Una institución – la primera – “revisitada”

Arriba: Villa Victoria, Mar del Plata, Argentina

Como Freud describió, los recuerdos no son sino encubridores: rompecabezas armados con piezas pertenecientes a juegos diferentes, retoños más o menos lejanos de anamorfosis fantasmáticas. No por ello el “revisitar” los mismos es ocioso, siempre que quede de lado lo que Perrier hubiese llamado “impudor1 – esto es, lo que queda confinado a la tarea analítica propia – y se aspire entonces a construir sobre tal base una ficción de “historia objetivada”.

El legendario Servicio de Psicopatología de Lanús (de hecho, del Policlínico “Evita” en el partido de aquél nombre en la Provinciade Buenos Aires) fue, se reconoce, el primero en un Hospital General de nuestro país, obra sin dudas precursora de Mauricio Goldenberg. Tanto su fundación como la catástrofe que sufriera luego del aciago y criminal golpe de estado de 1976, como sus intentos por renacer luego del regreso de la democracia, han sido documentados y narrados en el libro de Sergio Eduardo Visacovsky, “El Lanús2.

Por necesidad, requisito y precisión, dicho texto se centra en la figura del iniciador; no cabe esperar otra cosa y la lógica de sus líneas lo exigen con claridad. No es menos cierto que al mismo tiempo y debido a esta razonable e inteligible premisa, determinados aspectos sólo obtengan una mención pasajera o sean omitidos por completo.

En particular, la iniciación – en un medio que favorecía y fomentaba la presencia de psicoanalistas en el Hospital – de la referencia al retorno al sentido de Freud por Jacques Lacan. Pero es adelantarnos a lo que será el propósito de esta “revisita”.

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De hecho y en efecto Goldenberg, si bien no era psicoanalista sino un notable psiquiatra – tanto las entrevistas a pacientes como sus clases de psiquiatría descriptiva son ya legendarias 3– puede adscribirse el renombre y notoriedad de haber sido no sólo el primero que asienta lo psi en el hospital general (lo que a posteriori no dejará de diseminarse por el medio hospitalario homólogo de todo el país), sino de introducir, además, a los psicoanalistas en el mismo.

Cuando lo hiciera, en 1956, el psicoanálisis era terreno casi exclusivo de la institución oficial, la AsociaciónPsicoanalíticaArgentina, filial de la IPA.Elpredominio kleiniano no dejó de ser allí el fundamento aún cuando el nuevo contexto disparara una fragmentación hacia direcciones heteróclitas, con la guía endeble de una “multiplicidad” no cuestionada – otro ejemplo, si la evidencia faltase, de que el imaginario pseudo-teórico fuera capaz de encubrir una fragilidad inmanente. Es preciso añadir que hacia fines de los ´60 no era menor influencia la ilusión – por ese entonces indiscutible – de una aleación en exceso optimista de psicoanálisis con una política del “cambio” que, en el Hospital, casi continuaba como prueba incontestable el rumbo unidireccional y sin desvío posible desde el consultorio hacia la revolución social. La misma APA comenzaba a ser horadada en tanto sus protagonistas se armaban con dichos argumentos en pos de una ruptura. Sabemos el final trágico que con que la reacción hubo de perforar y disolver la quimera; los errores teóricos pueden tener pavorosos – hasta trágicos – resultados 4.

En el Lanús el eclecticismo no ponía seriamente en duda la base kleiniana: si bien se mencionaban y proponían “maniobras paradojales” provenientes de los adeptos a la “comunicación” de Palo Alto (luego cristalizados en la corriente “sistémica”), el esbozo de crítica que ésta podía emitir entonces, echando una mirada sobre el psicoanálisis americano ya esencialmente vulnerable no traspasaban el nivel de una sonrisa 5.

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Para los ´70 se prepara un cambio que tardará – se discutirá por qué – en ganar evidencia. En 1969, tras cinco años de estadía en Lanús, Juan David Nasio se traslada a París para estudiar a Lacan con mayor proximidad; en sus antecedentes figuraba, desde luego, el pasaje por el iniciador indiscutible, Oscar Masotta. Pero su trayectoria no parece haber dejado una marca en el lugar público del que emergía, o al menos los textos mencionados y su memoria no parecen registrarlo 6.

Antes de partir le recomienda a Víctor Korman – psicoanalista “de planta” en la Sala de Internación de pacientes psicóticos del “Lanús” – , quien estudiaba con él, que continuase el estudio de Lacan con Masotta, por lo que es inevitable asignarle en consiguiente el crédito de haber introducido la así llamada “peste” en la escena institucional; lo que habrá de adquirir un espacio de mostración y evidencia con la planificación, a su cargo y junto con la psicóloga Alicia Azubel, de un Seminario (desde los comienzos de 1974), “Psicopatología de las psicosis”, en el que cada conferencia fuese llevada a cabo por una figura diferente. Hay que destacar en el mismo la participación singular de Héctor Yankelevich, quien mencionara una versión de la transferencia bien diferente de la que era corriente o habitual en aquel momento 7. Si bien no coincidió, desde luego, con la entrada de la nueva y diferente perspectiva, fue el lugar donde adquirió carácter de testimonio “público”, por circunscripto y limitado que fuese. La pregunta esencial e ineludible es si los asistentes a dicha presentación y los miembros del plantel estable del Hospital en ese momento, adquirían como consecuencia una nueva manera de enfocar la clínica que les proporcionara el ámbito de una praxis inédita; es indudable que tal evolución hubo de ser inevitable, al menos en el proceder de los que pudieron llevar a cabo su introducción.

No obstante, la tesis de Visacovsky reitera y subraya de modo firme e invariable el rechazo (acompañado de la necesaria ignorancia y evitación) que las ideas de Lacan hubieron de tener durante el período previo a la catástrofe en Lanús: “el lacanismo fue tratado como un Enemigo que, al no poder responder a los ataques, demostraba estar vencido”  8. Al menos, en los tres años anteriores a 1977 puede mencionarse un impulso de otro carácter, que si bien hubo de ser minoritario no cesaba en su insistencia.

No es sino el propósito de este breve regreso a través de los escombros de la memoria, advertir que el germen de un florecimiento lejano luego de la destrucción hubo de colocarse en aquél período, y no como surgimiento ex nihilo.

Publicado en “Psicoanálisis y el Hospital” No. 40

________________

1 Perrier, F., El cuento de la buena pipa (ed. orig. La Chausée d´Antin, UGE, Paris, 1978), Ediciones Petrel, Madrid, 1981, p. 32

2 Visacovsky, S., El Lanús, Memoria y política en la construcción de una tradición psiquiátrica y psicoanalítica argentina, Alianza Editorial, Madrid-Buenos Aires, 2002

3 Pude apreciar dichas lecciones – que, para continuar la saga, fueran recogidas en célebres apuntes editados por el Laboratorio Syntial (junto con algunos artículos en revistas de psiquiatría, su única producción escrita) – cuando entré en la Unidad Docente Hospitalaria del Hospital Italiano en 1971. Goldenberg había dejado Lanús (designando allí como Jefe a Valentín Barenblit) para fundar en el Italiano, otra vez, el Servicio de Psicopatología; asimismo había reformado el plan docente instaurando su propuesta de “psico-semiología” a lo largo de todo el primer año de dicha Unidad. Mi camino me llevó después a elegir la Residencia de especialización, precisamente, en el Lanús.

4 (Se utiliza aquí – es ostensible – “teórico” en acepción amplia, incluyendo la significación de “teoría política”). Por citar apenas un par de ejemplos de la hiperbólica aleación de la doctrina hegemónica en su extensión irrefrenable a un supuesto ámbito “grupal” – y de allí el cielo es el límite: “Es raro en un grupo que haya tanto silencio. Una chica dice que ella se siente mal en el grupo. Se queja de la falta de sinceridad de los miembros. Dice que no hay buen clima en el grupo para hablar (…). Yo interpreto la protesta en relación con mi viaje. Que en el fondo se siente abandonada y que tal vez expresa el sentimiento del grupo por mi ausencia. Lo niega abiertamente y otro miembro del grupo la apoya (…). Lo veo, lo vuelvo a interpretar como resistencia a admitir la dependencia por la separación y el dolor que eso les produce. Creo que estoy en ese momento utilizando toda la teoría psicoanalítica que aprendí…”(Pavlovsky, E., La crisis del terapeuta, en Cuestionamos, Documentos de crítica a la ubicación actual del psicoanálisis, Granica Editor, Buenos Aires, 1971, pp. 247-248); “…porque ¿qué me dicen acaso de una persona su complejo de Edipo, sus defensas hístero-fóbicas, sus identificaciones proyectivas, sus núcleos melancólicos? Poco, y tal vez me engañen, recortando elementos efectivamente “reales” de esa persona puestos en estado de cosas, no articulados…” (Fiorini, H. J., Teoría y técnica de psicoterapias, Nueva Visión, Buenos Aires, 1973, p.13. En ambos casos (el segundo procedente de modo directo del medio lanusino) encontramos una misma posición, la del Saber erigido en Amo que no cesa de mostrar su insuficiencia en cuanto a efectos, o su imposibilidad de dirección de un dispositivo analítico. La falta de una metapsicología que pudiese aclarar la estructura conducía al suspenso del síntoma, que no se podía interrogar más allá. Algunos conocían en ese momento y lugar el trabajo de Juanqui Indart que llevara a cabo la desarticulación (o demolición) de la mecánica interpretativa kleiniana, de eficacia indudable pese a que los que se hallaban inmersos en dicho estilo la ignorasen (Indart, J., …porque (por qué) una “taza” es el “pecho” (¿), Grupo Cero, No. 1, Buenos Aires, 1974, pp. 3-31)

5 Desde luego, es conocido el hecho de que un lanusino – Carlos Sluzki – se trasladara hasta California, permaneciera allí  y se convirtiera en uno de los exponentes de dicha orientación. Para el esbozo mencionado véase Haley, J., El arte del psicoanálisis, en Tácticas de poder de Jesucristo y otros ensayos, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1972, pp. 9-26; para una crítica de la crítica, Mattioli G., “Transference revisited” revisited, en Paradojas en psicoanálisis, Logos Clínica Psicoanalítica, Buenos Aires, 1992, pp. 55-81

6 Puede leerse la propia versión de J. D. Nasio acerca de su tránsito en una entrevista publicada en Imago Agenda/El Sigma (http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=1410); para el primer contacto que hubo de tener con el invaluable pionero en Argentina véase Andrade, J., Oscar Masotta, una leyenda en el cruce de los saberes, Capital Intelectual, Fundadores de la psicología argentina, Buenos Aires, 2009, pp. 137-139

7 No es menos importante o valiosa – aunque no se la mencione con tanta frecuencia – la labor editorial de Oscar Masotta que su actividad personal de enseñanza. Durante 1972, por ejemplo, aparecen sucesivos números de la colección “Los casos de Sigmund Freud”; el tomo II presenta artículos – en su mayoría de publicaciones de las instituciones “oficiales” pertenecientes a la IPA – relacionados con el caso Schreber. (Baumeyer, F., Katan, M., Kitay, Ph., Niederland, W., El caso Schreber, Nueva Visión, Buenos Aires, 1972). Durante el curso organizado por V. Korman, la exposición de Valentín Barenblit se basa en lo esencial en la lectura de dicho volumen, que pone en juego las célebres “máquinas” diseñadas por Schreber padre (Daniel Gottlieb Moritz, 1808-1861), aunque ni Freud ni Lacan – preocupados en esencia por el desciframiento de la estructura de la psicosis – se refieran a las mismas.

8 Dicha reacción es mencionada de modo constante en distintas fuentes: “La APA… oscilaba entre la indiferencia y el rechazo a las enseñanzas de Lacan” (Andrade, J., ibid., p. 135-136); “Nadie, nadie, nadie en Lanús conocía a Lacan… Lo peor es que sin conocerlo directamente, cuando años después se difundieron un poco más sus ideas a través de los Mannoni, que vinieron a Buenos Aires, lo criticaban y denostaban… (Korman, V., comunicación personal, 2011). Yankelevich era entonces un freudiano interesado en las ideas de Lacan; venía del campo de la filosofía y tenía buenos conocimientos de Freud (Korman, V., ibid.). Pude asistir a dicho Seminario como Residente de primer año…

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