Un caso de “masoquismo” con prácticas de automutilación

Arriba: Museo Histórico Provincial, Rosario, Argentina

Πολλά είναι τα δεινά

κ΄ουδέν δεινότερον του ανθρώπου

Σοφοκλή, Αντιγόνη, Πρώτο στάσιμο

(Mucho es lo terrible,

pero nada más terrible que el hombre

Sófocles, Antígona, 1er episodio)

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Je t` aime,

mais, parce qu` inexplicablement,

j` aime en toi quelque chose

plus que toi, –

… je te mutile.

J. Lacan, Le Séminaire, Livre XI

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I. Introducción.

Muchas veces se ha discutido la posibilidad de una articulación de diferentes “estructuras clínicas”.  La cuestión siempre aparecerá en la tensión entre la singularidad del caso, que se resistirá a entrar en cualquier esquema preexistente, y la aspiración a un universal de la Ciencia con el que el psicoanálisis – aún sin someterse a ella por completo – debe confrontarse inevitablemente. Esta tensión alcanza un punto culminante en casos en que lo extremo del pasaje al acto interroga duramente nuestras referencias. A la búsqueda de reparos estructurales que sostengan una armazón siempre precaria nos referimos una y otra vez a los “dispositivos específicos” que propone Freud: represión, renegación (Verleugnung), repudio (Verwerfung). Pero lo real desborda toda teoría (o – intentemos un quiasma – desborda especialmente a la que quiere ser Toda), aún si los que la proponen advierten el abismo que a veces se abre entre la estructura y la sintomatología. En efecto, ¿cómo situar una subjetividad que se sustrae en tanto las figuras de la “pareja perversa” confluyen, así como coinciden ambas experiencias últimas del Proyecto freudiano: dolor y satisfacción, mutilación y descarga orgásmica, en un goce de casi imposible desciframiento? Sin pretender llevar éste a cabo por entero – por lo que la ambigüedad quedará sin resolver – esperamos al menos relevar, de la misma, algunas claves en el caso que presentamos. Sus características, aunque tal vez parezcan “espectaculares” desde cierto punto de vista, lo son menos que en la notable exposición de Michel de M’ Uzan (véase las Referencias bibliográficas).

II. Presentación del caso

El paciente, que llamaremos S. M., concurre a la guardia del Hospital en forma espontánea y solo, a raíz de una hemorragia profusa en la zona genital. El cirujano de guardia que lo recibe comprueba, al examen, la sección del escroto, del epidídimo y del testículo izquierdo por su mitad; se decide la orquiectomía izquierda y curación correspondiente, y S. M. es internado en la Sala de Clínica Médica para su evaluación, control y seguimiento. La médica residente a cargo nos requierela Interconsulta, detallando datos de la anamnesis: S. M. se ha causado, él mismo, la lesión, que no es única: a la inspección la médica descubre petequias alrededor de las tetillas, resultado de la aplicación de ventosas. En tales circunstancias es entrevistado por nosotros en la Sala.

S. M., de cincuenta y dos años, se muestra en todo momento colaborador, calmo y moderado en todas sus expresiones. No presenta el más mínimo atisbo de angustia, y relata no sólo los hechos que lo han conducido a la internación, sino cualquier otra circunstancia de su vida, con toda objetividad y precisión, como si relatara algo acerca de un tercero. Quizás se apresura o anticipa al declarar su “arrepentimiento” y firme intención de no reanudar las prácticas automutilatorias. Con una fórmula adverbial – “tal vez” -, connota su escueta explicación: querer castrarse para evitar contagios, el SIDA… ; por cierto, su premura es mayor al explicar las ventosas para ver crecer los pechos, y aún cuando puede añadir que ha intentado lograr idéntico objetivo por medio de una cinta, es claro que no desea ser interrogado sobre ese punto; con igual rapidez descarta cualquier posible fantasía transexual (que ya antes había sospechado la residente).

Pese a la magnitud de la lesión, es obvio que no le ha traído consecuencias: no ha perdido el conocimiento, por ejemplo, y la herida, según comprueba el cirujano que interrumpe una de nuestras entrevistas, ha curado rápidamente. Sólo le resta, pues, aguardar los análisis que se han solicitado, para reintegrarse a su actividad y vida cotidiana (convive con su madre, de setenta y seis años, desde su separación en 1982); desempeña diferentes funciones en un lugar de atención al público, con un horario sumamente extendido.

III. Trayectoria de la sexualidad autodescripta.

En su relato, a través de los recuerdos encubridores distantes o recientes, sus experiencias sexuales se ordenan en cuatro fases:

1. una primera de homosexualidad infantil: a los siete años habría intentado ser seducido por un sacerdote (un Padre), a quien frustra refugiándose en el aula junto a sus compañeros, y con los que habría luego mantenido relaciones homosexuales;

2. una segunda, de heterosexualidad, en la que se suceden diferentes “novias”, decidiendo con prisa el matrimonio con una de ellas, con quien – pese a desear separarse casi inmediatamente luego del mismo – tiene una hija (de veintidós años en el momento de la entrevista). A ninguna de ambas continúa viendo en lo sucesivo;

3. una tercera, en que frecuenta prostitutas a las que solicita lo penetren con diversos objetos, desempeñando así, según aclara, el rol femenino;

4. una cuarta, que sitúa a partir de 1991, en la que ocurre por fin la conjunción de dolor y placer que constituye el enigma del masoquismo, pero localizada esta vez en el genital: progresa desde introducirse agujas en el pene, – que cambia después por clavos – a efectuar tajos en la piel del escroto con cuchillos, con el objetivo de llegar a ver, y extraer, un testículo, y supervisando la maniobra, siempre, con ayuda de un pequeño espejo. A la par que refiere alcanzar el orgasmo con tales oficios, el peso del papel que juega la mirada es duplicado en el relato: el sujeto lamenta que su puerta haya estado cerrada – o tan sólo entreabierta -, y haberlos sustraído, así, a la vigilancia materna; acaso la misma hubiera podido impedir su conclusión.

5. A posteriori, habría entrado en una estasis afanísica de inactividad, paralelo estricto de su plácido desapego.

IV. Grupo de familia

La madre no sólo es mencionada de tal manera en su narrativa, sino que, dado que visita con frecuencia a S. M. durante la internación, participa de algunas entrevistas, mostrándose siempre deseosa de colaborar, aportando recuerdos que a veces escribe, y sugiriendo a S. M. que no deje de tratarse. Supuestamente, empero, ignora los pormenores del motivo de la internación, habiendo sido informada por su hijo que éste consistiera en una “hernia” (información que el mismo complementa solicitando a los médicos, enfermeros, etc. no contradecir con la indeseable revelación de lo efectivamente sucedido). Asimismo la notamos presurosa por destacar lo maravilloso de su familia y de sus hijos, gestos y muecas que suspende tan sólo instantes en tanto algún episodio de los que relata podría, a juicio de un Otro, desmentir tal concepción.

Juntos proceden así a la tarea de reconstrucción de la historia pretérita de S. M., actuando aquélla de narradora (de hecho acude a veces con pequeños escritos a guisa de “ayuda memoria”), y éste corrigiendo, o agregando en escasas ocasiones en que parece querer decir su desacuerdo. El padre de S.M ha fallecido a los cincuenta años y hace treinta; la única hermana, mayor que S. M., vive con sus siete hijos en el interior.

V. Recuerdos infantiles

Al tiempo que se despliega así una apretada serie de episodios, es preciso recortarlos sobre la tortuosa trayectoria que los desplazamientos geográficos de S. M. dibujan: nacido en una localidad balnearia, se traslada a otra, cercana, para poder ingresar en el internado en que tiene lugar el incidente de seducción (el religioso, quien repitiera amorosos intentos con otros internos, habría evitado el descrédito público obteniendo su traslado a un país distante). A una nueva mudanza a una localidad rural, le sigue el reinicio escolar. Pero tras alcanzar su sexto grado los padres deciden que la experiencia de pupilaje ha de reeditarse, y lo envían a una institución porteña en la que retoma desde cuarto, por la preparación de los alumnos. Nueva interrupción, por fuga esta vez: no podía estar encerrado. De modo que regresa al campo con sus padres, preparándose allí para finalizar su escolaridad primaria y emprender la secundaria (para la que viaja diariamente hasta que la interrumpe medio año antes de su término: se me cruzó una idea y no quise seguir).

He aquí, pues, algunas de las viñetas “a dos voces”:

1. alos cuatro años sufre una quemadura en las piernas que, supuestamente, lo inmoviliza por un año entero (por una imprudencia al pasar cerca de las brasas de una parrilla);

2. alos seis desafía a un automóvil: a éste me lo choco, no resultando, empero, herido de gravedad;

3. diversos episodios sucesivos y similares de caídas o accidentes callejeros (el último, durante la adultez, de un depósito de baño que cae sobre él), y que tampoco le acarrean consecuencias mayores (un ligero dolor remanente en la espalda, por ejemplo);

4. las ocasiones en que escapa de la vigilancia paterna, refugiándose en un árbol cercano a la vivienda familiar;

5. la persecución  que sufre una vez por un agente policial montado – de la que madre e hijo coinciden en ignorar la causa – a la que se sustrae ocultándose en algún edificio del pueblo;

6. manifestaciones del carácter violento del padre de S. M. (nacido en 1911, y cuyo primer nombre es el mismo del de su hijo). Es éste el punto del relato en el que se tornan más incómodos los esfuerzos de la madre por aligerarlo; y, sin embargo, no acierta a ocultar haber traído a su marido a la Capital- tres años antes que falleciera (como ya anticipamos) por un accidente cardiovascular – para internarlo en una institución psiquiátrica donde le fuera diagnosticada enfermedad mental grave. S. M., quien a la sazón contaba veinte años, dice no recordar el episodio, porque era chico;

7. a solas, expresa la ira que le inspiraba observar a su madre, quien no se preocupaba, según masculla, en ocultar ante sus hijos su vida sexual con aquéllos que elegía para compensar su miseria conyugal;

8. interrogado acerca de un curioso y poco hábil doble tatuaje que ostenta en un brazo, lo designa, entre muecas discretamente jocosas, como voluntaria y común opción de sus compañeros de servicio militar durante un arresto. La duplicidad – en trazo y color de tinta, por ejemplo – es explicada en tanto “pentimento” que habría de cubrir, con poco éxito, y con su propio apodo, la marca original del nombre de una novia abandonada.

VI. Discusión

Decía José Bléger que el diagnóstico es un hobby de psiquiatras. Pues bien, ya sea como hobby, ya sea porque – como mencionábamos enla Introducción – buscamos criterios de estructura como fundamento de la superficie sintomática, los analistas no nos prestamos menos al juego. Toda vez que la historia que se acaba de leer fue expuesta ante otros, la psicosis fue evocada con firmeza, dejando de lado por completo que en lo fenomenológico jamás se manifestó la experiencia psicótica como tal – más allá de lo extremo del acto – ni en alucinaciones o neologismos, ni en una certeza de ser exigido por el Otro a llevar a cabo un sacrificio ineludible. Igual suerte corrió en tales discusiones la confluencia del dolor con el goce que define al masoquismo: de ningún modo fue obstáculo que impidiera plantear la hipótesis de una falla forclusiva.

Determinados rasgos conducen por dicho sendero. Las oscilaciones de la sexualidad del sujeto parecen manifestar por momentos un efecto de “pousse à la femme” (la fantasía de crecimiento de pechos, o la posición que refiere como femenina frente a las prostitutas).

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Bernini, Éxtasis de Santa Teresa, Santa Maria della Vittoria, Roma

El estatuto simbólico de su padre es, cuando menos, dudoso. Y él mismo no es capaz de sostenerse en dicho lugar. El goce producido mediante sevicias auto-infligidas podría indicar acaso un extrañamiento con respecto al propio cuerpo, al estilo de la insensibilidad de los psicóticos que no advierten un daño en éste; el masoquista generalmente resguarda su cuerpo de estragos mayores. El impulso de extraer el objeto-en-más fracasa al obtener tan sólo una mutilación real.

No obstante, en el ya mencionado caso de Michel de M’Uzan – que alcanza extremos mucho más despiadados -, éste preserva la denominación “masoquismo”. Igual proceder se ha seguido en el título de este capítulo.

Y es que, para quien condujo las entrevistas, un relato tan cartesianamente sereno, tan diferente en su superficie de los del capítulo precedente, continúa siendo un perfecto enigma.

 

Publicado originalmente en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 6 (versión revisada)

Referencias bibliográficas

Barthes, R. (1977) “Sade, Loyola, Fourier”. Caracas, Monte Avila Editores.

Clavreul, J. (1967) “Le couple pervers” in: “Le désir et la perversion” Paris, Seuil.

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Greilsheimer, H. 1979) “Male genital self-mutilation”, Arch. Gen. Psychiatry, 36: 441-6

Khan, Masud M. (1976) “From masochism to psychic pain” in: “Alienation in perversions“, New York, International Universities Press.

Masotta, O. (1974) “Edipo, castración, perversiónCuadernos Sigmund Freud, No. 4, Buenos Aires, Nueva Visión.

Menninger, K. (1935) “A psychoanalytic study of the significance of self-mutilation” Psychoanal. Q. 4:408

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Rosolato, G. (1967) “Etude  des perversions à partir du fétichisme”  in: “Le désir et la perversion” Paris, Seuil.

Walker, J. (1975) “Art since Pop“London, Thames &HudsonLtd.

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