación de las almas se deriva de numerosos estudios   realizados durante miles de años por una innumerable cantidad de científicos que fueron descubriendo misteriosos procesos de organizaciones no genéticas ni biológicas que declinan de seres superiores que habitan la tierra en forma humana pero que realmente no lo son.

Son hombres y mujeres dañados cerebralmente y físicamente pero que trascienden sus ideas a través del tiempo y espacio. Elaboraciones sistemáticas determinan que la evolución está pronta a realizarse en campos de objetos subyacentes de períodos preplipáticos y desarrollados.

Casos extremos determinarán la desaparición física del hombre sobre el planeta.

Muy colateralmente se sabe que apariciones y revelaciones científicas fueron determinando que la sublimación llegue “.

 

Fue su despedida. Lograda la forzada mudanza, el personal de Sala lo recordaría por su diligente, ágil y eficaz colaboración, que les ahorraba no pocos esfuerzos en sus diarios quehaceres.

III.

Llamó desesperada al Hospital pidiendo por mí. La había atendido en Sala de Clínica y luego, durante un breve período, en forma ambulatoria.  Había construido un delirio místico, contenido – si la expresión es válida – durante cierto tiempo, dentro de la institución religiosa a la que concurría regularmente.

No acertó a encontrarme, y recorrió, siempre desde su teléfono, gran número de Servicios, Salas, etc. Inquietos ante el desborde, varios miembros del personal (secretarias, residentes, otros médicos) sembraron por el Servicio diferentes carteles y avisos con el mensaje, que encontré al llegar.

La paciente se les había adelantado, buscando mi número en la Guía de teléfonos.

Cuando habló conmigo conservaba, al comienzo de la conversación, la misma magnitud de desesperación. Le hablé de encontrarnos en el Hospital. Protestó, diciendo que no le era posible salir de su casa en ese estado. Estuve a punto de proponerle una visita a domicilio, pero …  ya se había tranquilizado por completo.

No se trataba de una decepción histérica: sólo perseguía poder oír mi voz.

IV.

Una asistente social requirió una interconsulta, en circunstancias en las que debía confrontarse a un dilema que ella calificaba de “social”, en torno a una paciente psicótica, respecto de quien había oficiado de eficaz soporte “transferencial” desde su primer contacto y hasta ese momento.

El dilema consistía en que si bien la paciente podía continuar en su puesto de trabajo, su sueldo no le alcanzaba para mantenerse. Era posible obtener un subsidio para ella, pero al precio de una rotulación psiquiátrica que la inhabilitaría.

O serás el Ideal que para el Otro Social debes ser, o bien no serás nada.

V.

Se hallaba inmóvil y rígido en su cama: sólo sus ojos seguían con dureza los movimientos o las preguntas del que intentaba acercársele.

Provenía de una Clínica Psiquiátrica; de allí lo remitieron al Hospital, por cuanto no cedía un cuadro febril cuyo origen se desconocía o se evitaba admitir como consecuencia del exceso de neurolépticos al que lo habían sometido.

Semanas más tarde, era ya capaz de hablarnos con frases entrecortadas, breves, repetidas, que incluían “muletillas” que asimismo reiteraba una y otra vez. Así, sus afirmaciones según las cuales “os médicos no se encuentran, las citas no se realizan”, todo el problema ha derivado de “otro cuyo nombre no encuentra”, parecían una inversión en espejo de su propia historia reciente.

Su mujer, presente en la entrevista, fue la encargada de restituírnosla. Se había enamorado de su aspecto: según afirmaba, la impresionó como “un galeón dorado”. Además, le ofreció protección, ya que ella se hallaba distanciada de su familia, en tanto él vivía con su abuela y su madre. Ésta se opuso con energía a su intento de introducir una tercera mujer.

Dos años después murió su abuela y lo invadió una tristeza indescriptible. No se levantaba de la cama: “se quedó duro”.  Fue entonces cuando intervinieron los psiquiatras.

El episodio de inmovilidad cedió ; le sucedieron las voces que lo perseguían y que se incrementaron luego de que su ex-jefe, a quien idolatraba, muriera asesinado. También comenzó a admirar a sus psiquiatras.

Aún sin moverse mucho, pudo luego hilar frases más extensas. Pero había un fragmento de su vida que su esposa desconocía, y que calificó como “un buen merengue”: el potentado patriarca que le diera el apellido – y cuya cuantiosa herencia dilapidó la familia en reyertas y querellas -, no había sido su “verdadero padre”.

Tres episodios, tres eslabones de una cadena retrospectiva: un origen dudoso – según Lacan, el árbol genealógico sólo interesa a los delirantes – y luego dos muertes, determinaron la sumisión a un tormento superyoico real. Ambas familias, la suya y la de su esposa, se vieron envueltas en complicados litigios judiciales de ramificación y número creciente; su propia madre procuró la declaración de su insanía e inhabilitación. Pero el reencuentro con un hermano tras prolongado alejamiento, hermano que tomó la iniciativa de una apelación, redujo a la matriarca al confinamiento en un gerontopsiquiátrico.

La relación con su esposa adquirió, por una parte, rasgos aniñados de un amor ideal en el que buscaba con insistencia los signos mínimos de un abandono inminente; por otra, ambos se dedicaban con energía exhaustiva a reprocharse mutuas agresiones físicas pasadas. Él estaba persuadido de haber tenido que pasar una temporada en el Hospital por las lesiones sufridas, cosa que desmentía ella con igual convicción.  Por el contrario, argumentaba, debió recurrir a la intervención policial cuando lo encontró encerrado en la casa, con candados y cadenas, habiéndola dejado a ella a la intemperie. Lo acusaba de simular un robo, cuando él había sido el verdadero desfalcador. Y, por añadidura, con toda certeza había entregado el botín a su madre.

Tras su egreso de la Sala, los entuertos tribunalicios y las acusaciones mutuas volvieron a empezar, de modo que los medios de subsistencia y el mantenimiento del pequeño taller que habían de proveerlos seguían siendo difíciles e inestables incógnitas.

Todos aquéllos de cuyas historias hemos relatado un fugaz fragmento, recopilado durante su tránsito por el Hospital, han regresado, entretanto, al lugar de donde provinieran. 3  Allí, de la falla que les acecha desde el Otro dan testimonio sus fluctuantes nexos con los otros.

VI.

Las psicosis en la Sala General pueden ser, como se ha visto, más frecuentes de lo que se supone. Allí, como habíamos mencionado, no escasea la intención de trasladarlas al manicomio, una imaginaria ciudadela aislada.

Sin embargo, ¿no es un lugar donde se puede volver a plantear una alternativa, tanto para la Sala de Internación psi de un Hospital General, como para el Cronicario cronificador ? Sin recaer en la ilusión antipsiquiátrica -la de tratar al supuesto loco como un sano-, ni en el espejismo de una “laborterapia”, ¿ no puede ser un sitio propicio tanto para la posibilidad de un acto que limite la extensión de un delirio, como para permanecer en la trama social?

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 11

Notas

[1] Un caso de curación psiquiátrica favorable a la teoría psicoanalítica. Psicoanálisis y el Hospital, 1966, V, Nº 9, p. 28-30.

2 J. Lacan, D´une question préliminaire à tout traitement possible de la psychose, Écrits, Seuil, Paris, 1966. En lo que sigue, las comillas seguidas de itálica – aun cuando se restringiesen a palabras aisladas – indican o bien referencias al mismo texto y sus gráficos, o bien a citas textuales de lo mencionado por los pacientes (no es necesario aclarar que éstas incluyen a veces expresiones cuya construcción gramatical resulta dudosa).

En I., las referencias al texto de Lacan proponen la indicación de semejanzas y diferencias con el delirio de Schreber y su estructura.

Al paciente no se le provee “interpretaciones” ni “intervenciones sobre la transferencia (imaginaria)” . La eficacia de una “intervención en lo Real” (que con frecuencia se argumenta toda vez que se discute la “técnica” en el psicoanálisis de la/s psicosis) puede considerarse luego de la lectura de los casos.

En este contexto quisiera citar los artículos de dos investigadores del análisis de psicóticos y las condiciones de su practicabilidad. Ambos han aparecido en el Journal of European Psychoanalysis (Nº 2, Otoño 1995 – Invierno 1996), editado por Sergio Benvenuto, Il Mondo 3 Edizioni, Roma:

Carlo Viganò (A Case of Erotomania) afirma que “sólo la relación con el analista puede garantizar que el Otro acepte su propia incompletud, sin obligarlo a suplir al Otro con su goce”.

Y Fulvio Marone (A Psychiatrist and a Paranoic) discute la insuficiencia de permitir tan sólo que el psicótico hable, “pues sería sólo la circulación  – socialización, por decir así  –  de la metáfora delirante del paciente, la que lo protegería del pasaje al acto”. Un acto debería proveerle de un eslabón con la cadena simbólica como un punto de fijación que permitiera la estabilización.

Ambas conclusiones se hallan relacionadas, ya que sólo un vínculo fijo podría asegurar un Otro incompleto, no amenazador.

Creo que sólo hasta cierto punto los casos presentados aquí pueden considerarse ilustraciones de ambos asertos. Estamos lejos de la certeza matemática: cualquier Schreber puede encontrar su Flechsig, aún en un Hospital General. La hipótesis según la que una internación en una Sala General (no psiquiátrica) pueda tener valor de acto analítico debe ser interogada y sujeta a prueba.

Una palabra sobre los psicofármacos, antes de que se nos señale la queja freudiana, de que la a veces la teoría se acerca peligrosamente al delirio, ignorando obstinadamente la Objetiva Realidad de los neurotransmisores: I. y III.  recibieron pequeñas dosis de neurolépticos “atípicos”; II. recibió tranquilizantes inespecíficos sólo durante los primeros días de su internación.

El Hospital en el que me desempeño no tiene Sala de Internación Psiquiátrica; el Servicio de Psicopatología consiste solamente en consultorios externos para pacientes ambulatorios.

Fueron frecuentes las entrevistas familiares con I. y III. En cambio, no fue posible localizar ningún familiar de II.

3 Excepto II. , del que no tuvimos más noticias.

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