¿Terapéutica en la interconsulta?

Arriba: Museo Castagnino, Mar del Plata, Argentina

No se trata de un juego de ingenio o de un acertijo: la pregunta acerca de si es posible desarrollar una “acción terapéutica” durante la interconsulta – en tanto ésta se considere extensión del psicoanálisis – puede ser un callejón sin salida. A menos que se enuncie un esbozo de respuesta sobre la base de una delimitación del término en la práctica analítica en tanto tal.

Ay, la génesis del descubrimiento freudiano arrastra a lo largo de su establecimiento más de un “artículo de importación” del lenguaje médico. Y no sólo por el detalle anecdótico de pertenecer Freud al gremio: dicho espectro discursivo puede ejercer su influencia en los más ajenos a la herencia de Hipócrates.

Apreciado por troyanos y cartagineses (al menos en su producción analítica, si no en su política institucional), Donald Woods Winnicott supo introducir una diferencia que su lengua, el inglés, le proporcionaba: to heal (sanar) en oposición a to cure (curar) 1. La consecuencia inmediata de apostar por la primera es que el intervencionismo médico pierde peso o cesa de ser un lastre, mientras se da lugar a otra escena. Más aún cuando señala que los logros analíticos se funden insensiblemente con el desarrollo normal; cualquiera sea el valor que pueda adscribirse a tal mito, el recurso de la metapsicología cuando las “ciencias naturales” muestran su falla es indicativa de que el descubrimiento freudiano ha dado comienzo a su incidencia.

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Arriba: D. W. Winnicott

No se trata de un paso atrás cuando el post-freudismo preconiza un ideal de curación inmaculado y sin resto: antes bien se trata del retorno a un orden anterior al laborioso descubrimiento del inconsciente y sus tretas, del que sin duda Freud parte, como Aquiles en pos de la tortuga.  Coinciden aquí Glover, Klein, Bleger y tantos otros; tras el reconocimiento de una “cura por añadidura”, la hipérbole idealizadora pretende “rebasar” la receta médica y no solamente incluirla 2. Pero el sendero del retorno a Freud no está exento de similares tropiezos, o de oscuras certezas que detienen la indagación: una frase de apariencia compacta, como la que propone Clavreul cuando asegura que el escepticismo del cuerpo médico con respecto al psicoanálisis cede cada vez más desde que se observa que la práctica de las curas psicoanalíticas tiene efectos indiscutibles y apreciables en términos médicos 3, 4 puede hoy cuestionarse con fuerza.

En la interconsulta, pretender “curar” sería suscribir un auténtico delirio, en exceso por añadidura. Ni siquiera cabe un ideal (tan frágil como cualquier otro) que presione al furor sanandi. Menos aún se trata de terapiar la psykhé. ¿Quiere decir esto que dicha actividad no se enmarca ya en una posible “dimensión terapéutica”?

Una interconsultora ha trabajado, durante un lapso prolongado, con una paciente internada en Traumatología. La joven ha sufrido un accidente en la ruta, y yace inmovilizada – por medio de férulas y tracciones – luego de numerosas intervenciones quirúrgicas que han reconstituido su pelvis. Tiene dificultades con el enfermero y la kinesióloga; aquél se queja de sus demandas, considerándola caprichosa, y ésta le reprocha no querer realizar los ejercicios.

Mientras la interconsultora se halla presente, continuando su labor con la paciente, aparecen ambos y enuncian sus cuestionamientos.  Aquélla no pronuncia una palabra… lo que no impide que su silencio desate cierta elocuencia. Tras un instante, el enfermero reflexiona: bueno, después de todo, yo a veces también soy un poco  caprichoso. Y la kinesióloga: tal vez aún esté muy dolorida. En ambos ha habido una transformación: de considerar a la paciente en posición objetivizada, han transitado al reconocimiento de un sujeto.

La misma psicoanalista en la misma sala pasa junto a otro kinesiólogo, quien la saluda y se le dirige, señalándole la paciente con la que se halla maniobrando y diciéndole: Podrías ver a esta señora: se ahoga en un vaso de agua.

Con mucha frecuencia, los kinesiólogos suelen quejarse de que los pacientes no realizan los ejercicios indicados. Pero los mismos no se desprenden del contexto subjetivo: el profesional, con una cantidad de enfermos para atender que lo excede, realiza sus indicaciones para pasar – a veces con premura – a la cama siguiente, mientras el paciente a veces teme realizar las maniobras en soledad, o mil otras circunstancias, impedimentos, dificultades.

La interconsultora advierte que no se trata de intervenir más allá de la resolución del obstáculo, y le pregunta a la paciente: Usted, ¿sabe nadar? No – es la respuesta. ¿Cómo no querés que se ahogue? – le pregunta la interconsultora al kinesiólogo. Ambos sonríen; él continúa trabajando con la paciente, los dos con el alivio del súbito levantamiento de la traba.

Palabras, frases, equívocos, deslizamientos mínimos, ocurrencias más cercanas al arte minimalista: es factible asociar con las superposiciones apenas distinguibles en Mark Rothko o las transiciones inaparentes de un Steve Reich, antes que con los registros habituales de la institución sanitaria.

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Arriba: Mark Rothko

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Steve Reich: Six Marimbas

La misma espera, en cambio, súbitos acordes perfectos a orquestación plena con golpes de timbal (o, para el caso, la monumentalidad convencional de un tableau oficial à la Ingres), y no puede reparar en tales minucias. Pero si se trata de un emprendimiento “a pérdida”, ¿por qué pretender sostenerlo con tal consecuencia, hasta la tozudez?

Un residente de Cirugía acude presuroso al Servicio de Psicopatología llevando en su mano una solicitud de interconsulta en la que se destaca la admonición “urgente”. Con similar premura acudo a la Sala correspondiente. Los cirujanos, algo escandalizados, relatan un incidente ocurrido el día anterior en el quirófano: un paciente a punto de ser operado protagonizó un episodio de locura, agrediendo físicamente a todo el personal en torno, rompiendo jeringas, frascos y cuanto objeto hallaba próximo. Se requiere del interconsultor la transformación de la bestia enardecida en manso cordero, como la perfecta lógica indica.

Pero antes de enfrentar el potencial peligro, una visita al office de Enfermería. Allí, ninguna inquietud: el supuesto energúmeno es descrito como individuo tranquilo, sin que su presencia les haya ocasionado disturbios.

Es el momento de presentarme ante el paciente. Mi venida no le causa sorpresa, ya que se le había informado (lo que dista de ser habitual) que se llevaría a cabo un pedido de tal naturaleza al Servicio. Y relata su propia versión del episodio. No le faltaba información acerca del carácter necesario de la operación: el dolor que sentía era indicación suficiente (se trataba de un absceso perianal). Sin embargo, al ser llevado al quirófano se sintió solo; el personal, aparentemente, se había desentendido de él. Al tiempo que esperaba la presencia de un cirujano, tuvo la sorpresa de que todas las presentes en la sala de operaciones… eran mujeres. Mientras ellas discutían entre sí los interrogantes, dudas, posibilidades, su desconfianza y malestar iban aumentando. Y aún habiendo recibido el goteo anestésico, se desencadenó la crisis con la brusca transformación en acción.

Tras la narrativa del incidente, hay lugar para su historia. Vive y trabaja en la ciudad pese a ser originario de una localidad costeña, y administra un restaurante (al que no deja de invitarme). Ha pasado por momentos difíciles, pero no son evidentes en el momento en que su entusiasmo aparece resueltamente. En ningún instante el intercambio deja de ser cordial y abierto.

Le propongo averiguar si, cuando se establezca la nueva fecha de la intervención, será posible para mí acompañarlo hasta la inducción anestésica; de inmediato expresa que se halla absolutamente dispuesto y preparado sin obstáculo ni inconveniente.

Cumplo con mi propuesta, pero los residentes en cirugía me informan que es probable que tenga que ser operado en el sector de guardia y por la tarde. Llevo la información al paciente, que afirma haberse tranquilizado de manera suficiente como para sentirse acompañado aún sin mi presencia.

Al día siguiente lo encuentro ya con ropa de calle y abandonando la sala, tras haber sido operado sin contrariedad ni molestia, como me refieren los cirujanos a cargo.

Therapon, compañero en la intimidad: es lugar habitual la referencia a la raíz griega para señalar que no son con exclusividad el fármaco o la intervención quirúrgica, el dosaje de laboratorio o el diagnóstico por imágenes las prácticas que agotan el espectro de los efectos “saludables”, aún cuando al pertenecer a otro registro pueda ser cuerpo extraño para la institución de hegemonía médica. En los albores de la misma y en la Antigüedad, la divinidad se presentaba en el sueño indicando el ritual a llevarse a cabo: quien recorre las ruinas de Epidauro tiene acceso inmediato a dicha historia. El peregrino en busca de salud, al pasar los Propylaios se internaba en el templo de Asclepio para ser conducido al Ádyto, sitio del misterio 5; la “cura” se desarrollaba por entero, pues, dentro del marco de la palabra…

Ya lejos de tales referencias, la estructura científica dominante necesita hacerlas a un lado y, llegado el caso, eliminar hasta los vestigios. Con ello – más allá del éxito indudable o del ocasional fracaso – la ganancia en el así llamado “conocimiento científico” (saber sin sujeto) puede resultar considerable, hasta enorme. Si el organismo creado bajo su égida determina la impersonal acción de sus representantes (al margen de tantos médicos sumamente sensibles a la subjetividad, que sin embargo deben apartar en algún momento para poder actuar con eficacia), a nosotros, analistas, cabe la extraña condición de desempeñarnos en un equívoco “no-lugar” dentro de sus muros, si es nuestro horizonte la salvaguarda de otra, muy diferente perspectiva “terapéutica”.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 31

___________

 

1 Mannoni, O., La Part du Jeu, en Un commencement qui n’en finit pas, Seuil, Paris, 1980, p. 122

2 Bleger, J., Criterios de curación y objetivos del psicoanálisis, Revista Argentina de Psicoanálisis, 1973, T. 2, p. 317-342

3 Clavreul, J., L’ordre médical, Seuil, Paris, 1978, p. 14

4 Conclusiones que apuntan a decir algo acerca de la terapéutica y sus fines – al tiempo que intentan desligarse de la trampa idealizadora – pueden hallarse, tal vez, en Leçons cliniques de la passe: au délà de la position dépressive; La sortie jugée par les métamorphoses du sujet, en Comment finissent les analyses (Textes réunis par l’Association Mondiale de Psychanalyse), Seuil, Paris, 1994, pp. 181-196, y Estacolchic, R., ¿Más que el padre? en Apuntes Clínicos de un Psicoanalista, Lugar Editorial, Buenos Aires, 1994, pp. 83-88. Desde luego, todas exceden el presente trabajo….

 

5 Jaritonídou, A., Epidauro : el templo de Asklepio y el Museo, Ediciones Kleió, Atenas, 1978, pp. 7-5

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